Nadiuska, de mito erótico al olvido: vive en un psiquiátrico

El sueño «húmedo» de los años 60 y 70 vagabundeó por las calles de Madrid y contaba a sus íntimos que fue novia del Rey

Han pasado cuatro décadas desde que Roswicha Bertisha Smid Honczar (Schierling, Alemania, 1952) llegó a España. Nadie imaginaba que la germana que adoptó el nombre de Nadiuska sería uno de los mitos eróticos más deseados en las tres décadas siguientes. Ni que del éxito absoluto pasara al olvido, dominada por una enfermedad neurológica que le alejó de todo y de todos. Nadia, como la llamábamos sus amigas, pone hoy nombre a la esquizofrenia. Su vida cotidiana se desarrolla en un universo dominado por el olvido. No recuerda un esplendoroso pasado en el que sus desnudos cinematográficos causaban sensación y sus fotografías adornaban las cabinas de los camioneros.

Se casó con un indigente para conseguir la nacionalidad española, un matrimonio por interés que jamás acabó consumado en la cama y sí en un divorcio a los pocos meses. Pero en los aledaños del año 2000 desapareció sin dejar rastro. Seguí sus pasos hasta un oscuro apartamento del barrio madrileño de Chamberí. Fue imposible mantener una conversación coherente con ella, empeñada en desvelarme que «mi novio es el Rey Juan Carlos, pero Javier Sardá me manda mensajes de amor desde “Crónicas marcianas”. Hay personas cercanas al Rey que quieren deshacerse de mí. No les gusta que estemos juntos, por eso tengo sábanas negras en la ventana, para que no me descubran».

De la opulencia y el lujo de un pisazo en la exclusiva zona de El Viso había pasado a esconderse en un pisito de menos de 30 metros cuadrados. Y a rebuscar en los cubos de basura porque no tenía ingresos. El alquiler se lo pagaba un amigo y otros le comprábamos alimentos en un supermercado cercano. Paradojas de la vida, en su muñeca derecha llevaba un Rolex tasado entonces en más de 400.000 de las antiguas pesetas. Ni ella misma sabía su valor.

En un centro de Ciempozuelos, cercano a Madrid, en el que las monjas son sus «ángeles de la guarda», ve pasar los días entre citas con especialistas en enfermedades neurológicas, paseos por el jardín y visitas a la capilla. Pocas cosas le vienen a la mente, pero no ha perdido la fe católica, a la que se convirtió a finales de los 90. El rezo y la oración son sus únicos compañeros de viaje. Ni tiene familia en España ni permiten las visitas de amigos.

Un «paparazzi» estuvo a punto de conseguir las imágenes que todos queremos ver, pero le pillaron en el interior del centro y le expulsaron inmediatamente. Aun así, A.O., esas son sus iniciales, tuvo ocasión de ver a la actriz a pocos metros: «Estaba muy desmejorada, con la mirada perdida en el horizonte, iba directamente a la iglesia del centro, acompañada de una religiosa. Un familiar de otro interno me contó que es una mujer muy callada, que casi no se relaciona con el resto de enfermos, que los que le intentan recordar su pasado, se encuentran con que tiene la mente en blanco».

Uno de sus mejores amigos, Tony Aliaga, confiesa a LA RAZÓN que «he intentado ir a verla, lo he pedido por los conductos reglamentarios, incluso les mandé fotos de los dos para que vean que existió entre nosotros una gran amistad, pero están prohibidas las visitas si no eres familiar directo del interno. Y como yo, otros buenos amigos suyos. Creo que la única que consiguió verla fue Toñi Nieto, su maquilladora, y con la que Nadiuska mantenía una íntima amistad. Ella tuvo más suerte que el resto. Porque pregunté por Nadia y me contestaron que no podían contarme nada por una cuestión de protección de datos. Es más, cuando un reportero de la revista “Interviú” logró fotografiarla allí dentro desde el exterior, poco después levantaron un seto que impide contemplar el interior del complejo».

Tony recuerda que «yo le pagué a mi amiga varios meses de alquiler, incluso vivimos juntos en un apartamento de la zona de Atocha. En esa época, ella rodó su última película, creo recordar que con Chiquito de la Calzada, y luego nos fuimos a otro pequeño piso cerca de la estación de Príncipe Pío. Nadiuska se instaló primero y cuando llegué me encontré con un panorama desolador. Debía mucho dinero. Con todo lo que había ganado, resulta que apenas le quedaban 600 pesetas en la cuenta. Y tenía una deuda pendiente con la propiedad de más de 500.000. Ya ni le subían comida al apartamento, porque su deuda con el supermercado era muy grande. Hizo un reportaje desnuda en una revista para sacar algo de dinero... Pero su vida iba de mal en peor. Empecé a darme cuenta de que desvariaba, confundía términos y situaciones. Su comportamiento era muy extraño. Pero es mentira eso que dijeron de que se emborrachaba y se drogaba».

Juraba entonces que tenía una relación con Don Juan Carlos. Algo de verdad hay en esa historia. Me contaron que mantuvieron una estrecha relación y que la aparición de Bárbara Rey la apartó del lado del Monarca. Yo contemplé cómo los dos discutían durante una recepción en el Palacio Real.

–¿Cuándo ocurrió eso?

–En los años noventa. En el 97 no pude aguantar más sus comportamientos y me marché a vivir solo. Un día se intentó suicidar tirándose por la ventana. Le pagué durante un tiempo una habitación en una pensión de Atocha. Me dijo que salía con un señor muy importante, pero que le iba a dejar porque solo le importaba el sexo. Yo no llegué a conocerle... Un buen día, Nadiuska desapareció y no volví a verla jamás.

Era el año 1997, nadie conocía su paradero, hasta que un conocido periodista me llamó para contarme que la actriz malvivía en un apartamento cercano a la glorieta de Alonso Martínez. Pasé una tarde con ella, luego volvió a desaparecer y la descubrí en una pensión de Cuatro Caminos. Se marchó de allí porque no podía pagarla, y rastreé su pista los dos años siguientes, pero cuando llegaba a los lugares en los que la habían visto, ella ya no estaba.

Se malalimentaba con los desperdicios de los cubos de basura y vagabundeaba por las calles sin rumbo fijo. Primero, en un banco de la calle Goya; después, en la puerta de un garaje cercano a una comisaría de Policía de Manuel Becerra, y, finalmente, en un pajar anexo a una gasolinera de Guadalajara. El deterioro físico era terrible. De la «sex symbol» de antaño no quedaba nada. Me enteré de que estuvo ingresada en el Hospital Psiquiátrico Camilo Alonso Vega, en donde le dieron el alta en 2002, y de ahí pasó al centro de Ciempozuelos.

Aún me acuerdo de nuestra última conversación, de su llanto al contarme que «nadie me quiere, me siento muy sola, todos los que se acercan a mí solo buscan sexo. Mi familia está lejos, casi todos mis amigos eran de conveniencia. Cuando lo perdí todo se olvidaron de mí». No volví a verla nunca más.