Víctor Grífols ha permanecido medio siglo en la compañía
Víctor Grífols ha permanecido medio siglo en la compañía FOTO: Archivo Archivo

Víctor Grífols, auge y caída de un visionario “indepe” y millonario

Abandonó la Presidencia no ejecutiva de Grifols el pasado mes de octubre tras la debacle en Bolsa. La empresa ha perdido en tan solo dos años y medio dos tercios de su valor por la Covid y su elevado endeudamiento

«Tiri endavant. No s´arronsi» («Tire para adelante, no se arruge»), le espetó en 2014 Víctor Grífols (Barcelona, 1950), presidente de Grifols (la compañía perdió la tilde debido a su internacionalización ), a Artur Mas, animándole a continuar con el proceso independentista en Cataluña durante la inauguración de una nueva planta de fraccionamiento de plasma de la compañía en Parets del Vallès. El resultado de aquella arenga fue que Mas no se arrugó, como tampoco lo haría después Carles Puigdemont, sacando las urnas a la calle el 1 de octubre de 2017 con el resultado por todos conocido, incluyendo la «huida» masiva de empresas.

Dentro de este éxodo empresarial, Grifols quiso hacer gala de su de catalanidad decidiendo mantener su sede en Cataluña (la única del Ibex), convirtiéndose en emblema empresarial del nacionalismo. No obstante, algo de truco había en esa decisión, ya que dos años antes, en 2015, había trasladado su sede fiscal a Irlanda atraída por un Impuesto de Sociedades del 12,5%, algo que no sentó demasiado bien al entorno independentista. «Grifols es una compañía global y realiza sus operaciones donde más le conviene a su negocio», argumentó el entonces presidente de las empresas para explicar que decidiera tributar en tierras gaélicas.

Y es que, al final «la pela es la pela», quedando demostrado que los intereses económicos y empresariales estaban por encima de los políticos. Ese gesto, sin duda, deterioró las relaciones de Grífols con la Generalitat, y, a partir de entonces, fue atacado por los dos bandos del conflicto catalán. Pese a ello, la compañía vivía un momento dulce, de vino y rosas, protagonizando importantes operaciones corporativas y multiplicando su valor en Bolsa. Sus títulos iniciaron en 2019 una senda alcista, que llevó su acción a máximos en febrero de 2020, cuando llegó a cotizar por encima de los 34 euros. Poco podía imaginar entonces Víctor Grífols, a quien le habían sucedido ya su hermano Raimon y su hijo Víctor Grifols Deu como consejeros delegados solidarios (él se reservó la Presidencia no ejecutiva) el «via crucis» por el que iban a atravesar la farmacéutica, y que ha desembocado en un cambio en la cúpula directiva, que ha alejado al propio Grífols de la empresa a la que se incorporó hace medio siglo, y de la que ha sido máximo responsable durante tres décadas, y que convirtió en un grupo multinacional.

Desde el pasado mes de octubre, se sienta en la cabecera del Consejo de Administración Steven F. Mayer, con funciones ejecutivas. Un primer espada financiero para tratar de enderezar el timón de Grifols y que, por primera vez en la historia de la compañía, no pertenece a la familia fundadora. Graduado en Letras por la Universidad de Princeton y titulado en Derecho por Harvard (ambas “cum laude”), es experto en «Private Equity». Procedente del fondo Cerberus, es consejero de Grifols desde 2011, cuando se materializó la adquisición de Telecris Biotheraupetics, una transacción que convirtió a la empresa en el tercer productor de derivados de plasma del mundo.

Grifols ha demostrado así que línea que separa el éxito del fracaso es muy delgada. ¿Qué la ha conducido a esta situación? Una de las principales fuentes de ingresos para la compañía catalana son los tratamientos con plasma, pero como consecuencia de la Covid las donaciones de sangre cayeron en picado. Para compensarlo, a principios de este año, compró su competidor alemán en el mercado de hemoderivados Biotest, convirtiéndose así en la mayor red europea privada de centros de plasma. Es esa operación, bendecida en un principio por el mercado, la que ahora le pasa factura, siendo responsable del castigo que le están infligiendo los inversores. La operación fue financiada en su mayor parte, lo que elevó su deuda por encima de los 9.000 millones de euros. Unos niveles de endeudamiento que están siendo vistos con mucho recelo, ya que el apalancamiento se sitúa 8,6 veces el Ebitda, y no se espera que baje del 8 a final de año.

