“La nube”: Just Philippot y la ansiedad como plaga

El realizador francés se entrega al horror de la entomofobia en un filme sobre la desesperación de una madre soltera que triunfó en el pasado Festival de Sitges

Suliane Brahim obtuvo el premio a la Mejor Actriz en Sitges por su Virginie en «La nube»
Suliane Brahim obtuvo el premio a la Mejor Actriz en Sitges por su Virginie en «La nube»LA RAZONLA RAZON

Con la garantía de calidad del Premio Especial del Jurado en el Festival de Sitges, esta semana se estrena «La nube», el asfixiante debut en el largometraje del francés Just Philippot. Concebida como una tesis sobre la ansiedad y la desesperación en el moribundo mundo de lo rural, la película sigue a Virginie, una madre soltera al frente de una granja de saltamontes para explotación agraria. Sin esperanzas de mejora en el negocio, la protagonista se verá envuelta en una red de mentiras que ella misma ha provocado y que desencadenarán en un escenario casi apocalíptico.

«A pesar de lo que uno podría pensar, lo más fácil del rodaje fue el trabajo con los saltamontes, que son insectos muy pacíficos pese a lo que mostramos en la película. Podría decir que han sido mis actores más obedientes», bromea Philippot en entrevista con LA RAZÓN. Y sigue: «Existe, en toda la película, una decisión perfectamente consciente de jugar con la angustia que nos puede provocar ver a tantos insectos juntos con la que sufre la madre por intentar sacar adelante a su familia. También quiero pensar que es una muestra de hasta dónde estamos dispuestos a llegar por nuestras necesidades, por muy débiles que parezcamos», explica.

Eso que para el realizador galo es vulnerabilidad y que en la pantalla se traduce en la interpretación que le valió a Suliane Brahim («Zona blanca») el premio a Mejor Actriz en el certamen fantástico, parte también del horror como género visitante que impregna filme: «Se puede entender como una lucha de dos fuerzas macabras pero que vienen de la naturaleza. Una nube de saltamontes que quiere alimentarse a toda costa y una madre que, del mismo modo, quiere velar por el futuro de sus hijos. El motor de mi relato es la lucha entre ambos conceptos», resume antes de añadir: «Queria que Brahim hiciera suyo el personaje, que no se limitara a lo que explicaba el guion. Por mucho que uno se documente, hay reacciones como mujer que ella sabrá aplicar mejor al personaje para nutrirlo y hacer que su mitomanía vaya creciendo con su demacración».

Más Peckinpah que Hitchcock

Más allá del relato superficial de una mujer abriéndose paso en un mundo, el del agro, dominado por lo masculino y una perspectiva bastante interesante sobre la economía circular y los nuevos «hippies», la película de Philippot se crece cuando aborda en gloriosos efectos prácticos y no digitales el terror físico: «Para Suliane (Brahim) y para mí fue un reto, porque el maquillaje debía ir mostrando cómo se entrega al enjambre. Escenas como la de la entrada en el invernadero en ropa interior podrían asustar a cualquiera, pero fueron las que más ganas tenía ella de rodar», completa.

Desde que cae la primera gota de sangre hasta que la nube del título se vuelve incontrolable el filme se puede entender también como un «tableau vivant» sobre la ansiedad y cómo esta puede conducir a la violencia: «Si hubiera que compararla con mis referentes, diría que tiene mucho más de Peckinpah que de Hitchcock, por ejemplo, porque me gusta esa cocción lenta que acaba reventando en la pantalla. Da igual que podamos intuir qué ocurrirá desde el primer minuto, lo importante en su cine es el cómo. Me considero un abogado del rocanrol y eso es lo que quería dejar claro en la película», remata con sorna el realizador antes de invadir, como sus carnívoros bichos, una taquilla en clara mejoría.