Desierto democrático

Diez años después de las primaveras árabes, no hay rastro de libertad ni de progreso social y las esperanzas de un cambio se han esfumado

OleaLa Razón

La agente de Policía que confiscó el carrito de fruta de Mohamad Bouazizi el 17 de diciembre de 2010 porque, oficialmente, no tenía licencia para vender, pero, en realidad, quería extorsionarlo sigue patrullando las calles de Sidi Bouzid, en el interior de Túnez. Diez años después de que el joven vendedor ambulante se rociase con gasolina para protestar por el último acto de indignidad y encendiese la chispa de unas revueltas sociales que terminaron con cuatro dictadores de la región, en Sidi Bouzid da la sensación de que el tiempo se ha detenido.

La mujer policía sigue con su placa desalojando a los jóvenes vendedores sin licencia. En Túnez el problema no son los vendedores ambulantes sino la falta de oportunidades para los jóvenes. Desde que Mohamad Bouazizi se quemase a lo bonzo en 2010, el número de inmolaciones se ha triplicado y «el aumentose ha mantenido hasta el 2020», relata a Ap el doctor Mehdi Ben Khelil del Hospital Charles Nicolle de Túnez, que estudia este fenómeno. No hay cifras oficiales pero se estima que sólo en este año se han cometido 62 suicidios en el país árabe. Las cifras son suficientemente ilustrativas y sorprenden porque se producen en el país que quizás sea el más ejemplar de los que protagonizaron la denominada Primavera Árabe o, por lo menos, el único de los cuatro en el que la democracia ha logrado abrirse camino con un islamismo moderado pero incapaz de situar a Túnez en la senda del progreso y de la prosperidad económica.

La vuelta del «hombre fuerte»

En Egipto, la revolución de la plaza Tahrir consiguió derrocar a Hosni Mubarak, símbolo de las repúblicas árabes, después de 30 en el poder. La experiencia traumática de los Hermanos Musulmanes de Mohamed Morsi derivó en un golpe de Estado en 2013. Desde entonces, el general Abdelfata Al Sisi gobierna el país con puño de hierro. Los autócratas árabes han aprendido la lección que dejaron las revueltas sociales y aplastan cualquier resquicio de pensamiento crítico. La primavera democrática alumbró un otoño islamista, primero, y un invierno yihadista, después.

Alarmada por este ciclo de inestabilidad, la comunidad internacional ha optado por tolerar la figura del «hombre fuerte» en el Norte de África y Oriente Medio a cambio de su compromiso en la lucha contra el fundamentalismo y el terrorismo extremista. Para el director del programa de Oriente Medio en el Carnegie Endowment for International Peace, Michele Dunne, se trata de «un trato cínico y cortoplacista, pues, a la postre, los autócratas alimentan el extremismo mediante una represión brutal». «No le corresponde a Occidente llevar los derechos humanos y la democracia al mundo árabe, pero tampoco debemos participar para obstruirlos, como lo estamos haciendo ahora al apoyar a los ’'hombres fuertes’' y venderles armas», lamenta este veterano investigador norteamericano. El caos en Libia, Siria y Yemen mutó en guerras civiles sangrientas. Conflictos que trascendieron a sus propias fronteras y atrajeron a las potencias extranjeras que no querían ver cómo sus enemigos se atribuían victorias sobre el terreno. Probablemente, el caso más paradigmático sea el de Siria. El presidente, Bachar al Asad, ha aplastado la revolución pero reina en un país en ruinas. El rais árabe se ha convertido en un apestado sostenido por Rusia e Irán.

Libia descendió al infierno tras la espeluznante muerte de Muamar al Gadafi. Actualmente está dividida en dos (o tres si contamos a las milicias de Misrata). En un bloque está el Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN) de Trípoli, reconocido por Naciones Unidas, y en otro, el general Jalifa Haftar que actúa como un «señor de la guerra» y controla gran parte del territorio. Ankara protege a GAN y Moscú guarda las espaldas de Haftar. En Yemen el levantamiento de los hutíes instigado por el derrocado Ali Abdula Sale y la intervención de Arabia Saudí para evitar que las milicias iraníes (detrás de los rebeldes hutíes) tomaran el control de su vecino ha provocado la peor crisis humanitaria del planeta.

Primera ola

Con todo, la elección binaria entre el autócrata árabe o la oposición islamista no puede satisfacer las demandas de los jóvenes que representan el 60% de la población en el mundo árabe. La incapacidad de que arraigase la democracia en Oriente Medio aumentó la sensación de derrotismo. Frente a este pesimismo, Michele Dunne recuerda que «como ocurre con otras partes del mundo, la democracia no puede surgir de la noche a la mañana en los países árabes. Lo vemos ahora echando raíces en Túnez y, hasta cierto punto, en otros países como Irak, Líbano y Kuwait. Occidente debería utilizar cualquier influencia que tenga para presionar por las libertades de expresión y asociación en los países árabes, de modo que estas sociedades puedan encontrar sus propios caminos». Precisamente la falta de una prensa libre y de instituciones independientes en el mundo árabe lastra las opciones de que florezca la democracia.

«La Primavera Árabe no fracasó; fue simplemente la primera ola de un período muy largo de varias décadas de agitación y transformación en esta región. Los historiadores lo comparan con 1848 en Europa. Recuerde cuánto tiempo le ha llevado a Europa, América Latina y Asia evolucionar de la autocracia a otros sistemas de gobierno representativos», reflexiona el investigador en Oriente Medio. El levantamiento democrático de 2011 fue probablemente el germen de las revueltas de Argelia, Irak, Líbano y Sudán en 2019. Los resultados en esta segunda ola siguen siendo insuficientes, pero quizás como defiende Michele Dunn sea cuestión de tiempo. Veremos.