Los Gondra de nunca acabar

Borja Ortiz de Gondra vuelve, esta vez en formato novela, con la historia de su familia: la de la identidad y la memoria vasca y la repetición de la violencia en cada generación

Borja Ortiz de Gondra, en primer plano, en la obra de teatro «Los otros Gondra (relato vasco)», la segunda parte de la saga familiar
Borja Ortiz de Gondra, en primer plano, en la obra de teatro «Los otros Gondra (relato vasco)», la segunda parte de la saga familiarTeatro EspañolTeatro Español

Cualquiera que conozca a Borja Ortiz de Gondra tendrá imposible pensar en el dramaturgo y no irse a «Los Gondra (una historia vasca)», que bien le valió el Max a la mejor autoría en la gala celebrada en Sevilla en junio de 2018. Por ello, cuando ahora se descubre su salto a la novela con una especie de continuación de la saga, «Nunca serás un verdadero Gondra» (Literatura Random House), uno ya tiene la referencia de todo ese universo que tanto está rentabilizando el autor –hace dos años estrenaba una segunda parte teatral, «Los otros Gondra (relato vasco)»–.

Sin embargo, la sorpresa viene al enterarse de que este libro no es fruto de aquello, sino al revés, aquello fue fruto del libro: «Estas historias familiares las he tratado de contar durante más de diez años, pero estaba bloqueado. No encontraba la manera de hablar de la identidad y la memoria vascas y de por qué repetimos la violencia generación tras generación [la primera pieza se remonta hasta finales del siglo XIX para rebuscar las luchas entre sus antepasados y unirlos con el presente]».

Explica Ortiz de Gondra que, solo cuando llevó su imaginario a los escenarios, entendió «el mecanismo para contar la trama ficcionada sobre los Arsuaga y los Gondra y ponerme con la novela», que terminó en verano de 2019. Aun así, el dramaturgo le da parte del valor de la obra que publica a Claudio López Lamadrid, fallecido hace dos años. Fue quien leyó las ochenta primeras páginas de un embrión de lo que es hoy el libro y le dijo «dos cosas», recuerda: «Sigue adelante, aunque no encuentres referentes, porque no tienes que parecerte a nadie, y no se lo enseñes a nadie, la quiero yo para Random House».

Ortiz de Gondra (izda.) junto a Jesús Noguero en plena representación
Ortiz de Gondra (izda.) junto a Jesús Noguero en plena representación. Teatro Español

Así nace un libro en el que el autor se vuelve a poner, en parte, en el centro de una trama autoficcionada: Borja es un escritor que está tratando de crear una novela titulada «Nunca serás un verdadero Arsuaga», donde intenta llevar al papel un hecho terrible que le sucedió en los 90. De esa forma, va intercalando capítulos de la obra que se construye dentro de la ficción con el otro libro que, paralelamente, escribe el «Borja original», «Nunca serás un verdadero Gondra».

El protagonista tiene una vida en Nueva York y trabaja como traductor en un organismo internacional –aspectos que le unen con la realidad, aunque asegure que «ese narrador comparte conmigo el nombre, pero no el DNI»–, y, tiempo después de su marcha, continúa sin resolver los problemas que le llevaron a abandonar el País Vasco y convertirse en el «hijo maldito de la estirpe»: «No le dejaban ser el que quería y se veía abocado a un mundo de violencia que no va con él». Pero una llamada en mitad de la noche le obligará a regresar y a enfrentarse a esos silencios, medias verdades y daños que quedaron en el pasado. «Cuando vuelve, descubre que no hay nada de eso con lo que fantaseaba y que la reconciliación era posible».

Para el dramaturgo, la obra gira en torno a la frase que escribe el poeta Czesław Miłosz al inicio: «Es posible que no haya más memoria que la de las heridas». ¿Cuándo termina el dolor y empieza el olvido? ¿Son las heridas por cerrar la única memoria que nos queda? ¿De verdad es posible cerrarlas? Son las cuestiones por las que pivota un Ortiz de Gondra que reconoce que quería hablar de «cómo en una sociedad totalmente dividida por la violencia, en la que la gente no era capaz de hablarse, poco a poco se tienden puentes».

«Quizá la esperanza esté en la generación siguiente, que sabe muy poco de lo que ocurrió», continúa: «Pero eso tiene un doble filo durísimo que puede llevar a cerrar heridas o a reabrirlas con otro motivo por no conocer la Historia», añade después de haber contado las «peleas» familiares desde las guerras carlistas en 1874, pasando por la Guerra Civil y el terrorismo de ETA.