La sombra de la Garduña sobre la Mafia italiana

«La peste», de Movistar+, recupera la sombra de una supuesta organización secreta que durante siglos fue considerada una de las más peligrosas de España, pero qué hay de verdad en todo ello. ¿Quiénes fueron? ¿Dio origen a la mafia italiana? ¿Está más cerca del mito de la realidad?

Hay nombres evocadores. Y algunos generan cierta inquietud. La Garduña es uno de ellos y no como mamífero carnívoro de la familia de los mustélidos, sino como organización de facinerosos que algunos consideran el antecedente de la mafia italiana. En ambos casos, estaríamos hablando de depredadores, cada uno a su estilo. Pero cuando se indaga en profundidad en la Garduña, como sindicato del crimen, comprobamos que hay mucha más leyenda que historia, más paja que trigo y más humo que fuego.

Por de pronto, muchos autores no coinciden con la fecha de su creación. Si acudimos al «Diccionario Sectas, creencias, religiones» (1994), de J. Felipe Alonso, se la define como un movimiento español de principios del siglo XIX «que se convirtió en un centro de resistencia contra la dominación francesa, pasando tras la derrota del invasor francés, a ser una sociedad de corte liberal». Nos sigue diciendo que en el año 1821 el gobierno de Fernando VII intentó acabar con ellos deteniendo al gran maestre Francisco de Cortina que vivía en Sevilla, donde fue ajusticiado el 25 de noviembre de 1822. «Los supervivientes de esta persecución se lanzaron al monte o emigraron a Sudamérica, de tal forma que, con ocasión de las revoluciones de 1848, aparece la Garduña en Brasil, Perú, Argentina y México».

Otros retrasan su creación al siglo XV. Y ese es el problema, la falta de datos concretos y contrastados. Cuando más indagas e investigas sobre este movimiento, hermandad, orden, secta u organización secreta, más percibes que forma parte de un entramado de supercherías y leyendas con cierto tufillo falsario. Hasta se ha especulado que las tres principales mafias italianas: la de Nápoles (la Camorra), la de Sicilia (la Cosa Nostra) y la de Calabria (la Ndrangheta) tienen su origen en el naufragio, en el siglo XV y frente a las costas de la isla de Favignana, de tres hermanos garduñeros procedentes de Toledo que huían de la justicia por haber vengado el honor de su hermana violada. Osso, Mastrosso y Carcagnosso eran sus nombres imaginarios. Cada uno se asentó en una zona de Italia y cada uno creó y organizó una estructura mafiosa que duraría hasta hoy en día.

No son pocos los historiadores, nacionales y extranjeros, que han defendido su existencia y su influencia en la España de los Austrias, desde los prostíbulos hasta las más altas esferas de poder. En la segunda temporada de la serie «La Peste: la mano de la Garduña», original de Movistar+, dan por hecho que esta organización intervino con sus crímenes y corruptelas en las calles de Sevilla de finales del siglo XVI y que se hacían tatuar tres puntos en el monte de venus de la palma de la mano derecha como señal de reconocimiento.

Paraíso para el hampa

Si rastreamos sus orígenes legendarios, se repite con ahínco –y sin pruebas– que la Garduña fue creada en Toledo sobre el año 1412 asociada a asaltos a casas de moriscos y judíos sospechosos de contravenir alguna de las normas teológicas y legales de la Inquisición y que desarrolló sus planes criminales sobre todo en Sevilla, un paraíso para el hampa, puesto que por esta ciudad pasaban todas las riquezas que eran traídas de América. Y, para más inri, se comenta alegremente que en 1476 se creó la Santa Hermandad, uno de los primeros cuerpos policiales organizados de Europa, para aniquilar a los miembros de la Garduña. Su estructura estaba inspirada en las cofradías religiosas y muchos eran cofrades para tener la perfecta tapadera y operar con la mayor impunidad. Ahora bien, casi todas las fuentes sobre la existencia de la Garduña conducen a un mismo origen. Tienen su base en la obra «Misterios de la Inquisición» y otras sociedades secretas de España, libro francés firmado por un tal Víctor de Fereal, traducido al castellano y publicado en Barcelona en 1845.

En una nota a pie de página, escrita por Manuel de Cuendías, se habla de la Hermandad de la Garduña, y se dice que existía en España desde 1417, «una sociedad secreta compuesta por malhechores de toda especie. Esta sociedad, perfectamente organizada, tenía por objetivo la explotación al por mayor de toda especie de crímenes en favor de cualquiera que tenía una venganza que ejercer o algún resentimiento que satisfacer. Se encargaba, al más justo precio y garantía, de dar de puñaladas, mortales o no, al gusto de la práctica: de ahogar, dar de palos y aun asesinar».

