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Sexo, drogas y un mazo en el gran crimen de los años 30

Un nuevo libro indaga en la vida de esta mujer fatal que se convirtió en amante de su chófer de 18 años y acabó envuelta en el asesinato pasional de su esposo, un reputado arquitecto.

  • La bella Alma Rattenbury fue el centro de atención de este caso.
    La bella Alma Rattenbury fue el centro de atención de este caso.

Tiempo de lectura 8 min.

16 de julio de 2019. 03:46h

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Gonzalo Núñez Madrid. 16/7/2019

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El germen de un gran crimen pasa casi siempre inadvertido entre gestos nimios, cotidianos. Para encontrar la primera piedra de la «cause célèbre» que conmocionó a Inglaterra en el periodo de entreguerras, hay que irse a un pequeño anuncio por palabras del «Bournemouth Echo» del 23 de septiembre de 1934: «Se busca muchacho de entre 14 y 18 años, con disponibilidad diaria, para tareas del hogar». Solo medio año después de aquella inocente inserción en prensa, Villa Madeira, la casa de los Rattenbury en la tranquila localidad balneario del sur del país, se tiñó de sangre. Y con la sangre vino la vergüenza, la sobrexposición, la fiebre amarillista y el juicio más mediático de Inglaterra hasta la fecha. No era posible incluir más ingredientes al cóctel: cuernos, alcohol, drogas, sexo, impotencia, asesinato... Y un triángulo perfecto: un marido famoso, una mujer talentosa y glamurosa y un amante adolescente. Pero, por encima de todos, se situaba ella, Alma Rattenbury, la instigadora, la mujer fatal, la Messalina de este drama eduardiano, rápidamente señalada por la opinión pública y cuya magnética figura sigue despertando interés en las islas británicas. «Su historia dominó las portadas durante meses, una telenovela real con todos los elementos para mantener a los lectores excitados y atentos a cada nuevo giro: sexo, drogas, violencia y una mujer fatal real suplicando por su vida en el corazón de la trama», escribe Sean O’Connor en el prólogo de un libro recién publicado en Inglaterra, «The Fatal Passion of Alma Rattenbury». Las fatídicas vidas de Francis y Alma Rattenbury se cruzaron a principios de los años 20 en la Columbia Británica de Canadá, donde él, británico ya maduro y asentado había desarrollado una carrera arquitectónica que aún hoy es emblema del país norteamericano. Alma, joven prodigio del piano venida a menos (viuda y divorciada) tenía 28 años cuando se conocieron. En ella, el ciclotímico señor Rattenbury vio un nuevo motivo para la esperanza. Pero su mujer Florence era un inconveniente para aquel amor con 30 años de diferencia. El divorcio de los Rattenbury fue un nido de habladurías: Francis llegó a instalar a Alma en la casa familiar ante la negativa de su mujer a firmar los papeles. Solo en 1925, la nueva pareja pudo formalizar la situación, pero la sociedad canadiense rechazó aquel escandaloso apaño. Francis tuvo que buscar un retiro en Inglaterra, en la tranquila localidad costera de Bornemouth, pero la falta de encargos lo sumieron en la depresión y el alcohol, al tiempo que Alma se iba distanciando de él. Su marido, ya en la sesentena, no había vuelto a tocarla desde el nacimiento del pequeño John, algo que a Alma, pintada por todos como una mujer de gran sexualidad, la desquiciaba tanto como esa vida monacal en Bornemouth, cuyos alicientes pasaban cada vez más por la bebida o incluso, al decir de muchos, la cocaína, cuando no simplemente una espiral de discusiones y hasta agresiones. En este entorno hizo su entrada a finales del año 34, George Stoner, de 18 años, un adolescente apuesto y educado pero considerado por todos poco instruido, un perfecto ejemplo de provinciano, que de repente se estableció como chico de los recados y chófer de los Rattenbury y que, a las pocas semanas, ya era amante de la voraz y sofisticada Alma. La diferencia de edad (20 años) no era en absoluto un problema para esta mujer que incluso logró que su anciano e impotente marido aceptara la componenda. En Villa Madeira, Stoner tenía vía libre en la cama de la señora, mientras el señor Rattenbury languidecía en el piso de arriba. En marzo de 1935, todo se precipitó. A la vuelta de un viaje de tortolitos de Alma y Stoner a Londres, donde ella le compró un traje en Harrods y lo alojó en un lujoso hotel, la señora Rattenbury sugirió un nuevo viaje próximamente, en esta ocasión con su esposo. Una excursión que no se llegaría a producir jamás. En la noche del 24 de marzo, George Stoner (presuntamente, pues nunca se aclararon del todo las circunstancias) se deslizó hasta el despacho del señor de la casa y le asestó un mazazo que le hizo saltar los dientes y lo dejó inconsciente y chorreando de sangre. Cuando el ama de llaves lo supo, llamó a un doctor. En una escena harto confusa y bizarra, se supone que Alma intentó incluso pegar los dientes de su esposo y que apuró la botella de whisky que tenía en la sala. Tanto que a la llegada de la Policía, el agente la describió como borracha o drogada. Alma admitió en primera instancia haber sido ella la culpable, luego señaló solo a George; finalmente, intentó sobornar y besar en la boca al agente. Rattenbury murió a los tres días y para entonces Alma y su amante ya estaban acusados de asesinato. El juicio, en el Old Bailey de Londres, el escenario perfecto para esta tragedia griega (tanto que hubo diarios que enviaron a críticos de teatro a cubrir el evento), fue el más mediático de la época.

