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La tierna “Fantasía” de Aitor Merino

A partir de la foto de un antepasado y de un viaje en crucero junto a sus padres y su hermana, el también actor construye un relato arrollador sobre el amor familiar en el Festival de Málaga

Después de cinco años y más de 200 horas de grabación, Aitor Merino presentó su "Fantasía" en la sección documental del Festival de Málaga
Después de cinco años y más de 200 horas de grabación, Aitor Merino presentó su "Fantasía" en la sección documental del Festival de MálagaSURIA

Cuando Agnès Varda estrenó, allá por el 2000, «Los espigadores y la espigadora», la rendición y reverencia del mundo documental no partía tanto del contenido como de la pulsión totémica de la película: la cámara digital había llegado para dotar de medios rápidos y baratos a los genios, pero también para grabarnos como turistas frente a la Torre Eiffel. La película casera, antes solo al alcance de unos cuantos privilegiados, se democratizaba y los géneros se hacían infinitos. En esa corriente se instala precisamente «Fantasía», el último trabajo de Aitor Merino, y que ha presentado a concurso en la Sección Documental del Festival de Málaga.

El también actor subió a sus padres y a su hermana a un crucero, del que sacó el nombre para su película y en el que, como si de un viaje en el tiempo se tratase, vuelve a ser hijo en su adultez, cámara en mano. A bordo del trasatlántico, además de ofrecer un cuadro tan tierno e íntimo que parece invitarnos a formar parte de él, a acogernos como espectadores y a transgredir en la catarsis, Merino se las apaña para contar la historia de su familia, desde los tiempos de un antepasado —al que solo recuerdan por una foto— hasta la propia relación, incluso en lo que atañe a lo sexual, de sus padres. Sin miedo a la exposición, el documental nos deja ser «voyeurs» del cariño, pero también testigos del deterioro físico y mental de Iñaki, el padre, y su lucha posterior al crucero para lidiar con la recuperación de un ictus.

«Mi hermana vive en Ecuador y yo en Madrid. Ambos nos fuimos muy jóvenes de casa, entonces el viaje fue un rencuentro absoluto. Lo de la cámara nació como una travesura, como un experimento. De hecho, nació como para tener el recuerdo. A bordo ya del buque nos dimos cuenta, mi hermana y yo, que probablemente sería el último gran viaje que haríamos los cuatro», explica Merino bajo una inusual lluvia malacitana que, dice, le acompaña desde su tierra vasca.

Los retratos familiares de los Merino son el hilo conductor de "Fantasía" FOTO: DOXA PRODUCCIONES

La cámara invisible

«Han sido casi cuatro años de filmación, y hay mucha verdad que queda fuera del metraje final», reflexiona el director sobre esa luz sobre la intimidad que es «Fantasía». Y sigue: «En las Navidades de 2015 fue cuando la película realmente tomó forma. Volví a casa con la intención de seguir grabándoles y resulta que habían discutido. Me dejaron que siguiera con la cámara, incluso cuando se peleaban en un tono un poco más agrio, y creo que eso impulsó definitivamente el carácter de la película y de la cámara como un elemento casi invisible», añade.

Berrinches, rabietas y resquemores familiares, como la inquina que existe entre el padre y la abuela materna de Merino, salen a flote para levantar una película sobre el amor familiar, sí, pero también sobre nuestra percepción del tiempo y del legado, y quizá también sobre el cine mismo y cómo un director puede o no distanciarse de lo que está creando: «Hay más de 200 horas de grabación, por lo que se hacía imposible que yo fuera capaz de ser objetivo con el material. Ahí es donde entra mi equipo y Ainhoa Andraka como productora y montadora», confiesa el director, que sí dejó dentro del montaje una danza desnuda de su madre, la dolorosa dificultad de su padre para volver a tocar la guitarra en su senectud o la misma emoción de su hermana, al entristecerse por la mirada perdida y desorientada que va viendo apagarse en los ojos de su padre.

«Entiendo que mi película es sobre el contraste. Sobre el cielo abierto del barco y las cuatro paredes del piso familiar. Sobre el pasado cálido y el futuro incierto. Y también es como un regalo, como una cápsula del tiempo de quiénes éramos», remata el realizador sobre su filme. Al final, la ternura y lo desgarrador, sin aspavientos ni melodramas, hacen de «Fantasía» una rara avis documental, en la que la humildad de quien sujeta la cámara se transfigura en el metraje y la imagen es el único catalizador válido.