Una alianza septuagenaria

La OTAN entra en la tercera edad con una hoja de servicios notable, con 29 socios y con el mismo rival que motivó su creación en 1949. Antes URSS, ahora Rusia, sigue siendo la china en el zapato, pero también el pegamento, de los aliados

El fin de la Segunda Guerra Mundial alumbró el nacimiento de la que ha resultado la mayor y más longeva alianza militar de la historia contemporánea. Fue en abril de 1949, en Washington DC y bajo mandato de Harry S. Truman, cuando doce países se conjuraron a una defensa mutua al estilo mosquetero: el ataque a un miembro sería considerado una ofensa a todos sus integrantes. Esta alianza transatlántica entre EE UU y los países de Europa fue creciendo en número y hoy día está a un solo miembro (concretamente, Macedonia del Norte) de contar a 30 naciones en su haber. En siete décadas de vida, la OTAN ha experimentado crisis de todo tipo y condición, pero el contrincante ruso, antes soviético, permanece al otro lado de la trinchera. Con Rusia, el imparable crecimiento de China y su enorme potencial como actor estratégico, tanto económico como tecnológico, es otro de los peligros que acechan a esta alianza septuagenaria.

La cumbre de la pasada semana en Londres, donde quedaron patentes las diferencias entre EEUU y Francia por, entre otras cosas, el papel de Turquía en el norte de Siria y su ofensiva contra los kurdos, escenificó también el sempiterno conflicto sobre quién paga más. Donald Trump ha hecho de la cifra del 2% su principal caballo de batalla. Es el porcentaje de inversión del PIB en Defensa al que los miembros se comprometieron para 2024 y que, en este momento, solo cumplen nueve. Las demandas estadounidenses no dejan de ser legítimas, sobre todo si tenemos en cuenta que, una vez que Reino Unido abandone la UE, el 80% del total del gasto de la OTAN correrá a cargo de naciones no pertenecientes al club comunitario.

Pero la crisis existencial que afronta ahora la Alianza Atlántica tiene un fondo más político que de otra índole, con una necesidad perentoria de recobrar la confianza mutua, la verdadera razón de ser de la organización. Aunque los retos han cambiado, siguen siendo formidables y la unidad parece ser la única forma de tener alguna opción de éxito.