Los claroscuros de un dirigente

Avery Brundage, inventor del actual movimiento olímpico, está hoy en la diana por su racismo

Dijo Thomas Bach, actual presidente del Comité Olímpico Internacional: «No hay razón para reescribir la historia». Y, tras esta saludable negación de la ola revisionista que todo lo amenaza, ordenó retirar el busto de uno de sus antecesores, Avery Brundage, expuesto en el Museo Olímpico de Lausana. En una entidad internacionalista como el COI, no es baladí el asunto de las nacionalidades y Bach, campeón olímpico en esgrima en Montreal 1976, es alemán nacido ocho años después del fi n de la II Guerra Mundial: por tanto, tiene dos poderosas razones, Berlín 36 y Múnich 72, para expiar su aplastante sentimiento de culpa colectiva en la memoria, desde luego execrable en muchos aspectos, de Brundage. Avery Brundage, un orgulloso hijo del Medio Oeste obrero y blanco, fue el quinto presidente del COI y el tercero que más años (veinte, entre 1952 y 1972) ha ostentado el cargo tras el Barón de Coubertin y Juan Antonio Samaranch.

A él se debe el haber convertido al olimpismo en el poderosísimo movimiento supranacional que es hoy, una especie de Iglesia del Deporte a la que rinden pleitesía todos los gobernantes del planeta. He aquí la luz que brilla con más fuerza en una biografía plagada de sombras. Abandonado por su padre de niño, se graduó como ingeniero gracias a las becas que la Universidad de Illinois le brindó para que formase parte de su equipo de atletismo, con el que destacó en las pruebas combinadas.

En Estocolmo 1912, como participante en pentatlón y decatlón, fue su primer contacto los Juegos y maniobró para que le retirasen las dos medallas de oro ganadas en sus pruebas a Jim Thorpe (Wa-Tho-Huk para los de su tribu), el nativo kikapú acusado de jugar profesionalmente al béisbol, a quien no le fueron restituidas hasta 1983. Fue el primer escándalo que sacó a la luz la faz racista de Brundage. Enriquecido en la industria de la construcción, se hizo a fi - nales de los años veinte con la presidencia de la federación de atletismo de su país y, casi al mismo tiempo, del Comité Olímpico de Estados Unidos, dos infl uyentes instituciones desde las que preconizó el más estricto amateurismo frente a la creciente infl uencia del dinero en el deporte norteamericano. No era simplemente un afán romántico: la veda a cualquier tipo de compensación económica por competir o premio por ganar restringía el acceso a los equipos nacionales representativos a los jóvenes de clases acomodadas, en su mayoría blancos, pues eran los únicos que podían dedicar muchas horas semanales al entrenamiento gratis et amore.

Amigo del piloto Charles Lindbergh, declarado admirador del nazismo, y seguidor de su movimiento supremacista America First, Avery Brundage se opuso con fi rmeza a los intentos de boicot de los Juegos de Berlín 1936 promovidos por quienes sostenían, con toda la razón del mundo, que las leyes raciales promulgadas por el régimen de Hitler contravenían los principios de la Carta Olímpica. Los atletas judíos estadounidenses no participaron, obviamente, ni tampoco muchos deportistas negros, a los que Brundage afeó su «escasa inteligencia por dejarse intoxicar por la propaganda sionista». Jesse Owens fue uno de los escasos afroamericanos que consintieron participar y el dirigente de Michigan festejó sus cuatro medallas de oro en una francachela con el mariscal Hermann Göring, entre estrafalarias teorías compartidas sobre las diferencias étnicas. Los siguientes Juegos en suelo alemán, los de Múnich 72, iba a vivirlos como presidente del Comité Olímpico Internacional y en ellos pasó definitivamente a la historia por su gélido pragmatismo. Al día siguiente de que un comando terrorista palestino asesinase a once miembros de la delegación israelí en la Villa Olímpica, Brundage sentenció sin un ápice de humanidad: «Los Juegos deben continuar». Por si alguien dudaba, o sea, de su honda convicción antisemita.

LA FECHA

28-9-1887 Nacimiento Avery Brundage nace en Detroit en una familia humilde a la que el padre abandona cuando él tenía seis años.

Atleta Se enamoró del olimpismo cuando participó en los Juegos de Estocolmo 1912, en las pruebas de pentatlón y decatlón.

Dirigente Presidió el Comité Olímpico Estadounidense y, entre 1952 y 1972 el Internacional, con luces y sombras en su gestión.