El futuro que hará historia: Rusia y china marcarán los hitos de la nueva década

Moscú y Oekín se colocarán como fichas clave de un tablero internacional en el que los populismos avanzarán descontrolados

Mis padres me regalaron un libro extraño cuando era un niño. No era una ocasión especial. Es que ellos eran así. De repente pensaban que me hacía falta algo, veían la oferta, y ahí que iban. Ese libro era sobre las profecías de Nostradamus. Para un chaval de trece años de la época, cuando Google era ciencia ficción, aquello era como el Santo Grial. Tenía entre mis manos las páginas que me iban a desvelar los acontecimientos futuros. Subí a mi litera y pasé buena parte de la noche leyendo.

Los párrafos se hacían acompañar de una interpretación sociopolítica y geoestratégica que ponía nombres a los personajes. Quedé fascinado: los rojos y los amarillos invadían Europa. Estaba claro que «los rojos» eran los soviéticos, y que «los amarillos» no podían ser otra cosa que los chinos. Pasadas las décadas, cuando alguien me pregunta por el futuro, no puedo evitar el acordarme de aquel libro negro y voluminoso del tipo ese de la barba larga y puntiaguda, de esa noche de insomnio y de esas aventuras geopolíticas.

Por eso cuando Putin ha convertido a Rusia en una prolongación de la URSS recuerdo la profecía de la invasión «roja». 2020 será de consolidación y extensión de la influencia rusa. Su mano se ha extendido sobre Ucrania y Crimea, a la que ha atado con unas líneas de ferrocarril. El Báltico, Finlandia y Noruega son el próximo paso. Sus servicios de inteligencia están ya dispersos por el mundo.

No en vano hemos conocido la presencia de agentes rusos en Cataluña en el procés. Toda acción colectiva contra la estabilidad de un Estado suele tener a otro Estado detrás. El motivo es claro que cuanto más debilitada esté la UE, en el espíritu que la conformó, e inestables sean sus socios, mejor para Rusia. Mientras, Putin cierra acuerdos con nuestras locomotoras, en especial con Alemania. Ya no se trata de ocupar, como con Stalin, sino de influir.

Sin fuego ni espada

La invasión «amarilla» es evidente. Quizá ha sido Trump quien se ha dado cuenta antes, y ha puesto límites al expansionismo chino con su guerra comercial. Esta «invasión» no será a fuego y espada, como decía Nostradamus. Estamos en otra época. Esa colonización se ve incluso en los medios, que no suelen decir que China es el país más contaminante, donde no existe el respeto a los derechos humanos. Hace poco conocimos la represión de la minoría uigur.

En realidad es un genocidio, pero la ONU calla. Tampoco se ha prestado atención a la rebelión democrática en Hong Kong, quizá porque es contra el comunismo de Xi Jinping. Mientras, sus productos invaden los mercados y su publicidad alimenta la prensa. Eso se reforzará en 2020. Europa volverá a ser el laboratorio de las ideologías. La muerte por éxito de la socialdemocracia ha traído la confrontación de dos hegemonías teñidas de populistas: la izquierdista y la nacionalista. Vencerá quien pueda ofrecer la fórmula salvadora que capte a los frustrados y damnificados.

El Green new deal que viene

El populismo nacionalista avanza. Lo ha hecho en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido y España. Más soberanía nacional, dicen, para desprenderse del yugo de la UE. En realidad quieren tomar el Gobierno para «reconstruir» una suerte de comunidad homogénea perdida, en su opinión, por la inmigración, el feminismo, el ecologismo y el progresismo. Los nacionalismos esencialistas, etnolingüísticos y cerrados serán muy fuertes en la Europa de 2020. Es lo que está pasando en Cataluña y en otras regiones europeas: oligarquías que usan una ideología identitaria como coartada rupturista.

Al otro lado están las izquierdas. Su populismo ha tocado fondo. El fracaso de Corbyn en Reino Unido frente a Johnson, un nacional-populista, es la prueba. En 2020 usarán la «emergencia climática» para avanzar hacia una fórmula socialista. Es el Green New Deal: definir el capitalismo como una forma de destruir el planeta, y sustituirlo por una economía dirigida por los Gobiernos.

La otra cuestión es el feminismo. No será una política de Estado, sino de partido, desvirtuando así su objetivo. Junto a esto, el populismo de izquierdas incidirá en el lenguaje rupturista, de fronteras sociales, de unos contra otros, propio de ese nuevo clero civil. ¿Y España? Si se cumplen los deseos de Sánchez, el 2020 será de los peores de nuestra democracia. La formación de un gobierno socialista y comunista apoyado en independentistas, republicano y rupturista en esencia, no puede deparar nada bueno.

Sus fórmulas económicas están cargadas de desempleo y desaceleración. El dogmatismo que impregna al PSOE de Sánchez y a Podemos traerá problemas. Pondrán a debate la monarquía y las Autonomías, la Constitución, y las bases de una convivencia que nos ha procurado el mayor bienestar de nuestra Historia. Al tiempo, el Gobierno español tendrá una imagen negativa ante la UE por su cesión a los sediciosos sin arrepentir de 2017. Agárrense, porque vienen curvas.