¿Se la han colado al “New York Times”?

El periódico investiga un posible caso de “fake news” de una de sus reporteras estrella, Rukmini Callimachi, autora del podcast sobre el Estado Islámico “Caliphate”

Rukmini Callimachi (Bucarest, 1973) es una reportera de esas que llaman «de raza». Baste decir que durante su embarazo en 2018 visitó diez países (incluidos Siria e Irak) cuando ya estaba de más de siete meses. Una proeza de la que ella misma se jactó con detalle en su cuenta de Twitter.

Contratada por «The New York Times» en 2014, ha sido tres veces finalista del Premio Pulitzer y su podcast sobre el Estado Islámico, «Caliphate», ha recibido varios galardones. Los once episodios se escuchan de un tirón. Horrorizan y enganchan a partes iguales. Te dejan sin aliento. Realizado entre 2016 y 2018, es un extenso audio-reportaje sobre quiénes son estos terroristas, cómo actúan y cuáles son sus motivaciones.

Todo un bombazo periodístico hasta que este mes ha llegado otro inesperado: el Gobierno canadiense ha detenido a la principal fuente de la reportera, el joven Shehroze Chaudhry, alias Abu Huzayfah. El arresto no se debe a sus supuestos crímenes en las filas del Estado Islámico en Siria, donde, según él, estuvo entre 2014 y 2016, sino a todo lo contrario. Lo acusan de haberse inventado la historia y de causar una «alarma injustificada» en el país, donde hasta el día de su detención se movía libremente.

El grave problema lo tienen ahora Callimachi y el prestigioso periódico de Nueva York que le paga el sueldo. Y es que el testimonio de Abu Huzayfah es la línea conductora del podcast. En las entrevistas que mantiene con la reportera, explica con detalle cómo les preparan para matar y qué se siente al perpetrar el primer asesinato. Que les avisan de que pueden llorar o ponerse a vomitar. Todo como si lo hubiera vivido de primera mano. El prólogo arranca con el supuesto islamista explicando que el Daesh les proporciona «muñecos» con reproducciones de órganos para que puedan ensayar «cómo clavar el cuchillo, decapitar o rajar a la víctima».

Su bautizo como asesino de un hombre «vestido con un mono naranja» también lo detalla gráficamente: «La sangre estaba caliente y salió disparada en todas direcciones. Tuve que acuchillarle muchas veces. Luego lo subimos a una cruz y le dejé el cuchillo clavado en el corazón».

A buen seguro que un relato tan escalofriante es muy difícil de contrastar. Pero es que durante las entrevistas de audio hasta la propia Callimachi expresa sus dudas sobre la veracidad de la fuente hasta que, finalmente, aparenta estar convencida.

La respuesta inicial del «NYT» fue aseverar que la información estaba «muy contrastada por diversas fuentes de Inteligencia». Con el paso de los días, tanta certeza se ha ido arrugando y acaban de anunciar que han encargado a un equipo especial del diario revisar el podcast de arriba a abajo.

¿Y qué ha dicho Callimachi? Por el momento, solo se ha manifestado en Twitter. Ha explicado que las «dudas» sobre el testimonio del canadiense siempre estuvieron ahí. Es más, que sostienen la «tensión» de la narrativa. Una justificación que suena tan pobre como incongruente. Sobre todo para los millones de personas de todo el mundo que se han bebido su información como verídica.

Ahora que se ha abierto la veda contra la periodista, cuestionada en el pasado por su sensacionalismo y sus métodos de trabajo, algunos de sus colegas han aprovechado para hacer leña del árbol caído.

Amparado en el anonimato, uno de ellos ha declarado a un periódico de la competencia: «Si Rukmini te dice que hace sol, más vale que salgas a la calle a comprobarlo». Pero hay acusaciones más graves. La familia del periodista freelance James Foley ha denunciado públicamente que Callimachi les chantajeó tras la decapitación del reportero. Si no le daban una entrevista, les amenazó, contaría los detalles de su muerte y las torturas a las que fue sometido. Finalmente, accedieron a la coacción y la periodista de origen rumano “terminó publicando los detalles igualmente”. Poco le importó el enorme dolor causado a los Foley.

Otra de sus prácticas ampliamente criticadas era la incautación del material que encontraba de los terroristas en Siria e Irak. Su modus operandi era el siguiente: seguía a las tropas aliadas que combatían al Estado Islámico y, una vez que los islamistas huían o eran apresados, entraba en las viviendas y se llevaba toda la documentación que dejaban tras de sí. Una información valiosísima para un periodista, sin duda, pero también para las causas judiciales contra los terroristas. Por ese motivo ha sido acusada de “colonialismo” de parte de los Gobiernos árabes que pretenden encausar al Daesh por su actividad en su territorio.

Ahora queda por ver cómo sale Rukmini de esta, si renace de sus cenizas o adopta un perfil, digamos, más bajo. No es la primera ni la última periodista que se enfrenta al escrutinio de la profesión. Pero será una marcha indeleble para “The New York Times”, un rotativo que ha hecho del rigor y la verdad su marca estrella en unos tiempos en los que las “fake news” nos inundan.