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Entrevista con el escritor Claudio Magris

«El fundamentalismo laicista español es un eco del pasado»

Nombre fundamental de las letras italianas: traductor de Ibsen, creador del concepto de Mitteleuropa (una Europa central con predominio de lo alemán), cultivador de múltiples géneros, pero sobre todo autor de «El Danubio», que le abrió las puertas del mercado español.

  • El escritor recibió ayer en Turín la Orden de las Artes y las Letras de España
    El escritor recibió ayer en Turín la Orden de las Artes y las Letras de España

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17 de mayo de 2009. 02:26h

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17/5/2009

Claudio Magris (Triesta, 1939)recibió ayer durante la Ferial del Libro de Turín la Orden de las Artes y las Letras de España. El galardón, instituido a imagen de la Legión de Honor francesa por el anterior Ministro de Cultura, César Antonio Molina, se concede por vez primera este año y ha recaído en el humanista italiano. Profesor de literatura alemana, autor de una veintena de títulos que abarcan todos los géneros literarios, Magris es ante todo un narrador ejemplar y un polemista infatigable en el debate intelectual y político. Por la amplitud de sus intereses y por la agudeza de sus análisis, en todo el mundo se reconoce en este escritor a una voz serena, lúcida e imprescindible para estos tiempos de crisis.


-¿Qué significa para usted esta distinción?
-Una nueva muestra de la generosidad de España hacia mí. Una prueba ulterior de su hospitalidad, de su capacidad de acogimiento, hasta el punto de que hoy podré decir, aún con más motivo que nunca, que España también es mi país. De alguna forma, es como si España se reintrodujera en el árbol genealógico de mi familia.
-¿Cómo ha sido entonces esa relación?
-Déjeme subrayar, antes que nada, mi agradecimiento fraternal a César Antonio Molina, quien promovió esta distinción y me comunicó la concesión. No me puedo olvidar de que España ha sido el país desde el que se ha introducido en Europa la obra de mi mujer, Marisa Madieri. Después le diría que mi relación con España ha tenido una característica que me asombra: jamás se ha producido un malentendido. La recepción de mi obra ha tenido, como es lógico, críticas a veces negativas, pero no he percibido nunca la incomprensión, el malentendido. Eso que ocurre cuando tocando el violín alguien nos dice que por favor dejemos de tocar el piano. No, en España he sido comprendido muy a fondo, incluso por aquellos que han criticado mi obra.
-¿A qué atribuye esa enorme empatía?
-Creo que empezó con «El Danubio». Es un libro que habla, en el fondo, de la historia en su permanente transformación. Pienso que en España se leyó con la vista puesta en su propio cambio, que ha sido político pero al mismo tiempo también ha sido una gran transformación como país. España ha protagonizado un giro histórico profundo en los últimos decenios, un cambio que contenía la cifra de la contemporaneidad, y en algunos momentos, ante dicha complejidad, nada fácil, un libro como el mío pudo servir para algunos como un elemento más de orientación, en la medida en que describía otra transformación, en el ámbito centroeuropeo.
-Y, si me permite preguntárselo, ¿cómo ve a España en este momento?
-La sigo viendo plena de vitalidad. Sigo muy de cerca todo lo que ocurre y no se me escapa que atraviesa momentos difíciles, que está metida en la más dura prosa política y económica. Pienso que estará afrontando el problema con la seriedad que le caracteriza, aunque no se pueda estar siempre en una situación de máxima creatividad. Déjeme decirla, con todo respeto, pero con franqueza, que hay un aspecto que me parece inquietante de la situación actual. Me refiero a la contraposición insensata del catolicismo con un fundamentalismo laicista que me desagrada profundamente, y se lo dice un laico convencido; se trata de un feo eco del pasado del que debería liberarse, de una tensión autodestructiva y estéril.
-Y, ¿cuál ha sido la influencia de lo hispano en su formación intelectual?
-Ha sido enorme, aunque algo caótica. No cursé literatura española en la Universidad, pero he leído con asiduidad a los autores españoles. El Siglo de Oro, constantemente, la poesía y el teatro: Calderón y Lope. Cervantes es una guía para mí: en mi propia obra está presente la exigencia cervantina de hacer cuentas con la propia vida. También conozco a fondo la literatura española del siglo XX, desde Unamuno hasta muchos de los autores actuales. He estudiado con pasión la España imperial y su papel decisivo en la historia.
-¿Se refiere a la presencia española en América o más bien a su protagonismo en Europa?
-Me refiero más bien a esto último, a la presencia hispana en el corazón de Europa. Se trata de un elemento sin el que, por razones evidentes, no se puede comprender la Historia moderna y contemporánea. En un plano más restringido, me ha fascinado la España volcada sobre el mar y la navegación, y en este sentido la aventura americana española es un hito.
-O sea que no tiene una idea caricaturesca de lo español.
-Pues no. No habría más que asomarse a los grandes pintores españoles (El Greco, Murillo, Zurbarán, Velázquez o Goya) para borrar cualquier tentación de caricaturizar a España.
-¿Cómo está percibiendo, ahora le hablo en general, más allá del caso español, en el momento actual, esta situación de crisis? ¿Estamos ante una plasmación, en lo económico, de una crisis de valores que tantas veces se ha anunciado?
-Yo no lo plantearía así, al menos de entrada. Establecer esa relación, sin las debidas cautelas, conduce a la simplificación. Me parece que estamos ante un            desequilibrio entre la dimensión financiera, monetaria, de la economía, y la dimensión real, empresarial. Nos habíamos olvidado de que ésta no puede ser más que una relación de medios a fines. Puede ser una lección de humildad. Hay que recordar que los imperios caen, que la historia, afortunadamente, permanece abierta. Y eso sí tiene un hondo sentido moral.
-Cambiando de tema, ¿qué trabajo literario tiene ahora mismo entre manos?
-Muchos, pero trabajos pequeños, que necesito terminar para poder escribir algo narrativo. Aquí se reproduce la búsqueda del equilibrio de medios y fines. Tengo en proyecto una historia sobre la aventura oceánica española, de la que hablábamos. Pero muy en ciernes. Veremos si al final viene o no esa historia que, por el momento, sólo barrunto.
-Y, por último, acaba de celebrar, con grandes homenajes en su país, su 70 cumpleaños. ¿Cómo lo ha vivido?
-Con naturalidad. No lo pienso mucho, me refiero a la cuestión de la edad. Intento vivir como si cada día fuera el último, pero no en el sentido del «carpe diem», sino más bien en aquel otro que se esconde en la frase evangélica de «bástele a cada día su afán». Acepto de antemano lo que venga. Y mantengo la ilusión, aunque también el escepticismo que toda fe necesita. Siempre que puedo me baño en el mar, últimamente con el agua a 13º.


En busca del origen de su apellido
 La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, entregó ayer en la Feria del Libro de Turín la Orden de las Letras y las Artes de España al escritor y ensayista italiano Claudio Magris, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2004. En su discurso de agradecimiento por esta distinción, el ensayista, quien también ha trabajado en la traducción de autores en alemán, afirmó que desearía que ojalá se confirmase que el origen de su apellido fuera español, como un día le dijeron a un familiar suyo, porque siente un especial cariño por España.González-Sinde explicó que esta distinción a Magris no se debe «sólo a que se ocupe de revisar la identidad europea y escarbar en la memoria, sino porque particularmente sus vínculos con España son importantes».

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