Cultura

A la mujer, menos arroz: así funcionaba la cartilla de racionamiento de la posguerra

Tras la Guerra Civil, España era un país sumido en la miseria, donde la falta de recursos llevó al régimen franquista a fijar un sistema que controlara el abastecimiento de manera exhaustiva

Cartilla de racionamiento de la posguerra española, año 1945.
Cartilla de racionamiento de la posguerra española, año 1945.archivo

España pasó hambre. Bastante. Ocurrió, como ha solido acontecer en otras situaciones históricas de este tipo, tras la Guerra Civil y durante el inicio de una dictadura, en un país sumido en la miseria y la pobreza. En aquel 1939, la sociedad se enfrentaba a más de 500.000 vidas perdidas en combate, así como a una represión franquista donde solo valía ser aliado. Llegó la posguerra y, con ella, la falta de suministros, provocada por la cantidad de campos de cultivo arrasados durante la contienda, así como la crisis económica y el aislamiento comercial que se instauró en España. Pero el franquismo no podía permitirse una imagen devastadora, por lo que de puertas hacia afuera todo era esplendor, mientras que hacia afuera todo eran normas y dificultades. Algo que tampoco es novedoso si atendemos a otros capítulos de la historia.

En este contexto nació una solución que veían como rápida y eficaz, casi atropellada, que no respondía al “vísteme despacio, que tengo prisa”: se creó la cartilla de racionamiento. Se trataba de un sistema que, ante la escasez de alimentos de la época, instauraba una exhaustiva vigilancia sobre la producción agrícola. “Tenemos la necesidad de asegurar el normal abastecimiento de la población e impedir que prospere cierta tendencia al acaparamiento de algunas mercancías. Por eso se aconseja la adopción, con carácter temporal, de un sistema de racionamiento para determinados productos alimenticios”, rezaba un informe emitido cuatro días antes de establecer las cartillas “para 26 millones de españoles o extranjeros residentes”.

Eran unas tarjetas con cupones, inicialmente familiares, pero en 1943 se convirtieron en individuales, lo que permitía al poder de un mayor control. Con esto, a cada persona se le asignaría una tienda concreta para comprar artículos racionados, cantidad que solía variar según la semana o el mes. La Prensa era la encargada de publicar la ración diaria de cada producto, así como los lugares para conseguirlo.

Así, Franco no solo controlaba lo que se decía, sino también lo que se comía. De hecho, la limitación era tan detallada que incluso había desigualdad en la escasez: había cartillas de primera, segunda y tercera categoría, según el nivel social del consumidor, su estado de salud o su posición familiar. Los hombres adultos podían acceder al 100% de los alimentos -variando según el trabajo-, mientras que las mujeres adultas y los mayores de 60 años recibían el 80% de la ración anterior. Los menores de 14 años, un 60%.

El pan blanco era un artículo de lujo, por lo que no se incluía en el alimento que cada persona tenía el derecho de recibir semanalmente. Aunque sí el pan negro, junto con carne, patatas, arroz, aceite y leche. Y aquí entró un concepto que tanto hemos escuchado durante estos últimos meses de pandemia: el producto de primera necesidad. En este caso eran, por ejemplo, y más allá del alimento, el jabón y el tabaco, que también se incluían en los lotes de cada semana.

Un riesgo que había que tomar

Sin embargo, no todo funcionó a rajatabla, sino que, por supuesto, la sociedad necesitaba sobrevivir, y por ello triunfó el estraperlo o mercado negro. Al considerar que las cartillas de racionamiento estaban destinadas al fracaso, algo que los poderosos no atendían ya que contaban con privilegios a la hora de acceder a bienes alimenticios, en las clases menos pudientes se optó por el método más peligroso. Un riesgo que había que tomar, si el objetivo era poder alimentarse de algo más de lo impuesto por el Estado, así como huir de algunas intoxicaciones o productos en mal estado que se difundían con la cartilla.

Los productores agrícolas comenzaron a reservar parte de sus recursos para después venderlos de manera clandestina, lo que supuso el inicio del estraperlo en el franquismo. Así los define el historiador Miguel Ángel del Arco: “Eran mercados negros de supervivencia, el ‘estraperlo de los pobres’, en el que participaban las clases sociales más bajas y que no enriquecieron a sus protagonistas, sino más bien le permitieron salir adelante a ellos y a sus familias”. Al difundirse este mercado negro, que llegó a acaparar hasta a las altas esferas, acabó convirtiéndose en una especie de mercado paralelo, donde se encontraban alimentos como el pan blanco, los incluidos en la cartilla, y hasta la carne, también considerada como un lujo.

“Eso de dar gato por liebre viene de este periodo, porque el gato cocinado sabe casi igual que la liebre. En Extremadura incluso hubo gente que comió cigüeñas, perros o burros pequeños. Muchos tuvieron que traspasar ciertos límites y tomar alimentos que hasta entonces eran tabú”, explica a “El Comidista” David Conde, doctor en Antropología.

La cartilla dejó de estar en funcionamiento en abril de 1952, cuando el Gobierno consideró que dejaba de ser necesaria. Fueron, por tanto, 13 años de carencias alimenticias, que no solo se reflejó en el estraperlo, sino también en las pérdidas humanas. Se calcula que entre 1939 y 1942 se produjeron entre 200.000 y 600.000 muertes como consecuencia de la mala alimentación o de las enfermedades que derivaban de ella. Una época difícil, trágica, que es mejor para aprender que para repetirla.