El deshielo con Raúl Castro que congeló Trump

Cinco años del acercamiento a Cuba: pese a las nuevas sanciones, el actual inquilino de la Casa Blanca no ha devuelto la isla a la lista de países terroristas

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Donald Trump en el Lincoln Financial Field el pasado sábadoUSA TODAY USPWReuters

Sucedió hace cinco años, pero parecen 50. Un 17 de diciembre de 2014, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el dictador cubano, Raúl Castro, anunciaban al mundo el deshielo en las relaciones entre los dos países. Una nueva fase, una nueva era, que permitiría sacar a Cuba de la lista de países terroristas, lo que sucedió en la primavera de 2015, serviría para aflojar las restricciones a los vuelos, marcaría el principio del fin de las sanciones comerciales, la relajación de las restricciones al flujo de dinero y la posibilidad de que los bancos de Estados Unidos pudieran acceder al sistema financiero cubano. Un anuncio que preludiaba la caída del telón sobre uno de los últimos escenarios de la Guerra Fría y que fue recibido en Washington, Miami y La Habana con división de opiniones. En agosto de 2015, el congresista Marco Rubio sostenía que el cambio de rumbo respecto a Cuba constituía un «nuevo error del presidente Obama y otro bofetón de esta Administración contra los valientes activistas cubanos por la democracia».

Las negociaciones, frenéticas, habían sido auspiciadas por el Vaticano, bajo la atenta mirada del Papa, que incluso brindó la Ciudad del Vaticano como escenario para los encuentros. Nada teatralizó mejor la nueva égida que el fin de la política de pies mojados/pies secos y, por supuesto, que la visita a Cuba del presidente Barack Obama en 2016. Y nada sellaría mejor el cambio de paso que la llegada a la Casa Blanca del Donald Trump, que canceló parte de lo negociado, restituyó muchas de las sanciones y anunció conversaciones futuras. El papel que la Cuba castrista ha jugado en la hecatombe de Venezuela ayudó poco a destensar las relaciones con la nueva Administración republicana. A fin de cuentas, durante la campaña electoral, aunque siempre por detrás de sus denuncias de los acuerdos con Irán y China, que consideraba ruinosos, el entonces candidato siempre explicó que aquel era «un mal trato para Estados Unidos» y, sobre todo, «un mal trato para el pueblo cubano». «El pueblo de Cuba ha luchado demasiado», dijo en un mitin con seguidores, donde prometió revertir «las órdenes y concesiones ejecutivas de Obama hacia Cuba hasta que se restablezcan las libertades».

No le faltaba razón en que, por ejemplo, ninguna de las medidas había traído más libertad a Cuba y una mejora en la situación de los derechos humanos. Tampoco se trataba tanto de volver al viejo ecosistema como de exigir que la dictadura avanzara hacia la democracia. En contra de Trump, de su libertad de movimientos, y de la siempre complicada relación con un voto cubano en Florida más y más dividido por la brecha generacional, también pesaba el hecho de que en el pasado, concretamente en 1998, fue acusado de intentar saltarse el embargo para hacer negocios con la antigua Perla del Caribe.

Sea como sea, la intención de los dos gobiernos fue siempre similar. Había llegado el momento de apostar por nuevas vías y, especialmente, de permitir a las empresas estadounidenses implicarse en el sabroso pastel caribeño. Pero la discrepancia en cuanto a los métodos y los tiempos resultaba evidente. ¿Logró el presidente Barack Obama cumplimentar su objetivo de una transición en la relación de las dos naciones que fuera a la postre irreversible? «Si Cuba no está dispuesta a lograr un mejor acuerdo para el pueblo cubano y Estados Unidos, acabaré con el trato», había dicho a los pocos días de ganar las elecciones. Lo cierto es que, apoyado por Marco Rubio y otros pesos pesados del Partido Republicano en Florida, el nuevo presidente revertiría algunas de las acciones más vistosas. También pisó a fondo el acelerador dialéctico. Fue muy duro en sus descalificaciones al régimen. Pero su Gobierno adoleció durante demasiado tiempo de una brújula fiable en política internacional. Había regiones mucho más cruciales, como Oriente Medio, Corea del Norte, Ucrania y la propia Venezuela.

La llegada de John Bolton como asesor de Seguridad Nacional recrudeció la política hacia la isla. Retomó la idea del Eje del Mal por la Troika de la Tiranía con Venezuela y Nicaragua. Bolton responsabilizó a Raúl Castro de mantener en el poder a Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores. Es en esta época en la que se producen los límites en las remesas y el golpe al turismo. Pero como otros altos cargos de la Casa Blanca. Bolton tuvo su momento y se marchó desacreditado por su propio jefe. Le reprochó precisamente que se hubiera precipitado con la caída de Maduro y le hubiera hecho creer que la salida estaba cerca. Años luz.

Al final, un lustro después de Obama, muchas de las medidas de 2014 siguen vigentes. Entre otras cosas porque de lo contrario la Casa Blanca tendría que hacer frente a la presión de los «lobbies» empresariales de todo tipo, poco dispuestos a perder las inversiones realizadas y las posibilidades futuras.Viajar volvía ser complicado, pero la embajada de Estados Unidos sigue en el viejo edificio brutalista de mediados del XX y, aunque falte casi todo el personal, sigue ondeando la enseña de las barras y estrellas. Todavía más importante, Cuba no regresó a la lista de naciones que promocionan el terrorismo y las relaciones económicas, bastante limitadas, sometidas a un férreo escrutinio, están lejos de ser las de los años duros de la Guerra Fría.