Cada mínimo detalle

Cada día se formaban largas colas a las puertas de la sala y el caso estuvo casi minutado: «Los lectores de los periódicos tuvieron un acceso extraordinario a los detalles más triviales e íntimos de la casa familiar de los Rattenbury», escribe O'Connor. Del sexo al dinero, nada quedó fuera del ojo público, que rápidamente se formó una imagen de Alma como depredadora sexual, instigadora del asesinato frente a un Stoner cegado por su belleza y glamour. En una sociedad profundamente apegada a la hipocresía y el puritanismo, el caso Rattenbury despertó ampollas y excitó el morbo de los londinenses deseosos de saber qué se cocía en una típica casa inglesa de provincias. A Alma se la comparó con María Magdalena, Dalila y cuantas villanas ha habido en la historia. Este crimen revelaba pulsiones (sociales, sexuales, familiares...) que atentaban contra el sistema eduardiano «colocando un espejo ante ese aparentemente ordenado y deferente mundo» (señala el autor) que, en realidad, había cambiado mucho tras la Gran Guerra. No es extraño que la imagen de Alma haya variado con los tiempos. O'Connor, en estos días del #MeToo, la ve como el único altar de sacrificio de aquella sociedad escandalizada. Lo cierto es que el jurado absolvió a la esposa de Rattenbury y condenó a la horca a su joven amante. Pero la opinión pública se reveló: se armó una masiva petición ciudadana para conmutar la pena de muerte de Stoner. Algo que efectivamente se logró, pero solo después de que Alma se suicidara tras siete puñaladas, incapaz de aceptar la muerte del hombre que incluso había intentado encubrir acusándose a sí misma. O'Connor publica por primera vez la nota de suicidio de Alma, en la que admite estar enamorada de George y ser incapaz de lidiar con el linchamiento social. Con su muerte, se cerró buena parte de la trama, pero la realidad es que las circunstancias de la muerte de Rattenbury y la implicación de su esposa no quedaron nunca aclaradas. En el año 2000 se fue la última pata de esta inestable mesa: Stoner. El joven pasó siete años en la cárcel y fue liberado para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente, se enfrentó a la muerte en el Desembarco de Normandía y destacó por su valor. Es de suponer que tuvo que matar y mató en nombre de Inglaterra. Pero su enemigo ahora era más abstracto, menos pasional, que aquel arquitecto que abatió de un mazazo en 1935.

Vidas de ópera

Apenas conocido en España, el caso Rattenbury es uno de los crímenes pasionales más famosos del Reino Unido. Solo hay que atender a la cantidad de obras que ha inspirado. Además de una decena de libros, su historia ha sido llevada a la ópera, la radio, la televisión y el teatro en repetidas ocasiones. La mayoría de estas recreaciones beben del guión que escribió para la radio en los años 70 el dramaturgo Terence Rattigan, titulado «Cause Célèbre». Helen Mirren protagonizó una adaptación a la TV en 1987 y en 2011, el legendario Old Vic de Londres lo representó por última vez.

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