Karina Sainz Borgo: «Existe una demagogia endémica en nuestra sociedad»

La escritora reconoce que “me genera aprensión esa debilidad actual por los discursos autoritarios. Existe una nostalgia por el desmán”

La escritora Karina Sainz Borgo
La escritora Karina Sainz BorgoCipriano PastranoLa Razón

En una tierra sin nombre existe una ciudad llamada Mezquite y un cementerio agostado por el sol al que acuden los desamparados para enterrar a sus muertos. Lo cuida una mujer de labios oscuros y dientes blancos que ha comprendido que no existe mayor caridad ni mejor ejemplo de benevolencia que ayudar a los desarraigados a dar paz a sus familiares. Visitación Salazar es una Antígona moderna, una negra guapa y escandalosa que ha entendido que hay leyes que están por encima de la autoridad de los hombres y que la memoria solo descansa cuando se han hecho cuentas con la conciencia y se está en paz con los antepasados. Karina Sainz Borgo, el último gran fenómeno editorial, ha situado «El Tercer País» en esta cartografía. Una frontera azotada por una peste que afecta a la memoria y provoca el olvido, y que está acosada por ambiciones de caciques y guerrillas. Un lugar donde la supervivencia comienza por salvar a los muertos. «El mundo en el que actúan estas mujeres no hay ley. La ley es por imposición. Visitación y Angustias roban un terreno, pero lo hacen por compasión, para que las personas entierren a sus difuntos. Que en el siglo XXI hablemos de esto me da que pensar. La sociedad contemporánea cree que vive en un mundo inédito, pero el ser humano tiene dolores y extrañamientos muy antiguos. En estas mujeres hay cierta redención, y lo van a pagar caro. Es un gran alegato sobre la piedad», explica.

Partía del reto de convencer a los lectores que apostaron por «La hija de la española». Lo ha logrado con una narración que se aleja de argumentos anteriores, pero no de temáticas como el desarraigo, que asoma en esos emigrantes que pautan las páginas. «Angustias viaja con sus hijos muertos metidos en unas cajas de zapatos, porque no tiene dinero, porque va andando. Esto no es una distopía. Ocurre en Brasil, en Colombia, en Siria. Existen muchos cadáveres en las fronteras. Son abandonados porque llevarlos es jugarse la deportación. Que esto ocurra en el siglo XXI es un agravio. La pandemia está monopolizando la información, pero esto sigue existiendo. Es increíble cómo podemos invisibilizar ese mundo».

A renglón seguido, reflexiona sobre la muerte en Occidente: «Las sociedades del bienestar creían que todo estaba controlado y era seguro, y ahora hemos pagado un precio alto con esta enfermedad. Éramos una sociedad embobada consigo misma, en su capacidad de ofenderse, en unas reivindicaciones que parecen cínicas».

–La peste de su libro es más metafórica.

–Hay muchas clases de pestes hoy. Existe una demagogia endémica, un exagerado neoconservadurismo, un adanismo de vademécum, una disposición a hacerse los tontos y tomar literalmente lo que interesa. Esto ocurre cuando hay más información. Hemos renunciado a la complejidad.

–¿Qué le duele más?

–Me genera aprensión esa debilidad por los discursos autoritarios. Existe una nostalgia por el desmán. Hemos visto ejemplos de manual, como el asalto al Capitolio. Estamos normalizando esas cosas, a líderes con verbo grueso y poco perfilados. Eso está presente y también la falta de compasión. Podrá sonar exagerado, pero estamos viviendo otro individualismo y, de nuevo, se plantean reivindicaciones identitarias. Me pregunto si estamos al final de un tiempo y el inicio de otro, pero me temo que hasta dentro de años no tendré respuesta.

La escritora firma una novela con referencias a «Pedro Páramo», Sófocles, «El Quijote»; una obra trabada con vocación literaria pero que no renuncia a mostrar la crueldad de los traficantes de personas, de los guerrilleros crueles y los caciques despóticos. «El siglo XX comenzó con el genocidio de Armenia. Se puede argumentar que no existía la ONU y que la idea de genocidio no estaba acuñada, pero hoy funcionan todos los organismos y los derechos humanos están vigentes. Es absurdo que las poblaciones sufran esa violencia, que la gente sea devuelta, que no se hayan creado resortes para que todo sea más civilizado. ¿Cómo se entiende la tragedia de la gente que huye de Estados fallidos? A la caravana de emigrantes les dieron con la puerta en las narices, no en Estados Unidos, sino en México. Este mundo no está cosechando todo lo bueno que sembró y la pregunta es por qué».