Alaphilippe, campeón del mundo

Saltó en la última subida y llegó en solitario al circuito de Imola. EVan Aert, el gran favorito, se conforma con la plata. Hirschi, bronce

Al cruzar la meta se echó las manos a la cabeza, miró al cielo y disfrutó del momento. Julian Alaphilippe ya es campeón del mundo, pero no podrá festejarlo con su padre. Para él, para el hombre que le regaló su primera bicicleta, era la dedicatoria. Igual que en la etapa que ganó en el Tour.

El de Alaphilippe es un triunfo perseguido. “Sólo” tiene 28 años, pero como todos los de su generación siente que la competencia que llega por detrás es muy fuerte. Como la de Wout Van Aert, el gran favorito, que entró segundo, el primero del grupo que perseguía al francés. Hirschi, una de las revelaciones del Tour, se llevó el bronce.

Alaphilippe se marchó en solitario en la última subida a La Gallisterna, cuando quedaban 12 kilómetros para la llegada. La selección del grupo que elegiría al ganador ya estaba hecha. Con él viajaban Hirschi, Kwiatkowski, Fuglsang y Roglic, además de Van Aert. Todos miraban al belga y el belga decidió que no iba a trabajar para todos. Y así, Alaphilippe pudo irse por delante camino del oro.

Por detrás quedaba Michael Matthews, el que más preocupaba a los favoritos, el único esprinter capaz de superar las subidas, y Alejandro Valverde, el mejor español, que fue octavo. A Alejandro se le atragantaron las subidas. El ritmo era demasiado fuerte para él, pero consiguió aguantar casi hasta el final.

Valverde y Landa mantuvieron las opciones españolas. Mikel fue valiente y se embarcó en una aventura a falta 20 kilómetros con Nibali, Urán y Van Aert, que estaba en todas. Duró poco el viaje, pero a Mikel estaba atento y preparado. Le fallaba el recorrido, esas subidas explosivas no le favorecen, aunque él nunca pierda su valentía.

Aunque nadie tan valiente como Pogacar. Atacó a falta de 40 kilómetros. Una apuesta arriesgada que difícilmente podía salirle bien. Pero le sirvió para demostrar que está dispuesto a todo y que los jóvenes como él, como Evenepoel, no sólo han llegado para cambiar el orden establecido y adelantar la edad de los ganadores de todas las grandes competencias. Han llegado también para cambiar la manera de correr, más arriesgada, menos pendiente de conservar no se sabe qué. Más vistosa y, no por eso, menos exitosa.

Pogacar consiguió su objetivo de desgastar a la selección belga, que trataba de controlar la carrera, esperando quizá el ataque final de Roglic. El otro esloveno estuvo en el grupo final, pero Alaphilippe era el más fuerte. O el más listo.

El francés heredó de su padre sus dos pasiones, la bicicleta y la música. Jacques Alaphilippe era director de orquesta y al niño le dio por tocar la batería. Los estudios no le gustaban y trabajó dos años como mecánico de bicicletas. Ése, quizá, hubiera sido su destino si no se le hubiera dado bien dar pedales. Tan bien que ya es campeón del mundo.