Sánchez tensa la relación con el Rey: el PSOE reconoce “algunas diferencias con Zarzuela”

Sopesan que una investidura el 5 de enero llevaría al recién elegido presidente a prometer el cargo el 6 y robar protagonismo al Monarca y a la Fuerzas Armadas

El año 2020 (que es bisiesto) arrancará con Gobierno a la vista. Las ansias indisimuladas de Pedro Sánchez harán realidad su investidura como muy tarde entre el 2 y el 5 de enero. El cierre de los últimos flecos que quedan pendientes para sellar su incalificable pacto con Esquerra Republicana está al caer. El presidente tiene la pretensión de lograr una votación en segunda vuelta lo suficientemente temprana ese día como para permitir a Sus Señorías regresar a sus circunscripciones y disfrutar de la cabalgata de Reyes.

La marcha de las negociaciones puede llevar a un escenario final pocas horas antes de la celebración de la Pascua Militar. Dejándose aún abierta la posibilidad de la última semana de 2019, entre el 27 y el 30 de diciembre, el equipo presidencial tiene marcado en rojo en su calendario la primera semana del año como fecha límite para el objetivo de Sánchez de abandonar la coletilla «en funciones». Luego, el recién reelegido presidente por el Congreso de los Diputados todavía deberá prometer su cargo ante el Rey. Si, de paso, se roba algo de protagonismo a Felipe VI y a las Fuerzas Armadas en un acto tan relevante y simbólico como el del 6 de enero en el Palacio Real, miel sobre hojuelas.

Distintos tiras y aflojas entre La Moncloa y La Zarzuela han erosionado la relación entre el presidente del Gobierno y el monarca. En el alto mando del PSOE se vienen reconociendo «algunas diferencias» con el Rey, quien en todo caso se ha limitado a cumplir escrupulosamente su cometido institucional y designar candidato a un Pedro Sánchez que demasiado a menudo ha dado la sensación de querer extralimitarse en sus funciones y jugar a ser él mismo el Jefe del Estado.

Felipe VI se ha visto en ocasiones en la tesitura de evidenciar cierta resistencia a someterse a la caprichosa voluntad del inquilino de La Moncloa. Como cuando hubo de realizar un viaje oficial a Cuba, a todas luces inoportuno, pocas horas después de celebrarse las últimas elecciones generales, en un momento que Sánchez aprovechó para sellar su preacuerdo de coalición con Pablo Iglesias. La Casa Real, en cambio, logró aplazar una pretendida visita a Argentina. Todo parecía pasar por mantener al Rey fuera de España en medio de una situación política de máxima provisionalidad. La imagen que se trasladaba a la opinión pública no era la más adecuada. El Gobierno, claro, siempre ha negado tener intenciones «raras», atribuyendo esos encargos a don Felipe a la necesidad de cumplir con compromisos internacionales ineludibles.

Sea como fuere, se han tensionado las relaciones. El deterioro ha ido a más desde la noche del 10 de noviembre, cuyo desenlace muy probablemente hubiera exigido una lectura electoral distinta por parte de Sánchez. Ni fue adecuado entender los comicios como un plebiscito, ni debió valorarse su resultado con tal grado de satisfacción, pues el «plebiscito» estuvo lejos de ganarse y, por ello, hubiera sido necesario tomarse el tiempo necesario para evaluar la nueva situación y analizar el mejor camino a seguir. Y hacerlo, desde luego, con tino y prudencia dado el delicado contexto en el que se mueve el país.

Sánchez y los suyos sin embargo prefirieron interpretarlo como una gran victoria y la confirmación de que el electorado deseaba mayoritariamente una coalición con Podemos. Aunque, claro, para ese acuerdo era imprescindible contar también con el más complejo de los soportes, precisamente una de las formaciones que se negó a acudir a La Zarzuela en la ronda de conversaciones que realizó el monarca de cara a la investidura: ERC. Eso sí, los separatistas entendieron rápidamente que tenían una oportunidad de oro para avanzar hacia su meta, es decir, alcanzar la independencia de Cataluña, y accedieron de buen grado a la negociación con el PSOE sabedores que el secretario general socialista, dada su debilidad parlamentaria, es su gran opción.

¿Por qué Sánchez se ha dejado envolver por esa estrategia, a todas luces muy beneficiosa para el independentismo que busca romper España saltándose la leyes y perjudicial para los defensores de la Constitución e incluso para el futuro político de su propio partido? Hay valoraciones diversas y a menudo contrapuestas, aunque se ha impuesto la idea de la obcecación del mandatario del Partido Socialista en apuntalarse como presidente a costa de cualquier circunstancia, pagando incluso un precio altísimo en términos de humillación a los españoles por Oriol Junqueras y sus enardecidas huestes.

Según me detallan, nada más concluir los republicanos catalanes su cónclave este pasado sábado, Pedro Sánchez ya estaba colgado del teléfono con Pere Aragonés, el mandamás de facto de Esquerra fuera de los muros de la prisión de Lledoners: el mismo que acababa de ofrecer su partido al independentismo como buque «rompehielos» contra un Estado que, hasta el 10-N, se mostraba como «un muro».