Cultura

De cuando España humilló al almirante Nelson, el gran héroe británico, y le dejó manco

Fue una de las principales derrotas del muy honrado marino británico, que intento sin éxito, por tres veces, tomar el puerto canario con su flota y más de 900 hombres

Nelson herido durante el ataque, óleo de Richard Westall
Nelson herido durante el ataque, óleo de Richard Westall FOTO: La Razón (Custom Credit)

Reino Unido ha sabido, a lo largo de su historia, honrar a sus héroes, incluso cuando sus méritos sean de dudosa reputación o simplemente se trate de corsarios, piratas o traficantes de esclavos. Uno de los que más honores ha merecido es el almirante Horatio Nelson, uno de los marinos más brillantes de la Royal Navy y cuya estatua preside Trafalgar Square, punto neurálgico de Londres.

Nelson fue el marino que comandaba la escuadra inglesa en la batalla de Trafalgar, en lo que fue una de las derrotas más amargas de la Armada española y quizás el punto de inflexión a partir del cual dejamos de ser la gran potencia naval que fuimos durante siglos. Discutible es si la batalla se perdió por culpa de la incapacidad de los marinos franceses que mandaban la flota conjunta y a pesar de la heroicidad de los marinos españoles, como Churruca o Alcalá Galiano.

Sin embargo, Horatio Nelson, que acumulaba ya un amplio historial de victorias y éxitos ante franceses, españoles o daneses, llegaba a esta batalla con cuitas pendientes con los españoles, a los que ya se había enfrentado en varias batallas, saliendo no precisamente muy bien parado en alguna de ellas, como es el caso de la de Tenerife.

Corría el año 1797 y el ya por aquel entonces contralmirante Nelson quiso tomar la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, para lo cual contaba contaba con una escuadra de ocho barcos y otro más capturado a los españoles además de una fuerza de desembarco de aproximadamente 900 hombres. Enfrente, un puerto protegido por varios fortines artillados situados en la costa y en las alturas.

La maniobra de Nelson consistía, primero, en desembarcar en la playa de Valleseco, avanzar hasta el montículo Altura, tomar por retaguardia el castillo de Paso Alto y desde allí negociar la rendición de la ciudad. De no lograrse la rendición, se iniciaría el envío de fuerzas para desembarcar y tomar Santa Cruz en combinación con las de Valleseco.

Sin embargo, los planes de Nelson se torcieron después de que su flota fuera avistada la noche del 21 al 22 de julio y el gobernador de Tenerife, el teniente general Gutiérrez, dio la orden de preparar las defensas para un inminente ataque. Reunió para ello todo lo que tenía a mano así que buena parte de sus “tropas” eran milicias formadas por los propios vecinos de la isla, además de un destacamento francés.

El primer intento de Nelson en la madrugada del 22 de julio fracaso. A la mañana siguiente, las fragatas inglesas fueron remolcadas por las lanchas para fondear todo lo cerca que pudieron del Bufadero, y se produjo el desembarco de un millar de hombres en la playa de Valleseco. Sin embargo, pese a que lograron tomar una pequeña cota, no pudieron progresar al encontrarse con el fuego cruzado de los defensores, que disparaban desde el castillo de Paso Alto y desde otras posiciones fortificadas.

Además, el teniente general Gutiérrez envió refuerzos para ocupar los pasos de Valleseco, que se prepararon para frenar una posible incursión en la ciudad de los asaltantes de Paso Alto. Tras un intercambio de fuego el 23 de julio y debido a lo escabroso del terreno, a la imposibilidad de movimientos y a la carencia de fuego naval de apoyo, los ingleses iniciaron su retirada. El segundo intento había fracasado también.

Tercer intento

Sin embargo, Nelson no parecía querer darse por vencido así que lo intentó una tercera (y última) vez. En esta ocasión, las fragatas inglesas levaron anclas y se alejaron de la costa. Mientras tanto, Gutiérrez, esperando un nuevo ataque, cambió su despliegue; dejó un pequeño destacamento en Paso Alto, concentró fuerzas para la defensa de la ciudad, reforzó las defensas de los puertos y mantuvo la alerta en las instalaciones defensivas.

Nelson, en esta ocasión, decidió atacar frontalmente Santa Cruz, con un desembarco en el muelle al frente de sus tropas; el capitán de navío Troubridge, anterior jefe de la fuerza de desembarco, también iba a participar en el asalto. El objetivo: tomar el Castillo de San Cristóbal y desplegarse en la plaza de la Pila para reprimir cualquier conato de insurrección popular.

