Elecciones en EE UU: Una Convención Demócrata bajo el fantasma del voto oculto

Biden llega con ventaja a su nominación oficial. Los demócratas se conjuran para evitar la derrota de 2016 en un congreso inédito marcado por el coronavirus

Virtual Democratic National Convention in Milwaukee
Un cartel en Milwaukee con la cuenta atrás para la Convención Demócrata en la que se nominará a Joe Biden FOTO: BRIAN SNYDER Reuters

Durante varios meses los demócratas han trabajado en una convención diseñada por y para la televisión. Como siempre, aunque con la influencia del medio multiplicada por la evidencia de que el coronavirus impide los baños de masas, las nubes de confeti y el resto de populosas coreografías que acompañan a la consagración del candidato en campaña.

Joe Biden anunció que no acudirá a la Convención Nacional alegando motivos sanitarios en plena pandemia de coronavirus. Biden no viajará a Milwaukee y se dirigirá a la nación desde su casa en el estado de Delaware, desde donde espera aceptar la candidatura demócrata a la Presidencia. Nadie sabe bien cómo funcionará una convención desprovista del calor del público y el aplauso de los fanáticos. Pero la Convención Nacional Demócrata vive en una nube de euforia desde que Biden anunció el nombre de Kamala Harris como compañera de «ticket». Harris, todavía tiene que demostrar que es capaz de entusiasmar al personal con un discurso que vaya más allá de lo académico y profesional.

Algunos le reprochan su nula inclinación por lo autobiográfico. Otros agradecen el contraste antipopulista, el perfil duro, en una era dominada por políticos tantas veces volcados a primar el voltaje emocional antes que el contenido programático. A falta de ver cómo funciona una Harris que irrumpió en las primarias como un trueno para poco después desinflarse, estamos ante el primer momento de felicidad de un Partido Demócrata traumatizado por la victoria de Donald Trump en 2016. Para acompañar a Biden y olvidar los sinsabores de cuatro años durísimos, con el legislativo también en manos de los republicanos, y para coronar el sueño de conquistar al mismo tiempo la Casa Blanca y el Senado, los timoneles de la estrategia han confeccionado un programa donde no falta nadie. Estarán los pesos pesados del partido. Pero también habrá estrellas del mundo del espectáculo. Actuarán durante los cuatro días que durará la convención.

En palabras de Stephanie Cutter, una de las ejecutivas a cargo del programa, pretende verse y sentirse «muy diferente a las convenciones anteriores. Estos increíbles artistas nos ayudarán a contar la historia de dónde estamos como país hoy bajo el liderazgo fallido de Trump y la promesa de lo que podemos y debemos ser con Biden como presidente». Entre los políticos de fuste está Michelle Obama, la personalidad demócrata que más adoración concita entre los suyos, la candidata siempre soñada, que hablará hoy por la noche. El matrimonio Clinton tiene previsto dirigirse a la nación por partida doble. El ex presidente Bill Clinton lo hará el martes, mientras que Hillary Clinton tomará la palabra el miércoles. Ese mismo día, junto a la ex secretaria de Estado y ex candidata a la Casa Blanca, estará el último presidente demócrata, Barack Obama. El hombre ante cuya leyenda y legado tendrán que medirse todos los aspirantes demócratas de las próximas décadas.

Con independencia del juicio que merezca su acción de Gobierno hacía muchos años que en EE UU no surgía un líder capaz de aunar la elocuencia y la elegancia, la frialdad estratégica junto con la sentimentalidad de unos discursos históricos. Después de Obama saldrá a la palestra Harris, convocada para aceptar oficialmente la candidatura. En la decisión de Biden no parecen haber pesado los furibundos ataques que Harris le dedicó en los debates de las primarias. Tampoco cuenta ya el hecho de que Obama optase por Hillary de sucesora. Confiaba plenamente en las virtudes y valores de Biden. Pero también dudaba de su carisma, de su capacidad de persuasión, de la sombra alargada e inevitable de un aura senatorial que al mismo tiempo parecía alejarlo de las corrientes dominantes del nuevo partido demócrata, más cosmopolita, mestizo, izquierdista y juvenil.

Hillary no era ni cosmopolita ni mestiza ni especialmente izquierdista ni por supuesto joven, pero era mujer, y eso, en tiempos de etiquetas identitarias, parecía suficiente. Obama creyó que tenía más posibilidades que Biden de derrotar a Trump. Lo único cierto es que los demócratas sufrieron una derrota devastadora de tal magnitud que el partido ha tardado años en recuperarse. Claro que tampoco parece evidente que los republicanos hayan logrado sobreponerse, anegados como están por el discurso incendiario de un presidente que habla de la prensa, de los jueces, de Washington y de sus rivales en unos términos propios de un proyecto de autócrata.

Queda también por averiguar cuál será la faz del partido, tanto política como intelectual, cuando acabe la era Trump, tan proclive a las políticas de tierra quemada. De momento, eso sí, es el turno de los demócratas. Lo secundario es ya que muchos de ellos mantienen discursos que de tan alejados podrían sonar antitéticos. Les une lo mismo que amalgamó al electorado de Trump en 2016: un espíritu de victoria que puede tildarse de cruzada. Ganar como sea, uniéndose a quién sea, energizados por Biden y Harris o, si fuera menester, tapándose la nariz. Trump es el anillo y su mera invocación debe de servir para «encontrarlos y atraerlos a todos».

Sondeos EE UU
Sondeos EE UU FOTO: T. Nieto

De momento, las encuestas están de su parte y Biden supera a Trump en casi ocho puntos. Sin embargo, el fantasma del voto oculto continúa sobrevolando las cabezas de los demócratas. En 2016, los sondeos también daban a Hillary Clinton como vencedora, pues no resultaba nada popular reconocer que se confiaban los próximos cuatro años a un «antisistema».