Aulas, territorio comanche

Quedan pocos días para que el curso escolar arranque y ese instante crítico para la evolución de la pandemia y la instrucción de los escolares permanece como un gran interrogante sin resolver

T. Nieto

Los problemas inherentes a la vuelta de 8,5 millones de estudiantes a los centros escolares en plena fase de rebrotes de una pandemia descontrolada son considerables. Que parte sustancial de ese volumen de población se convierta en vectores de transmisión parece la opción más lógica si comprobamos la evolución de las últimas semanas con la actividad en mínimos y gran parte de la ciudadanía fuera de sus lugares habituales de residencia. Pero no es un escenario que pueda tomar por sorpresa a las autoridades competentes ni tampoco a los responsables de esos espacios que llevan prácticamente desocupados desde marzo. Ha habido tiempo suficiente para evaluar, tantear, desarrollar y articular los protocolos correspondientes frente a cualquier eventualidad. La responsabilidad resulta especialmente trascendente cuando podemos estar hablando de más de un curso en la formación de nuestros niños y adolescentes –por no hablar de universitarios– sometido a una excepcionalidad que no debería condicionar la impartición de las clases hasta que se asumiera con resignación que estamos ante meses cruciales, pero perdidos. Y el caso es que no parece que por parte de las administraciones y los profesionales directamente implicados, con la vuelta al cole a escasos días, se emitan mensajes tranquilizadores en cuanto su contenido, concreción y alcance. Más bien, todo lo contrario. Y no será que no hay ejemplos en algunos países de nuestro entorno para servirnos de guía y experiencia. Alemania o Finlandia, por ejemplo. Tampoco se trata de vender fórmulas magistrales o una imposible inmunidad absoluta, pero la inoperancia del Gobierno en este ámbito, como si se tratara de dejar pasar sosegadamente el tiempo, es desesperante e injustificable. La comunidad educativa, la sociedad española, debería saber ya a qué atenerse con la presencialidad como prioridad, siempre compatible con la salud pública. No debemos aceptar sin más engrosar ese colectivo de mil millones de estudiantes, el 60,5% del total, que siguen sin poder asistir a clase en el mundo debido al coronavirus. Es una batalla que tampoco podemos dar por perdida.