Literatura

Irlanda

Dublín literatura convertida en destino

El amor a la tierra es una constante entre los escritores del Eire. Sus nostálgicas brumas y el carácter alegre de los habitantes han dado origen a un volcán literario cuya lava emana de las colinas que rodean Dublín, fluye por sus calles y navega por el río Liffey. No en vano, la capital es la cuarta ciudad literaria del mundo según la Unesco. 

Literatura convertida en destino
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Letras con contenido unas veces satírico como las de Oscar Wilde, otras político en el caso de Brendan Beham, activista del Ira, y otras romántico como lo fue el legado del poeta Thomas Moore, gran amigo de Lord Byron... Los libros nos llevan de viaje y hay lugares, como Dublín, donde la literatura es parte de su santo y seña.
La Taberna Bachelor, a orillas del río Liffey, es un bar acogedor donde beber Guinness, disfrutar de la animada música irlandesa y leer en sus paredes las citas de algunos de sus grandes literatos: «Benditos aquellos que nada esperan de la vida, pues nunca sufrirán desengaños», diría Jonathan Swift, autor de la ingeniosa crítica social que suponen «Los viajes de Gulliver». El irredento Oscar Wilde mantenía que «si alguien me da la razón inmediatamente pienso que no la tengo». Para entender mejor al autor, merece la pena situarse frente a la escultura que le representa en el parque Merrion, aunque el Museo de los Escritores, a cinco minutos de O'Connell Street, es el referente imprescindible para descubrir el alma literaria de la ciudad.
Frases ingeniosas nacidas de la pluma de Oscar Wilde, Bernard Shaw, Samuel Beckett, Bram Stoker y del irremplazable James Joyce, al que recuerdan las láminas de bronce señalando el camino que el Ulises de los tiempos modernos Leopoldo Bloom, el antihéroe, recorrió en su Odisea de un día por las calles y tabernas de Dublín acompañado de su protegido, Stephen Dedalus, bebiéndose la ciudad para consolarse de la infidelidad de su esposa Molly Bloom. Recorrido que se repite todos los años en «Bloomsday», el 16 de junio, fecha en que Joyce se citó por primera vez, allá por el 1904, con la que fuera su mujer, Nora Barnacle. En el deambular sin rumbo por las calles dublinesas se topa con los pubs de Temple Bar, con puestos de ostras regadas con Guinness al lado de los que venden asados de buey y cocina tradicional gaélica y que no debemos perdernos.
Así llega a George Street Arcade, donde bajo la arquitectura victoriana del edificio se pueden descubrir los objetos más estrambóticos, vestidos de los años 30, LPs insustituibles, inevitables bazares chinos y librerías añejas que guardan tesoros. Al preguntar al librero por algún volumen en especial, éste se toma su tiempo, se ajusta las gafas y sus manos con delicadeza y con deleite también husmea entre las baldas de madera. Probablemente no dé con el ejemplar buscado, pero entretanto encontrará obras de grandes autores en ediciones únicas.

La biblioteca antigua
El Trinity College, en el corazón de Dublín, está considerado como la mejor universidad de Irlanda y su biblioteca como una de las más completas del mundo. Al traspasar la biblioteca antigua, las letras de miles de escritores bailan por el magnífico hemiciclo emergiendo de las hojas del libro que les dio vida y cobijo. Los volúmenes más valiosos del país se esconden entre sus estanterías. El momento álgido de la visita llega al entrar en la sala donde está expuesta la joya del Trinity College: «El Libro de Kells», del año 800, que escrito en latín, con ilustraciones iluminadas y motivos ornamentales diseñados por monjes celtas, «convirtió la luz en oscuridad» y donó al mundo una de las versiones más bellas de los cuatro evangelios. Un bibliotecario pasa una hoja del libro al día; haría falta un año de visitas diarias para poder ver el libro entero... Excusa perfecta para regresar a Dublín.