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Aniversario del fallecimiento de Carmina Ordóñez: así viví su muerte

Una fiesta de madrugada, un flamenco de ojos claros y un último adiós, tan rápido como polémico. Si algo le falló a Carmen en lo que parecía su muerte ideal fue la ausencia de una mano amiga a la que agarrarse mientras exhalaba su último aliento.

Carmen Ordóñez en la época en que demanda a Isabel Pantoja
Carmen Ordóñez en TángerLa Razón (Custom Credit)GTRES

Siempre sospeché que Carmina Ordóñez no estaba sola cuando murió y, diecisiete años después, la persona que la encontró inconsciente en la bañera de su casa, Eva Carreño, no sólo lo asegura sino que va más allá y habla de omisión de socorro. ¿A quién se refiere? ¿Pudo alguien evitar lo inevitable?

Una tortilla de patatas y un caldo. Fue la cena que dejó preparada Luisa, la asistenta ecuatoriana que trabajó para ‘La Divina’ desde que se instaló en Madrid, y que quedó intacta en la cocina. Cuando Luisa llegó al domicilio de Carmen Ordóñez, en torno a las diez de la mañana del 23 de julio de 2004, la caldera del gas echaba humo.

A pesar de que llevaba más de una hora funcionando el agua caliente de la ducha, a la empleada doméstica no le sorprendió. Ni entró en su baño ni se mostró preocupada y continuó haciendo las labores domésticas como si nada. “De aquella mañana lo que recuerdo es el ruido de la caldera en funcionamiento”, diría imitando el sonido del aparato en su bien remunerada exclusiva en ‘¿Dónde estás corazón?’.

Las cortinas echadas, la televisión encendida y la puerta de su dormitorio cerrada, así aseguró la ecuatoriana que encontraba la habitación de Carmina en la mañana en que perdió la vida. Ella fue la primera persona en llegar a la casa pero, horas antes, otros cruzaron la puerta en sentido contrario. Luisa llamó esa mañana, en varias ocasiones, a su novio, Fabricio, que trabajaba ocasionalmente como chófer para la Ordóñez. Desconozco si tenía previsto llevar a Carmen aquel día a Telecinco.

Luisa habló por teléfono con su novio pero, inexplicablemente, no atendió las llamadas ni los timbrazos desesperados de Eva Carreño que, durante media hora, aporreó la puerta sin que la abrieran. La desesperación de la amiga de Carmina y la tardanza de la asistenta en contestar al interfono, o al teléfono de su señora que no dejaba de sonar, indicaban claramente que algo no iba bien.

Carmen y Eva habían quedado para ir a Telecinco, dónde precisamente el día de su muerte, firmaba la renovación de su contrato como colaboradora de ‘A tu lado’. Era el 23 de julio de 2004, un día que quedaría marcado para siempre en nuestra memoria, por lo que estaba a punto de suceder.

Eva se temía lo peor. La noche anterior, Carmen la había llamado insistentemente para que acudiera a dormir a su casa, donde se encontraban tomando unas copas amigos de ambas. Pero Eva no fue y los escalofriantes mensajes de voz de Carmina suplicándole su presencia, aún la torturan.

Apenas unos días antes, en Tánger, Carmen tuvo que acudir a un cardiólogo que la desaconsejó viajar en avión a Madrid. No se encontraba bien pero no quiso fallar a su cita con los directivos de la cadena y a su convocatoria del 22 de julio en el plató de ‘A tu lado’.

Carmen Ordóñez leyendo una noticia de Semana relativa a su guerra con Isabel Pantoja FOTO: La Razón (Custom Credit) GTRES

Por todo ello, Eva ya se temía lo peor cuando por fin Luisa contestó a sus llamadas. Le pidió que entrara en la habitación de Carmen, algo le ocurría, pero cuando entró en la casa le extrañó que, como le dijo la empleada, no hubiera podido entrar al encontrase la puerta cerrada de la habitación. Carmina nunca lo hacía. Gritó su nombre pero no obtuvo respuesta. Entonces, cogió algo para abrir la cerradura y en pocos minutos consiguió, a pesar de los nervios, forzarla para entrar.

