Molesta de Ayuso su buena gestión

La Comunidad de Madrid fue durante los meses más duros de la pandemia de coronavirus el reverso de la actuación de un Gobierno de izquierdas completamente desbordado por las circunstancias.

Cuando el Gobierno central hacía de la necesidad virtud y el director de emergencias sanitarias, Fernando Simón, andaba metido en el laberinto de las mascarillas, la Comunidad de Madrid, a través de la red de farmacias y del sistema de tarjeta sanitaria, distribuía mascarillas de buena calidad a la práctica totalidad de la población. Cuando el sistema sanitario estuvo al borde del colapso, la Comunidad de Madrid, apoyada en el tejido empresarial y en la colaboración voluntaria y abnegada de la sociedad civil, montó para aplauso de todos, menos de los sindicatos de la izquierda, un hospital de contingencia, cuyo modelo ha pasado a ser referencia de la OMS, que recondujo una situación asistencial crítica. Cuando en España el Ministerio de Sanidad se hacía estafar por comerciantes de toda laya, la Comunidad de Madrid, apoyada en las grandes empresas, traía los contingentes necesarios para la protección del personal sanitario. Y cuando la tragedia daba su peor cara y los muertos se contaban por miles, la Comunidad de Madrid abría los pabellones de hielo y resguardaba la dignidad de las víctimas del Covid-19. Cuando la cerrazón ideológica de una parte del Gobierno se negaba a ver la realidad, la Comunidad de Madrid, dentro de lo que eran sus competencias, cerraba los centros de mayores y suspendía la clases en colegios e institutos.

Pero hay más: ¿dónde están los cincuenta mil contratos de personal sanitario que prometió el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, antes del verano? Desde luego, no en la Comunidad de Madrid, que ha afrontado 10.000 contrataciones con sus medios. Con este largo preámbulo no queremos decir que otros gobiernos regionales no hicieran los mismos esfuerzos o, incluso, superiores, ni, por supuesto, negar los errores que se hayan podido cometer. No, sólo pretendemos ahondar en los motivos que azuzan desde la izquierda una de las campañas de desprestigio más injustas contra una figura política de las que hay memoria, y eso que son muchas. Porque, la realidad es tozuda, la gestión de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, fue durante los meses más duros de la pandemia el reverso del espejo gubernamental.

Duele, pero no asombra, observar la indisimulada satisfacción que traslucen los más variados sectores gubernamentales cuando dan cuenta del repunte de la emergencia en la Comunidad de Madrid. Como si cada contagio, fuera un punto contra el marcador de Ayuso. De todo ello –pues todas las preguntas han sido hechas– habla la presidenta madrileña en la entrevista que hoy publica LA RAZÓN. No oculta, por supuesto, la gravedad de la situación epidemiológica, por más que la circunstancie en las razones objetivas de un territorio densamente poblado, con altísima movilidad interna y fuertemente intercomunicado con el exterior. Nada que no sepan en Milán, Nueva York o Londres.

Por supuesto, critica al Gobierno central, del que considera que ha dejado a las comunidades autónomas a su albur, desde un triunfalismo que ha resultado contraproducente; se queja del acoso sindical de la izquierda y de la tendencia al derrotismo, al todo está mal, de un sector de la ciudadanía. Cuestiones que, sin embargo, serían menores, propias del cargo, si no fuera por lo extraordinario del momento que vivimos. De ahí que su mayor preocupación podemos compartirla sin reservas. Porque la política de acoso partidario, tenga ulteriores intenciones a medio plazo, enrarece el ámbito donde hay que tomar decisiones y, nadie puede negarlo, de que Madrid se recupere con fuerza va a depender mucho que lo haga el resto de España. No en vano, la Comunidad se ha transformado en las últimas décadas, bajo gobiernos populares, en el motor económico de la nación. También molesta a la izquierda, pero es así.