Raúl Castro se retira y deja una Cuba sumida en una profunda crisis

Dice adiós a la dirección del Partido Comunista y lega el poder a una nueva hornada de burócratas que tendrá que hacer frente al colapso de la economía y las demandas de apertura.

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Raúl Castro cede el timón. Como estaba previsto, el anciano general anunció este viernes que abandona su cargo de primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC), con lo que pasará definitivamente a un segundo plano y una nueva generación de dirigentes tomará el relevo de la vieja guardia de guerrilleros revolucionarios que, liderados por su hermano Fidel, impusieron el socialismo en la isla hace ya más de 60 años.

Fue en su intervención ante el VIII Congreso del PCC, iniciado el viernes en La Habana, donde Castro dijo: «Concluye mi tarea como primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba con la satisfacción de haber cumplido y la confianza en el futuro de la patria». Aunque, al más puro beligerante que patentó Fidel, declaró que «mientras viva» estará «listo y en el estribo para defender a la patria, la revolución y el socialismo», pocos dudan de que a sus 89 años. Éste será su adiós definitivo.

Aunque la nomenclatura comunista cubana se caracteriza por su opacidad, todos los pronósticos apuntan a que su sucesor en el cargo será el presidente Miguel Díaz-Canel. Sería, pues, la culminación de una operación para una sucesión política a largo plazo iniciada ya en 2019, cuando Díaz-Canel asumió los cargos de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, las dos instituciones principales en la Cuba castrista. Raúl se mantuvo como primer secretario del Partido, tutelando los primeros pasos de su sucesor, que se ha comportado hasta la fecha como fiel delfín y ha dado sobradas pruebas de su intención de mantener a Cuba bajo la más estricta ortodoxia comunista.

Vistas la retórica y las decisiones de los últimos años, cuesta imaginar que la jubilación definitiva de Castro vaya a significar la más mínima apertura para los cubanos, aunque sí un cambio en el estilo de liderazgo y en el proceso de toma de decisiones en la cúspide del Estado. Si en vida de Fidel Castro, su voz era ley gracias a su carisma y prestigio, heredados a su muerte, por su hermano, Díaz-Canel, miembro de una generación que no participó en la lucha que derrocó a Fulgencio Batista, no contará con esas bazas y le requerirá más energía y tacto forjar acuerdos en la élite gobernante.

La apuesta por la continuidad es clara, por más que se multipliquen las muestras de descontento entre la población. Emilio Morales, presidente del centro de análisis Havana Consulting Group le dijo a Efe que «no es una transición política, es un traspaso burocrático del poder a una figura que seguirá recibiendo órdenes de la cúpula mafiosa militar que controla» el país.

Y, mientras tanto, ese país sigue sufriendo. Si los ingresos del turismo fueron durante décadas el balón de oxígeno al que se aferró una «revolución» quebrada, la pandemia de covid los eliminó por completo, dejando la economía de la isla en una situación crítica que empujó al Gobierno a liberalizar la economía con medidas sin precedentes, como la apertura de la mayoría de actividades profesionales a la iniciativa privada y una reforma monetaria que supuso la supresión de una de las dos monedas.

Como advirtieron muchos expertos, esas medidas han provocado un «shock» inicial que ha disparado la inflación y endurecido las condiciones de vida de una población acostumbrada a la escasez. Todo ello ha provocado una nueva ola migratoria, aún por cuantificar, y ha alentado manifestaciones de protesta con pocos precedentes en un país normalmente bajo el control absoluto de sus servicios de seguridad, especialmente por el Movimiento San Isidro, un colectivo de artistas que se ha hecho fuerte en la Habana vieja y se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para las autoridades, irritadas con su repercusión internacional.

De todo eso se habló poco en el cónclave del Partido. Por más que su Gobierno haya aprobado reformas que siempre se quedaron lejos de satisfacer las expectativas de los cubanos que sueñan con trabajar y emprender, Castro reafirmó ante los aplausos unánimes de los congregados que el socialismo y la producción centralizada son los únicos caminos posibles para Cuba. El suyo es ya el de una retirada inexorable hacia el juicio de la historia.