A última hora del 24 de julio, los ingleses llevaron a cabo la preparación del desembarco. Unos 700 soldados embarcaron en seis grupos de lanchas, 180 embarcaron en la balandra Fox y otros 80 lo hicieron en una goleta apresada a los españoles

A primera hora del 25 de julio, las lanchas de desembarco comenzaron a navegar hacia el muelle, en plena noche, con visibilidad escasa y prácticamente en silencio total. Según parece, los ingleses cubrían sus lanchas con lonas, para evitar ser descubiertos, pero la fragata española San José las detectó y dio la alarma, y el castillo de Paso Alto hizo lo mismo.

Según la obra “Cómo perdió Nelson su brazo en Tenerife”, de Clennell Wilkinson, «era tan nutrido el fuego de mosquetería y de metralla de la ciudadela y de las casas que estaban en la cabeza del muelle” -dice Nelson- “que no pudimos adelantar y casi todos estábamos muertos o heridos.” Bowen perdió la vida. Fremantle cayó. Ni un jefe quedó ileso».

Las baterías hicieron fuego sobre las fuerzas invasoras, y al mismo tiempo la resaca dispersó las lanchas. Solamente tres grupos pudieron dirigirse al muelle, de los que únicamente lograron desembarcar los hombres de cinco lanchas. Las restantes se estrellaron contra las rocas, donde tuvieron que soportar el fuego de la artillería y la infantería españolas. Al mismo tiempo, las baterías defensoras hicieron blanco sobre la Fox, le causaron 97 muertos y gran cantidad de heridos, y terminaron por enviarla al fondo del océano con mucho material y municiones.

El desembarco fue un fracaso estrepitoso y, encima, Nelson fue alcanzado por un proyectil. El almirante, que viajaba en uno de los botes que lograron pisar tierra, recibió el impacto de un proyectil que, según las crónicas de la batalla, habría salido de un cañón conocido como «El Tigre», sufriendo una grave herida en el brazo. Fue retirado de la batalla hacia la enfermería en donde se le tuvo que amputar.

Nelson herido durante el ataque, óleo de Richard Westall
Nelson herido durante el ataque, óleo de Richard Westall FOTO: La Razón (Custom Credit)

Según la pieza de Wilkison, cuando fue alcanzado «retrocedió y cayó en brazos de su hijastro Josiah. “Me han herido en el brazo”, exclamó, “soy hombre muerto.” [...] La sangre fluía libremente y observando que el verla aumentaba el abatimiento de Nelson, Josiah cubrió la herida con su sombrero y quitándose un pañuelo de seda que llevaba al cuello, ató fuertemente el brazo por encima de la herida. Un hombre llamado Lovell, de la tripulación de la falúa de Nelson, se rasgó la camisa en tiras y con ellas hizo un vendaje».

Aun en esa situación, el almirante trato de incorporarse para ver el estado de la batalla y pudo ver la escena de destrucción que le rodeaba, con lanchas hundidas, otras remando desesperadamente para huir y salvarse, cadáveres en el agua... «Y en aquel momento, cuando aún estaban mirando alrededor, se oyó un grito general de la tripulación del Fox. Este cúter había recibido un proyectil a flor de agua y se hundió en un instante con toda su tripulación. Ahogáronse el teniente Gibson y 97 hombres. La falúa del Almirante se puso a un costado para ayudar en el trabajo de salvamento, y gran parte de la buena labor de Josiah se echó rápidamente a perder, porque Nelson insistió en situarse arriba y usar el brazo izquierdo para sacar del agua a los hombres que hacían inauditos esfuerzos para salvarse. Recogieron tantos que llenaron enteramente el bote, y entonces siguieron remando hacia los navíos ingleses, todos tan lejos todavía… De aquello infelices hombres, mojados y vencidos, ni uno dejó de compadecerse sinceramente al ver a Nelson tendido entre ellos, pálido y doliente».

