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Un viaje no sólo histórico

Tiempo de lectura 4 min.

17 de septiembre de 2010. 00:45h

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17/9/2010

Cuando esta tarde el Papa de Roma se dirija a los notables británicos en el Palacio de Westminster estará protagonizando un hecho de hondo contenido histórico y simbólico. En ese mismo lugar, hace casi 500 años, el católico Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII, el monarca caprichoso y brutal que causó el cisma con la Iglesia católica. Han tenido que transcurrir cinco siglos para que un Pontífice visite Gran Bretaña en calidad de Jefe de Estado y, por tanto, para que sea recibido por Su Majestad británica y cabeza de la Iglesia anglicana. Es bien cierto que el motivo fundamental de este viaje apostólico de Benedicto XVI no es mirar hacia atrás, pero no cabe duda de que una sociedad tan apegada a sus instituciones y a sus símbolos como la británica, sabe apreciar el mensaje espiritual y moral que encierra este gesto hacia la historia. Ya no se trata de reivindicar supremacías ni de confrontar sensibilidades, sino de avanzar hacia una unidad sustancial de quienes comparten un denominador común. Hay que recordar que ha sido este Papa el que ha dictado una disposición constitucional que permite a los sacerdotes anglicanos incorporarse a la Iglesia católica sin renunciar a ciertas peculiaridades. En este punto, emerge con enorme fuerza testimonial la beatificación del cardenal John Henry Newman, el presbítero anglicano que se convirtió al catolicismo en el siglo XIX, pero cuya influencia intelectual se hizo sentir en el Concilio Vaticano II, además de influir en el joven teólogo Joseph Ratzinger. El prestigio y la autoridad de Newman entre los británicos, al margen de obediencias jerárquicas, sigue intacto y no cabe duda de que en plena época victoriana marcó y sigue marcando hoy el camino espiritual de vuelta a muchos compatriotas. Porque, por encima de otras consideraciones, católicos y anglicanos se enfrentan a los mismos retos, el principal de los cuales es el laicismo radical, que en Reino Unido se alía con el ateísmo más militante y furibundo. El debate actual nada tiene que ver ya con la separación de la Iglesia y el Estado o de lo sagrado y lo profano, que ya fue resuelto y encajado en las sociedades democráticas. La cuestión de hoy es la corriente ideológica, cada vez más poderosa, de expulsar el hecho religioso y la actividad de las confesiones de la esfera pública, como si fueran nocivos para la salud social. De este modo, se cercena la vivencia pública de su fe religiosa al hombre de la calle, al niño que empieza a formarse, a las familias, a los padres, a los ancianos: a los  ciudadanos, en suma. El Papa Benedicto XVI, cuyas cualidades intelectuales y analíticas son reconocidas incluso por sus más acérrimos adversarios, está persuadido de que este laicismo excluyente, anclado en el relativismo moral, es uno de los causantes de la grave crisis de valores que padece la sociedad europea. Como alemán que ha vivido en primer plano la evolución del continente tras la Segunda Guerra Mundial, el Santo Padre percibe nítidamente cómo a la vieja Europa se le seca el alma y sus raíces cristianas son sustituidas por otras religiones que avanzan vigorosas. Gran Bretaña padece este mismo mal y ése es el motivo pastoral por excelencia de su histórico viaje.
 

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