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El Villarreal y Unai Emery asaltan Múnich

El equipo amarillo sorprende al Bayern y se clasifica por segunda vez para la semifinal de la Liga de Campeones (1-1)

Los jugadores del Villarreal celebran su triunfo
Los jugadores del Villarreal celebran su triunfoSven HoppeAgencia AP

¡Caray con el equipo del pueblo! Diez meses después de su primer título continental, el Villarreal se ha plantado en la semifinal de la Liga de Campeones tras apear consecutivamente, ojo al dato, a la Juventus y al Bayern de Múnich. Puro «gotha» del fútbol europeo. Un gol de Chukwueze cuando la prórroga parecía inevitable congeló el tórrido ambiente del Allianz Arena y refrendó el plan ultradefensivo de Emery, consciente de que no se puede ir a un escenario así con una flor en la boca del fusil. Hay muchos caminos para ganar y el conservadurismo es uno tan legítimo como cualquier otro.

No es Unai Emery un técnico de ideas sofisticadas, escrito sea como una alabanza porque los «ataques de entrenador» suelen ser fatales en las instancias altas de la competición. O sea, que puso el guipuzcoano el mismo once que tan bien le funcionó en la Liga, un 4-4-2 con un centro del campo sin bandas, sólo que plantado treinta metros más atrás. El plan desactivó por completo en la primera mitad al Bayern, que sólo tiró una vez a puerta, mediante Musiala. Faltaba amenaza, pero las cosas marchaban bien: los futbolistas de rojo, al borde del desquiciamiento, se perdían en batallas absurdas y protestas.

El panorama cambió radicalmente tras el descanso. Algo debió pasar en el camerino local, porque el Bayern desató uno de esos temporales con los que arrasa a los rivales. En cinco minutos, Lewandowski había puesto a Rulli a prueba con una falta aviesa y Upamecano, en el córner subsiguiente, mandaba a las nubes el pase de la muerte de Sané. Rugía el Allianz y temblaban los amarillos, a los que perdía un error en el pase de Dani Parejo, su hombre más fiable en la salida de balón. Lewandowski recibió al borde del área, se revolvió y la mandó a guardar tras toque en el palo. Se desgañitaba Emery en la banda pidiendo calma con la eliminatoria recién igualada. En vano. Comenzaba el asedio.

Nagelsmann, cuando se lo permiten, ataca con cinco futbolistas. Acampan en los picos del área los extremos para que Lewandowski se incruste en el punto de penalti y dos medias puntas merodeen a sus espaldas. Con 70.000 hinchas empujando, la cosa es lo más parecido a un rodillo que imaginarse pueda. Al Villarreal no le quedaba más que atrincherarse sin oler el balón. La cuerda amenazaba con romperse en cada secuencia, sobre todo cuando Coman, una pesadilla, encaraba a Foyth. La salvación llegaría con una jugada al espacio para Danjuma o Gerard, pero ni el más optimista entreveía una contra frente a semejante dominio local.

Dentro de los veinte minutos finales, Müller cabeceaba fuera un centro de Sané. Era una de esas llegadas sorpresivas donde el veterano delantero es casi infalible, pero esta vez falló. A la media hora del segundo tiempo, la realización sobreimpresionó una estadísticas: 22 remates del Bayern frente a 2 del Villarreal... aunque el tercero, de Danjuma en el 84, estuvo a punto de hacer diana.

Con los cambios, el Bayern se volcó aún más, aunque empezaba a detectarse alguna grieta en el poderío físico de los alemanes, que habían trabajado mucho. En el antepenúltimo minuto, Parejo conectó con Lo Celso, tal y como había planeado Emery desde que acabó la ida. Al fin, el argentino recibía un balón con campo por delante y compañeros en vuelo. Se la puso en profundidad a Gerard, que cruzó un centro raso para el recién entrado Chukwueze. La puso el nigeriano en el techo de la red y mandó al Villarreal a la semifinal de la Champions. Igual que hizo la tropa de Pellegrini y Riquelme en 2006.