Cuando volvió a su barco, presentaba un aspecto terrible, con el brazo derecho colgando por su costado. «Soportó la amputación con el mismo espíritu y la misma firmeza que siempre marcó su carácter. El único recuerdo de Nelson de esta operación parece haber sido, digámoslo con sus mismas palabras, “la frialdad del cuchillo” cuando hizo el primer corte circular a través de los tegumentos y músculos. De esto se acordó toda su vida [...] Le cortaron muy alto, casi cerca del hombro, de manera que podemos suponer que el daño no estaba confinado en el codo o que se temía la gangrena. De todos modos, en lugar de arrancar unos pocos filamentos rotos, cortaron por la parte superior del brazo. Lo peor, aunque él no lo supo en aquel momento, fue que aplicaron la ligadura tan torpemente a la arteria humeral, que la herida no cicatrizó en muchos meses».

El cañón «Tigre» es conservado en el Centro de Interpretación del Castillo de San Cristóbal, en Santa Cruz de Tenerife, con muchos otros objetos. Como las banderas del buque insignia, el HMS Theseus (74 cañones), y de la fragata HMS Emerald (36 cañones).

Imagen del cañón "Tigre" el museo del Castillo de San Cristóbal, en Santa Cruz de Tenerife
Imagen del cañón "Tigre" el museo del Castillo de San Cristóbal, en Santa Cruz de Tenerife FOTO: La Razón (Custom Credit)

Los tres grupos de lanchas restantes, arrastrados por el mar, fueron castigados por la artillería, y algunas desembarcaron al sur de la ciudad. Unas cuantas, dirigidas por Trowbridge lo hicieron en la playa de la Caleta y llegaron a la plaza de la Pila para aguardar la llegada de las demás. La mayoría de las unidades desembarcó en la playa de las Carnicerías, desde donde avanzaron por tierra con cierto éxito hasta que fueron arrinconados en la plaza de Santo Domingo. A Trowbridge se le agotó la paciencia y dejó la plaza de la Pila para unirse a los atacantes de Santo Domingo, donde fueron rodeados por los defensores, que les obligaron a refugiarse en el convento de Santo Domingo.

El teniente Vicente Siera capturó cinco soldados ingleses en la plaza de la Pila y los entregó al General Gutiérrez, dándole información sobre la situación de las fuerzas británicas encerradas en el Convento, lo que levantó el ánimo de Gutiérrez que estaba mal informado y creía que estaba perdiendo la batalla.

Gutiérrez, de forma presta, movió sus fuerzas y fijó a los británicos en sus posiciones. Ocupó el muelle para evitar la llegada de refuerzos y aumentó la intensidad del cerco alrededor de la iglesia de Santo Domingo. Todos los intentos de ayuda de Nelson a sus hombres cercados fueron infructuosos. Aquella situación llevó a Trowbridge a negociar con Gutiérrez, y logró una capitulación honrosa y la salvación de la vida de sus hombres. El tercer y último intento también fracasó.

La rendición se firmó el día 25, y los más de 300 ingleses que estaban en Santo Domingo desfilaron hacia la plaza de la Pila y reembarcaron en embarcaciones inglesas y algunas españolas.

Acabada la refriega y dando España la batalla por ganada, el gobernador español, al saber que Nelson estaba herido, le envió dos botellones del mejor vino de Canarias, y él correspondió con cerveza inglesa y queso.

De vuelta a Reino Unido, Lord Spencer, primer lord del Almirantazgo, le escribió felicitándolo por este «glorioso, aunque desafortunado, ataque» y para expresarle la esperanza de que pronto tendría el placer de conocer personalmente «a quién durante tanto tiempo he tenido Ia costumbre de admirar». Pero al mismo tiempo escribió indignamente a St. Vincent diciéndole que «un almirante manco» nunca sería de utilidad y, por consiguiente, «cuanto antes vaya a una humilde casa de campo mejor, y así dejará lugar a otro hombre más apto.»

Finalmente, el almirante Nelson volvió al servicio y continuaría acrecentando su leyenda luchando aquí y allá hasta que en octubre de 1805, durante la batalla de Trafalgar contra la flota franco-española, el “Victory” en el que el almirante viajaba sufrió el fuego de cuatro navíos. Arrimado al “Redoutable” francés, se sucedieron varias tentativas de abordaje y el fuego de fusilería sobre las cubiertas era intenso. Una bala hizo saltar una astilla de la cubierta que hirió al capitán Thomas Hardy, comandante del barco. Al rato, otra bala hacía blanco en el almirante inglés: “¡Por fin lo han conseguido, Hardy! –exclamó–. ¡Me han roto la espina dorsal!”. Eran las 13:25; Nelson fallecería tres horas más tarde con la postrera satisfacción de saberse ganador de la batalla.