El objetivo de esta adquisición era acelerar y ampliar su cartera de productos, incrementar la disponibilidad de terapias plasmáticas para pacientes e incorporar sus 87 centros para impulsar el crecimiento de los ingresos y la expansión de los márgenes. Buena parte de la inversión (1.100 millones), como otras realizadas anteriormente, se materializaron a través de créditos, con la confianza en que los altos niveles de caja generado por el negocio de Grifols permitiría reducirla.

Malas noticias

Sin embargo, a partir de ese momento, las malas noticias se han ido sucediendo, lo que no le ha permitido frenar las caídas. A finales de abril, decidió suspender el dividendo justificando su decisión en la necesidad de reducir deuda. En junio, se rumoreó con la venta de activos o una ampliación de capital de 2.000 millones y la empresa no fue capaz de calmar las dudas de los inversores. En septiembre, la agencia de calificación Standard & Poors rebajó la calificación crediticia a B + por un desapalancamiento más lento de lo esperado, provocado caídas destacadas en sus bonos. Todo un suma y sigue.

A pesar de que el volumen de recolección de plasma está volviendo a los niveles previos a la pandemia, los beneficios no se han recuperado al mismo ritmo. En 2021, el beneficio de Grifols cayó un 70,4%. En la última publicación de resultados (hasta septiembre), los ingresos crecieron un 18%, mientras los beneficios ascendieron hasta los 188 millones. La empresa no informó de la variación de sus resultados en relación al mismo periodo del año anterior.

Mayer tiene, pues, el desafío de recuperar la confianza de los inversores, aunque no lo tendrá fácil, ya que debe hacer frente al calendario de vencimientos en un entorno, además, de subida de tipos de interés, lo que contribuye a engordar más aún la deuda, y un contexto macroeconómico que no es para nada favorable, lo que complica aún más el futuro financiero de la compañía.

En medio del aluvión de revisiones a la baja por parte de analistas y firmas de inversión, que han rebajado hasta la mitad el precio objetivo de la acción, la prioridad de la compañía, según han expresado fuentes de la misma, es, como no, reducir el elevado endeudamiento. No obstante, aún no ha revelado el instrumento que utilizará para lograrlo, que puede venir en forma de desinversiones o dando entrada a nuevos fondos en su capital, una vez que, de momento, ha cerrado la puerta a una posible ampliación de capital, muy lesiva para para los intereses de los accionistas actuales dado el bajo valor al que cotizan sus acciones. Una deuda gigante que, por otro lado, impide a la compañía diversificarse en un mercado, el de los hematoderivados, en el que cada vez existe mayor competencia siendo, por tanto, los márgenes cada vez más estrechos. Pero no acaban ahí los problemas de Grifols. Como «a perro flaco, todo son pulgas», también se enfrenta a una demanda colectiva en Estados Unidos (su principal mercado) por vulnerar presuntamente la privacidad de 54.000 donantes de sangre en el estado de Illinois

De esta manera, lo que comenzó siendo una situación coyuntural por la pandemia se ha transformado en una crisis de confianza en toda regla, que ha barrido gran parte de lo conseguido desde que debutó en Bolsa en 2006 y en el Ibex apenas dos años después. Los títulos de Grifols pierden en lo que va de año un 38%. Aunque sus acciones parecen haber tocado suelo en los 8,10 euros de finales de octubre –ha logrado escalar hasta superar los 10 euros por acción y mejorar la cotización de sus bonos–, los analistas consultados apuntan que la situación por la que atraviesa la farmacéutica no invita al optimismo. Si nos remontamos a dos años y medio atrás, al inicio de la pandemia, la acción ha sufrido un descalabro de casi el 70%, lo que significa que se ha dejado más de dos tercios de su valor, aunque el batacazo bursátil ha llegado hasta una depreciación del 75%.

No obstante, en las últimas semanas, se han producido algunas noticas que pueden calmar los ánimos, como las perspectivas de menores subidas de tipos en Estados Unidos, por su gran exposición a esa región. También Grifols recibió la aprobación en Europa para comercializar su test de diagnóstico de la Enfermedad de Alzhéimer a través de su filial Araclon Biotech, especializada en la investigación de esta enfermedad. Pese a ello, las dudas sobre cómo va a reducir deuda y la posibilidad no del todo despejada de una posible ampliación de capital han primado sobre las noticias positivas, por lo que no han tenido impacto en las estimaciones de los analistas. Habrá que esperar, pues, a conocer el plan del nuevo presidente y sus detalles, y comprobar si el mercado le da su beneplácito subiendo el pulgar o, por el contrario, la echa a los leones.

