España

Brazos en alto

La Razón
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Uno de los muchachos acampados con los «indignados» en la madrileña Puerta del Sol proclamó en un telediario la idea simple y crucial de que lo que se necesita en España no es que se hagan cosas legales, sino cosas justas. Se trataba de una clara alusión a que la legalidad es a menudo la causa de muchas injusticias y supone una seria advertencia de los «indignados» al reclamar que por fin en España alguien se tome en serio la tarea apremiante de procurar que lo legal coincida con lo justo. No hará falta advertir que no hay una sola dictadura que no se base en cierta clase de legalidad, aunque sea a expensas de perjudicar la esencia de la justicia. A la democracia llegamos hace más de treinta años en España gracias a la conculcación de la legalidad vigente en la dictadura de Franco. Vivimos ahora en un agradable régimen de libertades, es cierto, pero no hemos desterrado del todo algunos de los nocivos hábitos de entonces, de cuando en España el hijo del farmacéutico heredaba la farmacia y la hija de la portera heredaba casi sin remedio la portería. A cambio de haber contenido la expansión de cierta oligarquía aristocrática, el sistema político consagró entre nosotros la existencia de castas políticas que nacieron en el seno de los partidos y acabaron apoderándose de ellos. Esas castas propiciaron la irrupción de una nueva aristocracia del dinero fresco y la implantación de un nepotismo político y económico que al instalarse en el Poder amenaza con acaparar las riendas del Estado. Al amparo de esa perversión de la democracia han proliferado la inmoralidad política y una corrupción que pudre las estructuras de una democracia que se creía sólida, igual que destruyen con su tenacidad las termitas los retablos de las iglesias. Con razón piden los «indignados» la adopción urgente de listas electorales abiertas. Muchos políticos profesionales admiten que es necesario hacerlo, pero aquí nadie ignora que no lo harán porque las listas cerradas les ayudan a perpetuarse en puestos que ellos trasmiten a sus descendientes casi en el paquete ordinario de la herencia. Por eso tienen los «indignados» la sensación de que en España el sentido de la democracia ha sido invertido y creen que las elecciones en cierto modo sólo sirven para que la sociedad civil ejerza irónicamente su extraño derecho a perder la libertad. Como les ocurre a los «indignados», también yo me siento insultado por quienes con su codicia o con su demagogia han corrompido la democracia y, también como ellos, me siento atracado. Por eso cada vez que veo una urna, de manera instintiva me entran ganas de acercarme a ella con los brazos en alto.