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Fernando Savater: «La literatura es un consuelo limitado»

El escritor publica «La peor parte. Memorias de amor», su último libro, donde evoca el dolor por la pérdida de su mujer.

  • Savater confiesa que “mi mayor recompensa” era que Sara Torres, su mujer, “me sonriera”
    Savater confiesa que “mi mayor recompensa” era que Sara Torres, su mujer, “me sonriera” /

    Gonzalo Pérez

Tiempo de lectura 4 min.

18 de septiembre de 2019. 01:30h

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Javier Ors 17/9/2019

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Uno también muere con los demás, con aquellos que se quieren y que vamos dejando atrás por accidente, enfermedad o la fuerza irremediable que supone el curso vital. El fallecimiento es el punto final no solo de una vida, sino también de una pareja, un proyecto común, una amistad. «Hay muertes que son previsibles. Se parte de la base, por ejemplo, de que los padres o los abuelos van a morir antes que tú. Es muy doloroso, pero es algo que es normal o lógico, no una tragedia. Pero, en cambio, existen otros casos, que te tocan de lleno, porque no era el momento, como un hijo, algo que no quiero ni siquiera imaginar. En el caso de mi mujer, a quien le tocaba fallecer antes era a mí, que, por algo, era diez años mayor que ella. En las ocasiones en que pensábamos cuándo la muerte nos iba a separar, siempre teníamos en cuenta que esa muerte sería la mía». Hace unos años, Fernando Savater perdió a su mujer y de esa experiencia ha nacido «La peor parte. Memorias de amor» (Ariel), un libro sincero y franco donde evoca su vida juntos. «Quería recordarla para celebrarla, para que aquellos que nos conocían todavía la recuerdan conmigo, a mi lado y los que no tuvieron la suerte de encontrarse con ella piensen que les hubiera gustado conocerla. Sí, es cierto. Este libro es un poco para inmortalizarla».

–Dice que ella le «purificó».

–Y me domesticó, porque era bastante salvaje y bruto. Ella me enseñó buenas maneras. La personalidad de uno, cuando pasas por el amor, que es un cepillo bastante fuerte, cambia. Hay asuntos de carácter que permanecen, pero hay un modo de vida que la persona amada te exige y eso hace que las cosas cambien.

–¿Sirve escribir para mitigar el dolor?

–No sirve de mucho. Pero en esta ocasión me daba la sensación de que estaba haciendo algo por ella. Cuando cayó enferma trataba de hacer muchas cosas para ayudarla y me quedé con la sensción de que todo me salía mal. En este sentido, este libro sí ha funcionado. Suponía un entretenimiento. Pero claro, un libro no la va a resucitar ni la va a traer de nuevo. La literatura es un consuelo limitado. Me gustaría decir que te sientes estupendamente después de escribirlo, pero no es así. Pero, claro, he llenado todos mis libros de apuntes o de notas biográficas, y cómo iba a dejar de escribir justo con la muerte de un ser querido, que es uno de los episodios más importantes en la vida de cualquier persona... Por eso he considerado que era honrado dejar un testimonio.

–«La soledad no es el problema, sino la ausencia», dice.

–Para la soledad sí que los libros son un consuelo. Pero cuando he estado solo nunca me he aburrido. Siempre estoy viendo películas, escuchando música... al contrario, en ocasiones, las visitas me fastidian. Pero la soledad no es el problema. El problema real es la ausencia definitiva que quien quieres y más necesitas.

–Dedica bastantes páginas a la lucha que los dos encabezaron contra ETA.

–Había contado una parte en «Mira por dónde». Ahora lo describo con más detalle, porque fue algo importante que hicimos los dos. No es para tirarse flores, pero si ella y yo no hubiéramos estado activos en el País Vasco, la lucha contra el terrorismo habría sido bastante peor. Los dos nos pusimos en contra del nacionalismo y el terrorismo y los dos fuimos un obstáculo serio para eso. Pero, sobre todo, fue ella, porque era quien me impulsaba a hacer cosas. A nosotros no nos mataron a nadie de la familia, pero perdimos a personas muy próximas, como Francisco Tomás y Valiente, que era mi amigo. Esta clase de pérdidas sí que te cogen de lleno.

–En este libro asegura que con el asunto de Cataluña hacemos como las avestruces, esconder la cabeza.

–Cuando has vivido en el País Vasco sabes hasta qué punto es peligroso que estas cosas crezcan. Existen determinados asuntos que conviene cortar cuando aún son pequeños y no se han convertido en un baobab. En Cataluña ha sucedido lo mismo. Yo comencé a escribir sobre los riesgos de la inmersión lingüística a mediados de los ochenta. Cuando muchos lo jaleaban, yo advertía de los riesgos.

–Y habla de cómo se nos consuela en estas situaciones.

– (risas). Sí, es cierto. Y descubrí que yo también he dicho esas tonterías cuando me las han dicho ahora a mí. Al oírlas pensé lo imbécil que también he sido. Al principio, la gente te quiere dar unas palmaditas, pero al cuarto día se aburren de tÍ están deseando que el tiempo te cure pronto porque están hartos. Me he dado cuenta de lo mal que nos consolamos.

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