“La profesora de mi hija le dijo que tenía que hablar a sus padres en catalán en casa”

Marta relata el viacrucis que ha vivido con su pequeña de 9 años en un colegio público de Barcelona: “Yo solo exigía el cumplimento de la ley por una enseñanza bilingüe. Los padres me hicieron el vacío y a mi hija la dejaron de invitar a los cumpleaños. Tuve que cambiarla de escuela”, confiesa

La respuesta a una de las reclamaciones presentadas por Marta ante el Consorcio Educativo de Barcelona. En él se desestima la solicitud de modificación del régimen lingüístico del centro. Está firmado por el consejero de Educación, Josep Bargalló i VallsLa RazónLa Razón

La premisa de Marta para contarnos su historia es clara: “No soy anticatalanista, solo defiendo el castellano, que en la escuela se utilicen ambas lenguas y que no nos señalen a quienes exigimos que se cumpla el porcentaje del 25% de horas lectivas en castellano”. La madre de la pequeña Paula (nombre ficticio ya que nos pide anonimato ante posibles represalias en la escuela), de 9 años, lleva seis de lucha, desde que su hija comenzó su andadura educativa. “Hasta entonces no me había dado cuenta de lo que ocurría en las aulas. Sinceramente vivía en otro mundo. Pero empecé a ver cosas muy raras desde el primer año que entró en P3 (clase de párvulos entre 3 y 4 años). Es más, había padres extranjeros, especialmente británicos y franceses, que me preguntaban por qué no se hablaba castellano en la escuela”, relata.

Paula, en ese momento, acudía a un colegio público en el distrito de San Martí de Provenza, en Barcelona, donde estuvo varios años hasta que su madre se vio obligada a sacarla de allí y llevarla a uno concertado ante la presión de los catalanistas. “Hablé en varias ocasiones con su maestra y con la directora del centro. Quería que me explicaran por qué no se impartía más la lengua española en el centro y la respuesta fue que hasta primero no había castellano. Me miraban como un bicho raro, era muy incómodo, y tenía miedo de que mi actitud reivindicativa tuviera consecuencias sobre mi hija”, dice esta catalana de 48 años.

Miedo a las represalias

La situación fue a más: “Ninguna de las canciones que les enseñaban estaba en castellano y notaba que la falta de vocabulario en la lengua oficial de España que tenía mi hija era cada vez mayor. Me parecía intolerable. Un día llegó a casa y me dijo que le hiciera una truita (tortilla en catalán) y nos quedamos alucinados porque en mi casa siempre se habla castellano, aunque también sepamos catalán. Le pregunté por qué no me lo decía como siempre, en castellano, y me dijo que es que su profesora les había dicho que tenían que ayudar a los padres a hablar catalán en casa. Me pareció intolerable”.

Varios niños acuden a clase en un colegio público de BarcelonaDavid ZorrakinoEuropa Press

Así, comenzó su particular lucha para exigir que en ese centro se cumpliese con el 25% de horas en castellano que viene impuesto por ley. Una situación que ahora se complica con la nueva Ley Celaá, que pretende eliminar el castellano como lengua vehicular en la ley educativa, un triunfo para los separatistas y una concesión “peligrosa a ERC”, dice Marta. Su enfado crecía cuando constataba que todos los comunicados que emitía el profesorado a los padres le llegaban solo en catalán o que en los festivales de Navidad todo fuera prácticamente en catalán o, en casos excepcionales, en inglés.

“Hay un odio terrible en las aulas a todo lo que suene español. Ni hablar de la historia de España que está ausente en los libros de texto. En otra ocasión, mi hija me contó que su profesora les pidió que levantaran la mano aquellos que hablaban castellano. Es un modo de saber quién es castellanoparlante, y así poder reconducirlos por su camino. Así que comencé a moverme y llamé a todos los sitios para pedir ayuda”, asevera. Ante esta flagrante violación de la ley, Marta optó por enviar un escrito al Consorcio Educativo de Barcelona exigiendo el cumplimiento normativo y que en la escuela se impartieran las horas obligatorias en castellano. “Traté de reunir a varias familias, pero no es sencillo porque muchos tienen miedo. Algunos tienen comercios y temen que si los independentistas saben que son ellos quienes reclaman más castellano puedan hacerles boicot y arruinar sus negocios. Además, los procesos para obtener una respuesta los alargan lo más posible, demoran la respuesta hasta el último día para agotar los plazos y al final la resolución es que no se va a impartir más horas de castellano”.

Presión psicológica constante

Cuando al colegio le llegó la resolución de su denuncia, según relata esta madre de familia, todas las instalaciones estaban empapeladas de lazos amarillos y carteles de “Por una escuela de todos, la escuela en catalán”. “Fue una especie de venganza y método de presión. A raíz de ahí, los padres del colegio me empezaron a hacer el vacío, crearon un grupo de WhatsApp paralelo... es una presión psicológica constante. Y lo que más me duele, comenzaron a hacer gestos feos a mi hija. La dejaron de invitar a cumpleaños de los niños y esas cosas. Es miserable lo que hacen con quienes defendemos la enseñanza biligüe”.

Marta no quiso que su hija fuera “adoctrinada”, “en clase hubo comentarios de que la Policía era mala y yo tuve que explicarle que no es así cuando vino a casa contándomelo”, así que la sacó del colegio público y la llevó a uno concertado de Barcelona. “Es un colegio con muchos castellanoparlantes y algo más de inglés y castellano y se nota menos la presión independentista, aun así, intentan que la mayor parte de los comunicados sigan siendo en catalán”.

Asegura haberse sentido totalmente desamparada y tan solo encontró ayuda en la Asamblea por una Escuela Bilingüe (AEB) con la que plantan cara al rechazo del castellano en la educación catalana. “Fíjate hasta dónde llega el desprecio hacia todo lo español que incluso si tienes apellidos que no son catalanes ya te marcan y te hacen ver que eres un catalán distinto. Y lo que no se dan cuenta es que los borregos e incultos son ellos. Creen que España es el enemigo y es todo lo contrario, lo bonito y lo que nos enriquece es la diversidad”, concluye.