Ferrari exige reverencia y humildad

Carlos Sainz tendrá que avenirse a la jerarquía de una de las instituciones deportivas más rígidas del mundo

Carlos Sainz y Charles Leclerc
Carlos Sainz y Charles Leclerc FOTO: FERRARI PRESS OFFICE via REUTERS

Juan Manuel Fangio, Niki Lauda y Michael Schumacher... La santísima trinidad de los pilotos de Ferrari, en la que faltan genios como Prost, Mansell, Andretti, Jacky Ickx o nuestro Fernando Alonso nacional porque nunca fueron campeones del mundo con los bólidos rojos de Maranello, espera en el cielo o en las brumas de la inconsciencia que algún piloto renueve el título que aguardan desde 2007, cuando Kimi Raikkonen le sopló la gloria a Lewis Hamilton en la temporada más loca que recuerdan los anales. Da igual, en el fondo, porque la dimensión de la Scuderia trasciende incluso los resultados deportivos, un detalle baladí cuando se trata de la Historia con mayúsculas.

El caso es que, por tercera vez en la historia y tras el lustro fallido de Alonso, un piloto español pilotará para Ferrari, aunque no portará el mítico número 27 del jefe de filas porque este honor recae en Charles Leclerc, posiblemente el primer deportista monegasco que luce los colores del Principado desde el nacimiento y no tras una naturalización de interés. Carlos Sainz, madrileño homónimo e hijo del campeón del rally (y as del squash), llega a la Emilia-Romaña como un conductor baqueteado y ambicioso, pero necesitado de avenirse a la jerarquía de una de las instituciones deportivas más rígidas del mundo.

Porque, seamos claros, ¿sería posible que un adolescente japonés llegase al Barcelona y tirase un penalti antes que Messi? ¿Imaginamos acaso a un universitario africano que fuera elegido en el draft por Los Angeles Lakers jugarse el triple decisivo por delante de LeBron James? Pues, del mismo modo, no va a llegar un (semi) novato español a Ferrari pretendiendo que los mejores ingenieros implementen en su coche las novedades técnicas que le niegan al «27» del jefe de filas. La humildad es virtud indispensable para pretender vivir a la sombre de un mito.

Seguramente, el gran pecado de Fernando Alonso fue la soberbia. No en vano, la Santa Madre Iglesia lo incluye entre los «siete» capitales que garantizan mortificación eterna en el averno. Incluso, aunque se arribe al «box» colorado aureolado como doble campeón del mundo a bordo de un (poco más) que utilitario Renault. Aunque Baruch Spinoza nos enseña que «la humildad no es una virtud, sino un defecto que proviene de la tristeza», Sainz debe comprender que el monoplaza rojo se aborda con reverencia, como heredero de una tradición antañona que debe pervivir todavía varias centurias. ¿Está prometido el título, el enésimo, al Mercedes de Hamilton con lo que superará a Schumacher? ¿Tendrán más seguidores en las redes sociales unos chavales que han aprendido a conducir en un simulador? Qué más da. Ser piloto de Ferrari es una categoría a la que no está predestinado cualquiera.

Si, encima, la victoria espera al final del camino... ¡miel sobre hojuelas! Sainz pilota un Ferrari, lo que automáticamente lo convierte en un ídolo para toda Italia, el país que con más pasión adora a sus deportistas sea en la disciplina que sea. No queda sino disfrutar del guiño de la fortuna y dejar el pabellón muy alto «con el orgullo de emular a los antecesores y la miserable esperanza de que los sucesores no nos superen», igual que González Ruano.