Y luego detalla la composición de la cúpula que estaría formada por el Hermano Mayor o Gran Maestre, un personaje de alta condición social que manejaba los hilos y tenía a sus órdenes diversos capataces (uno por cada ciudad). Cada capataz dirigía a dos tipos distintos de malhechores: los punteadores (matones) y los floreadores (ladrones). Por debajo estaban los postulantes, que los ayudaban a recaudar impuestos y los guapos (espadachines). Por último, estaban los fuelles o soplones (viejos con aspecto beatífico), chivatos (niños de corta edad que eran los novicios de la orden), coberteras (matronas) y sirenas (jóvenes de buen ver). Toda una red jerárquica criminal donde cada uno sabía el papel que ocupaba y que podía ascender en rango si cumplía bien sus misiones.

No se empieza a hablar de la Garduña hasta el siglo XIX con las anotaciones a pie de página de Manuel de Cuendías

Cuendías añade que Rodrigo Calderón, el valido del duque de Lerma, llegó a ser Gran Maestre, protegido por fray Luis de Aliaga al que hace jesuita (en realidad era dominico). Dice también que en 1821 fue encontrado el llamado «Libro Mayor» en la casa de su líder, Francisco Cortina, y allí podemos leer nueve artículos que regían los estatutos de la Hermandad, supuestamente redactados en Toledo en 1420, dos de los cuales eran: «Puede ser miembro todo hombre honrado, con buen ojo, buena oreja, buenas piernas y sin lengua». «Los postulantes vivirán de sus garras. Estos hermanos se encargarán exclusivamente de los eclipses (robos) operados a mano diestra por cuenta y a favor de la orden. De cada eclipse el hermano operante recibirá el tercio en bruto, del que dará algo para las Ánimas del Purgatorio». Por último, la regla máxima era: «que todos los hermanos deben morir más bien mártires que confesores». Todo ello firmado por «El Colmilludo».

De esta nota a pie de página del libro de Víctor de Fereal se han basado casi todos los escritos posteriores que hablan de la Garduña. Y aquí reside una de las claves. Esta fuente no es muy fiable. El antropólogo Julio Caro Baroja no cree para nada en la existencia real de este grupo. Nos dice que preguntó a medievalistas autorizados, como don Luis G. de Valdevellano, y ninguno tenía idea de la existencia de semejante sociedad y todos le respondían negativamente. Y añade que Víctor de Fereal es en realidad el seudónimo de madame de Subervie o Suberwieck: «No hace falta ser muy lince para darse cuenta de que las notas de Cuendías constituyen una serie de fantasías muy poco verosímiles. Sobre todo, en los estatutos de 1420 los anacronismos saltan a la vista y el tono general del documento parece una burla coronado con el nombre de El Colmilludo». Todo indica que la madame (alias Fereal) y Cuendías se pusieron de acuerdo para escribir ese folletín con especulaciones historiográficas y propaganda anticlerical, dado su contenido.

En definitiva, parece claro que no se empieza a hablar de la Garduña hasta el siglo XIX y que el origen principal, como hermandad de delincuentes medievales, procede de aquellas anotaciones histórico-fantásticas que hizo Manuel de Cuendías. Y, ya puestos, muy posiblemente otro de sus orígenes radique en una novela de Alonso de Castillo Solórzano titulada «La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas» (1642) en la que la garduña no es una sociedad sino una mujer llamada Rufina que, con este apodo, se daba a labores de picaresca y latrocinio. Otro referente lo podemos encontrar en las Ramblas de Barcelona, cerca del mercado de la Boquería, donde se encontraba en aquella época una zona poco recomendable llamada precisamente «La Gardunya».

Para rematar la investigación sobre su verosimilitud, tenemos que acudir a León Arsenal e Hipólito Sánchiz y su enriquecedora obra «Una historia de las sociedades secretas españolas» (2006), donde abordan sin tapujos diversos mitos falsos sobre algunos grupos y sociedades, entre ellas la Garduña de la que afirman que, efectivamente, muchas de las informaciones consideradas verdaderas proceden del libro de Víctor de Fereal y que unos autores copian a otros. Para ellos Manuel de Cuendías sería el mismo oficial responsable del arresto del último hermano mayor o gran maestre, Francisco Cortina, entregado al tribunal de Sevilla en 1821. Por supuesto, ni rastro histórico de ese personaje ni de los estatutos de la hermandad, como si todo se tratara de una «cortina de humo».

Una red perseguida por la Guardia Civil

Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XVI la Garduña se asentó en Sevilla por una sencilla razón: era la ciudad más rica de Occidente gracias al oro y la plata que llegaban desde las Indias. Un caladero idóneo para continuar su actividad hasta 1821, cuando supuestamente una redada puso el fin definitivo de la organización. Una historia que se había considerado auténtica hasta hace poco por los propios estudiosos. Su fama ha sido tal a lo largo de los años que hasta la Guardia Civil calificó, en 1914, a la banda como una «peligrosísima asociación de delincuentes». Pero aun así, no existe hoy una fuente firme que confirme su existencia. Solo con testimonios como el de Manuel de Cuendias, el presunto oficial de cazadores que detuvo al Gran Maestre de la hermandad.