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El canalla firmante

Tiempo de lectura 4 min.

26 de septiembre de 2011. 21:58h

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27/9/2011

De no ser por los presumiblemente marginales pantalones a media pantorrilla que ya no corresponden a su avanzada edad, parecía un otoñal honorable. Pelo blanco y barba cana , la expresión tranquila y una camiseta gris con un mensaje que no se leía bien, afortunadamente. Más que camiseta, un niqui. Los pijos, como son definidos por el lugar común de la retroprogresía, llevan en sus polos el cocodrilo de «Lacoste» o el petiso de «Ralph Laurent».

Los progres llevan mensaje o una variación de la imagen del «Che» que ya no resulta nada original. Como el «Presoak Kalera» de los proetarras, cuyas letras jamás se destiñen porque no se lavan. Algo tienen las concentraciones en espacios cerrados de los batasunos que recomiendan la mascarilla antigás o antipolución. Ganas dan de instalar en el exterior del recinto donde se reúnen un servicio de duchas obligatorio. No se pretende que una bilduetarra deje a su paso un ambiente de lavanda o de Chanel número 5, lo cual sería muy de agradecer, pero de ahí a la mugre media largo trecho con muchas posibilidades higiénicas. Y lo mismo se puede decir de los varones inmediatos al terrorismo. El pendiente en la oreja, el niqui con mensaje y hasta los pantalones a media pierna son perfectamente compatibles con el agua y el jabón.

Pero no se trata de eso. Intento escribir que podía pasar por una persona honorable. Fue el encargado de firmar en nombre del llamado «colectivo de presos» la adhesión al pacto encabezado por «Bildu» en el que se pide que no haya vencedores ni vencidos en la lucha del Estado de Derecho contra el terrorismo, y que todos los presos comunes de la ETA –en España no existe la figura del preso político–, sean perdonados. Él, Jon Aguirre Aguiriano, el que podía parecer venerable melancólico, fue el encargado de firmar el acta mientras los que llenaban el salón de actos de Guernica aplaudían a rabiar y vitoreaban a los etarras.

Con toda seguridad, eligieron a Aguirre Aguiriano por su permanencia durante  treinta años en diferentes residencias penitenciarias viviendo a costa de los contribuyentes. En esos treinta años, ni una señal de arrepentimiento. En esos treinta años, ni un impulso de solicitud del perdón de una familia destrozada. El canalla firmante no ha pasado treinta años de su vida en la cárcel por ser independentista, estalinista o vasco. En España el que quiera ser independentista lo puede ser y decir, el que quiera ser estalinista lo puede ser y manifestar, y ser vasco es una condición mayoritaria y abrumadoramente decente. Eligieron a Aguirre Aguiriano por su valiente pasado de «gudari» y su heroica acción «bélica». Colocó una bomba asesina en Azpeitia que segó la vida de José María Piris, un niño de trece años. Asesinar a ciegas, sin riesgo y por placer a un niño de trece años es empresa que merece – y así se ha demostrado–, el público reconocimiento de Bildu y del entorno inmediato al terrorismo.

Llevaba sobre el «niqui» una banda negra, a modo de correa que sujeta el bolso masculino o «maricona» o quizá se trataba de la cinta correspondiente a una condecoración etarra concedida por su valor. Firmó y fuese entre ovaciones. Matar a niños de trece años está muy bien visto en determinados círculos. ¿Don Pascual Sala? Está reunido.
 

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