La bañera estaba a punto de rebosar. Dentro, aferrada a una esponja y tendida, estaba Carmen. No respondía y sangraba por la nariz. Todo parecía indicar que había fallecido. Eva llamó a Álvaro García-Pelayo, representante de la madre de Fran Rivera, y le explicó la situación. “Está como muerta”, le dijo con un llanto histérico. “Llama a la policía-le dijo García-Pelayo-yo me encargo del 112”. Tras hacerlo, Eva gritó ayuda en el pasillo del piso del bloque de apartamentos en el que residía Carmen y, una vecina, acudió al auxilio. La policía no tardó en llegar.

Fue así como me enteré de que mi amiga Carmen, con la que me había enfadado diez días antes, podía haber muerto. Estaba en mi despacho en la oficina de Korpa en la céntrica calle de General Arrando en Madrid, cuando entró mi marido con la cara desencajada y me soltó la noticia a bocajarro: “Me ha llamado Eva, parece que Carmen ha muerto”.

Álvaro, que sabía que yo tenía un íntimo amigo que era coordinador del 112, me pidió que le llamara a él para evitar que la noticia trascendiera a los medios. Aún creíamos que podía estar viva y tratábamos de evitar que se filtrara la información. Cogimos el coche y nos fuimos a toda velocidad a casa de Carmen, mientras yo llamaba a mi amigo de emergencias.

Cuando llegamos al piso de Carmina, además de Luisa y Eva, nos encontramos con varios agentes de policía y una vecina que trató, inútilmente, de reanimarla. La vi salir y despojarse de los guantes de cocina que se puso para evitar contaminar la escena. Su mirada lo decía todo: había fallecido. Después llegó el Samur que certificó su muerte. Recuerdo que hubo cierta tensión con el jefe de la patrulla que se desplazó al domicilio de la hija de Antonio Ordóñez. Tras revisar las últimas llamadas y mensajes enviados o recibidos por Carmen, Álvaro le entregó el teléfono.

Carmen Ordóñez en Tánger FOTO: AH ©KORPA

Eva estaba destrozada y no dejaba de llorar. Tal era su estado anímico que pregunté a uno de los policías si podía coger alguno de los ansiolíticos que Carmen tenía sobre su mesilla para dárselo a Eva. Me dijeron que sí y fue entonces cuando entré en su habitación. Las cortinas estaban echadas aún y el dormitorio solo estaba iluminado por la luz que entraba del cuarto de baño y de la televisión, que seguía encendida.

Aún en la oscuridad, sabía que en la mesilla de noche del lado donde ella solía dormir, encontraría las pastillas. No quise tocar la hilera de pastillas que indicaban que no había tratado ni siquiera de conciliar el sueño. Estaba prácticamente intacta: un surtido de pastillas blancas y azules, perfectamente alineadas, en dos filas. Abrí la mesilla y cogí la caja de Lexatín.

Me fijé que la cama no se había deshecho y que había marcas sobre la colcha. Todo indicaba que Carmen se había echado a dormir un rato, probablemente, pocas horas antes de que decidiera tomar una ducha. A ella le gustaba más bañarse por lo que entendí que optó por ducharse porque tenía prisa.

La investigación policial para esclarecer su muerte implicó la realización de una autopsia y que se investigara sus últimas horas de vida. La familia de Carmen, sus hijos, especialmente el mayor, Francisco, decidió que la autopsia no se hiciera pública, lo que alimentó los rumores sobre una posible sobredosis como causa de la muerte. Todos querían que se cerrase la investigación para no alimentar aún más la polémica.

Años después, algunos medios de comunicación tuvieron acceso al informe forense que certificaba que la divina falleció sobre las once de la mañana por una “necrosis miocárdica”. Fue el programa ‘¿Dónde estás corazón?’ de Antena 3 el que difundió un documento de la autopsia que desestimaba posibles actuaciones penales. Había sido una muerte natural, un maldito infarto, que pudo haberse evitado si Carmina hubiera seguido las recomendaciones médicas de su amigo y cardiólogo marroquí. Pero Carmen era así y hacía lo que le daba la gana. Ella ya tenía claro, y avisó, que no cumpliría los cincuenta. Vivió y murió, casi, como quiso.