Los “Vampiros de Sarriá” que monopolizan la sangre española
Lo orígenes de Grifols, la empresa que ostenta el monopolio de la sangre en España (todo los hospitales les compran plasma sanguíneo y todo tipo de hematoderivados), se remontan a principios del siglo XX. En 1909, el hematólogo Josep Antoni Grífols i Roig fundó en Barcelona un laboratorio de análisis clínicos, el Instituto Central de Análisis Clínicos, Bacteriológicos y Químicos, embrión de la de la futura Grifols.
La Primera Guerra Mundial incrementó el interés por las transfusiones sanguíneas, por lo que Josep Antoni Grífols, junto a sus hijos Josep Antoni, hematólogo y Víctor, químico y farmacéutico, decidió fundar en 1940 los Laboratorios Grífols, iniciándose una etapa empresarial dedicada a la preparación de plasma liofilizado y a los análisis clínicos En 1945, abrió sus puertas el primer banco de sangre y plasma privado de España: el Hemobanco de los laboratorios Grífols.
El hecho de que hicieran de la sangre su negocio les valió el sobrenombre de los “Vampiros de Sarriá». Grífols i Roig falleció paradójicamente de leucemia, un cáncer sanguíneo, en 1958, asumiendo, a partir de entonces, la dirección de la empresa Víctor Grífols Lucas.
En la década de los 60, comenzó su relación con Estados Unidos, uno de los principales mercados de la empresa y que, junto a España, acapara las mayores inversiones de la compañía, y de donde obtiene buena parte de la sangre para fabricar sus productos, tras suscribir un acuerdo con Dade Reagents, compañías norteamericana dirigida por el hematólogo John Elliot y encargada de gestionar bancos de sangre en Estados Unidos, con el fin de comercializar sus productos en España bajo la marca Dade-Grifols .
En 1987, Víctor Grífols Roura sucedió a su padre al frente del grupo, rompiendo la tradición familiar , ya que se decantó por estudiar Administración de Empresas en lugar de una rama científica, e iniciándose su expansión internacional. En 1988, abrió su primera filial en Portugal y, en 1995, se convirtió en la primera empresa española en recibir una licencia de la FDA para sus instalaciones y para un producto biológico, la albúmina, después de que al inicio de la década constituyese la segunda filial de la empresa en Miami.
En 2002, adquirió la compañía SeraCare, actualmente Biomat, y sus 43 centros de donación de plasma en Estados Unidos y, en 2003, se hizo con los activos de Alpha Therapeutic Corporation-Mitsubishi, incluyendo su planta de fraccionamiento de plasma en Los Ángeles.
En 2006, comenzó a cotizar en el mercado continuo español y, dos años más tarde, dio el salto al Ibex 35. Pero la gran operación se produciría en 2011 con la compra de la empresa estadounidense Talecris Biotherapeutics, convirtiéndose en el tercer fabricante mundial de medicamentos derivados del plasma, iniciando también su cotización en el índice tecnológico Nasdaq.
En 2017, Víctor Grífols Roura se inició un nuevo proceso sucesorio en la compañía, cediendo Víctor Grifols el cetro de mando a su hermano Raimon y a su hijo Víctor Grífols Deu (aunque tiene dos hijos más), que se convirtieron, a partir de entonces, en coconsejeros delegados de la compañía, y pasando el patriarca a ser presidente no ejecutivo de la farmacéutica, situación en la que ha permanecido hasta que el pasado mes de octubre presentó su dimisión ante la preocupante pérdida de capitalización bursátil. Eso sí, fue nombrado presidente de honor de la compañía fundada por su abuelo.
Control familiar
La familia Grífols acumula más del 31% de la compañía a través de distintas sociedades. Según los registros de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), los accionistas principales de Grifols son Scranton Enterprises BV, firma registrada en Países Bajos, que posee el 8,672% de las acciones y que es el brazo inversor de la familia junto con otros miembros ajenos a la misma, como el consejero Tomás Dagá, fundador de Osborne Clarke (despacho de referencia de Grifols) y que cuenta con participaciones en Wallapop, Juve & Camps y el Juventud de Badalona. Por su parte, Deria S.A (propiedad de Víctor Grífols y sus hermanos Raimon, Nuria, Albert y Enric), que controla un 9,195%; Ralledor Holding Spain, de la que es titular Nuria Roura, madre de Víctor Grífols, que controla un 6,154%, a la que se une Ponder Trade S.L, resultado de la fusión inversa con la holandesa Thorthol Holdings BV, en la que participan los hermanos Grífols Gras (José Antonio, Montserrat y Santiago), con un 7,089% del capital. También participan en la compañía Blackrock, con el 3,592%, Capital Research and Management Company, con el 5,659, y Europacific Growth Fund, con el 3,033%.