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El valor de una minoría

La Razón
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Cualquier reflexión sobre la sociedad española del siglo XXI estaría incompleta o sesgada si obviara la aportación de las comunidades judías a un proyecto común de convivencia y prosperidad. Aunque es cierto que las decenas de miles de judíos españoles constituyen un colectivo reducido, sería injusto relativizar su capacidad de liderazgo en los más diversos ámbitos de la vida nacional, así como su implicación en ese proyecto conjunto de recuperación y superación de la crisis. La presencia de Isaac Querub Caro, presidente de la Federación de las Comunidades Judías de España, en el foro «LA RAZÓN de...», se convirtió ayer en una oportunidad para analizar la situación, las necesidades y las aspiraciones de esos miles de españoles de credo judío. La cita, que reunió ayer en nuestro periódico a numerosas personalidades de la política, la empresa y las finanzas, mostró a un colectivo orgulloso de sus raíces y de su españolidad, protagonista decidido de la sociedad civil. Uno de los elementos esenciales que marcan el papel de los judíos en la nación de hoy es el grado de rechazo o aceptación con que se encuentran en la sociedad. Las encuestas reflejan que España figura a la cabeza de la UE en manifestaciones contra ellos, probablemente como consecuencia de que los judíos han sido criminalizados a lo largo de la historia y de que esa imagen se encuentra todavía instalada injustamente en el inconsciente de muchos ciudadanos. También porque se ha relacionado el antiamericanismo y el antisemitismo en los últimos años, lo que ha alimentado un caldo de cultivo crítico en la izquierda. Pese a todo, es necesario contextualizar y ponderar esa animadversión que no es mayoritaria. Sin duda, existe antisemitismo, pero afortunadamente podemos decir que España no es antisemita por mucho que desde ciertos sectores políticos e incluso mediáticos se empeñen en distorsionar la realidad, actuar con prejuicios y no ser ecuánime. Nuestro país no podría entenderse sin la aportación de esos otros españoles que nos legaron una rica herencia cultural, teológica y filosófica de la que nos sentimos legítimamente orgullosos. La realidad es que España ha progresado en libertad religiosa en los últimos treinta años, pero también es cierto que sólo podremos estar satisfechos cuando esta minoría tan relevante, que comparte con orgullo una fe distinta a la de la mayoría de sus compatriotas, se sienta plenamente como en casa. En 1990 las Comunidades Sefardíes dispersas por todo el mundo recibieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Entonces, Don Felipe habló de ellas como «parte entrañable de la gran familia hispánica... que lejos de su tierra, los sefardíes se convirtieron en una España itinerante, que ha conservado con inigualable celo el legado cultural y lingüístico de sus antepasados», y les convocó «al reencuentro con sus orígenes, abriéndoles para siempre las puertas de su antiguo país». El espíritu de las palabras del Príncipe de Asturias nos permite hoy y lo hará en el futuro construir un país mejor y más justo con esa minoría esencial. Como aseguró ayer Isaac Querub en LA RAZÓN, «los judíos estamos en casa».