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¿Quién fue el enlace con la cúpula del ISIS?

Un año después del atentado, la conexión de la célula de Ripoll con el Estado Islámico sigue siendo una de las incógnitas que queda por resolver, y es, a día de hoy, una de las prioridades para los investigadores

  • Bomberos y Tedax encontraron en Alcanar decenas de bombonas de butano y propano/Foto: LD
    Bomberos y Tedax encontraron en Alcanar decenas de bombonas de butano y propano/Foto: LD

Tiempo de lectura 4 min.

13 de agosto de 2018. 19:36h

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J.M.Zuloaga 11/8/2018

Una de las incógnitas sin resolver de los atentados yihadistas, de los que ahora se cumple un año, es la de la conexión (el individuo o individuos que se encargaban de esta misión) de la célula de Ripoll con el «Califato» del Estado Islámico, que entonces estaba en Iraq.

Saber de quién se trata y neutralizarlo es una de las prioridades ya que tiene tristemente acreditada su «efectividad» y no solo por las acciones criminales perpetradas en Cataluña.

Según expertos antiterroristas, consultados por LA RAZÓN, está claro que la banda yihadista sabía de la existencia de la citada célula, a la que se le habían ordenado cometer una serie de atentados en Cataluña. Cuando aparecieron las primeras noticias de las acciones criminales del 17-A, no tardaron en asumir la responsabilidad porque se trataba de unos ataques perpetrados por «los suyos», previamente planificados. Sabían lo que iba a pasar gracias a ese enlace, coordinador o «dinamizador», como también se les denomina.

La teoría que se ha mantenido durante meses, de que la célula de Ripoll era autosuficiente y autogestionada, se ha puesto en cuestión tras los últimos datos, muchos de ellos adelantados por este periódico a lo largo del último año, en los que se mantenía la existencia de ese coordinador o coordinadores que hacían de nexo entre los terroristas que actuaban en Europa y la cúpula del Estado Islámico, a la que se sitúa ahora en Afganistán, en la «wilaya» (provincia) de «Korasan», como dicen los yihadistas.

De confirmarse que una segunda célula, compuesta por un imán e individuos residentes en Francia, que se preparaban para entrar en España y cometer atentados en la localidad de Lloret de Mar, la acción desestabilizadora que el Estado Islámico planeaba sobre España –con ataques en una zona especialmente conflictiva por el separatismo– era de proporciones que hubieran superado las del 11-M, que, entonces por una mala gestión, abocó a una situación de desestabilización y crisis.

Lo que queda claro ahora para los citados expertos es que alguien entrenó a varios de los miembros de la célula en la fabricación de explosivos, chalecos, medidas de seguridad y la forma de perpetrar los atentados, hasta el punto de que las fotos que los terroristas se hicieron en París eran para fijar las zonas sin bordillos por las que pudieran entrar uno o varios vehículos a los alrededores de la Torre Eiffel con el fin de causar una auténtica masacre.

Además, está el precedente de la célula que perpetró las matanzas del 11-M en Madrid. Era «dinamizada» por un imán que iba y venía de Argelia y se reunía con ellos en una de las salas de la mezquita de la M-30 de la capital de España. La labor de estos individuos incluye también, y de forma relevante, la fanatización de carácter religioso e ideológico, para convencer a los terroristas de que son «soldados de Alá» a los que les espera el paraíso, donde podrán comer y beber lo que les está prohibido en la tierra y disponer de todas las mujeres que deseen.

No estábamos, en el caso de Cataluña ante la acción de un grupo de fanatizados, encabezados por Abdelbaki Es Satty, el imán de Ripoll, que habían «cocinado» todo con el simple visionado de la propaganda yihadista, sino de una terminal de la organización que el Estado Islámico trata de tener siempre operativa en Europa.

La existencia de ese coordinador o coordinadores se ha puesto de relieve en diversos atentados, perpetrados en Alemania e Inglaterra, en los que los autores recibían o hacían llamadas minutos antes de perpetrar la acción criminal, probablemente para recibir ánimos o las últimas instrucciones. Por algunas de estas llamadas, se sospecha que uno de esos coordinadores ha podido actuar desde Turquía, aunque lo cierto es que no se poseen datos sobre su identidad o localización. Al no haber sido detenido, se trata de un peligro latente.

De momento parece mostrarse inactivo, quizás porque haya viajado a Afganistán para recibir instrucciones sobre la revitalización del «aparato» de atentados en Occidente, dentro de una reorganización global de todo el Estado Islámico con base en Afganistán.

El resto de las circunstancias de los atentados están más o menos aclaradas (acciones criminales simultáneas en Barcelona y París , financiación, autores, modus operandi, etcétera) gracias al contenido del sumario que, al levantarse el secreto, se han podido conocer. A este respecto, agentes de la Guardia Civil y de la Policía han comentado que se han enterado de muchas cosas gracias a lo publicado en los medios en los últimos días.

Desde la explosión de Alcanar, de la que los Mossos no informaron a las otras Fuerzas de Seguridad, y que no supieron interpretar como un escenario terrorista, lo que quizás hubiera evitado los muertos y heridos que se produjeron después, la coordinación ha sido más aparente que real.

Resulta lamentable, agregan, ya que el conocimiento de las investigaciones sobre terrorismo, con las lógicas reservas, debe ser compartido con el fin de realizar las correspondientes «inteligencias» (para saber los modos de actuación de los terroristas, entre otras cosas) y evitar atentados. Esta falta de coordinación no ocurre con los desactivadores de explosivos, los Tedax, que cuando tienen conocimiento de alguna «novedad» en las bombas que utilizan los criminales, no dudan en comunicárselo en tiempo real a los especialistas de otros cuerpos, ya que se juegan la vida en cada actuación. Lo mismo debería ocurrir con la información sobre el terrorismo.

Lo malo, aseguran, es que con la actual situación de Cataluña pensar que esa coordinación se pueda producir no deja de ser una quimera. Lo que hay que desear es que lo ocurrido entonces no se vuelva a repetir, porque las lamentaciones posteriores no sirven para nada.

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