El chavismo ya no convence a los venezolanos

El tirón electoral de Maduro ha caído en picado en las urnas, pero la división de la oposición le mantiene en el poder

El voto chavista es minoría, aunque organizada y unificada. La oposición es mayoría, pero dispersa y dividida
El voto chavista es minoría, aunque organizada y unificada. La oposición es mayoría, pero dispersa y dividida FOTO: T. Nieto

El «mejor sistema electoral del mundo», como defiende el chavismo al venezolano, no ha dado resultados definitivos de la elección regional en ese país después de casi una semana. Y los que tiene tampoco los ha divulgado de manera correcta y completa. No obstante, desde que se anunció el primer boletín de resultados parciales la noche del domingo 21 de noviembre algo fue evidente: los votos que Nicolás Maduro y sus aliados logran reunir son cada vez menos. Esta vez, de hecho, es el número más bajo en su historia.

El voto chavista es minoría, aunque organizada y unificada. La oposición es mayoría, pero dispersa y dividida. En esta oportunidad, la alianza oficialista obtuvo 3,7 millones de votos de los cuales casi el 90% estuvo concentrado en la tarjeta del partido PSUV, fundado por Hugo Chávez. El resto fue aportado principalmente por Tupamaro, un movimiento radical de base.

Todo ello a pesar del inmenso gasto en recursos públicos dedicados a movilizar votantes para el chavismo, los desequilibrios de campaña y hasta el control social que registró la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea en su informe preliminar, consistente con las maneras habituales de actuar del oficialismo.

La erosión de votos del PSUV lo ha convertido en la primera minoría, ciertamente la más organizada y unificada. Pero en el camino ha ido cayendo en respaldo popular de manera acelerada. No solo es un contraste con los tiempos en que Hugo Chávez convocaba a más de ocho millones de electores a votar por él, sino que incluso comparando con las elecciones regionales de 2017 y ya con Maduro en el poder la pérdida de apoyo se cuantifica en casi 1,9 millones de votos menos. Desde aquel 2012 con respecto a 2021, el chavismo perdió el 48% de sus votos en los estados más urbanos, y 51% en las entidades más rurales.

Por si fuera poco, en esta oportunidad por primera vez la disidencia del chavismo se presentó por su cuenta. En los últimos años han surgido críticas y rupturas dentro del oficialismo que condujeron al nacimiento de la Alianza Popular Revolucionaria, una coalición que condena la manera de gobernar de Maduro. Pero el PSUV no admite traiciones. Por eso intervino judicialmente a cuatro partidos y condenó a sus simpatizantes a refugiarse en la tarjeta del Partido Comunista de Venezuela, que finalmente obtuvo casi 165 mil votos.

La oposición se presentó a estas elecciones dividida, pero sumar todo el voto no chavista arroja que más de 4,6 millones de personas. Los adversarios de Maduro son mayoría evidente, aun con una alta abstención de 58%.

El mapa electoral venezolano en términos de gobernaciones quedó dominado por el rojo. La oposición se hizo con tres gobernaciones, de las 23 en disputa, y aún pelea la de Barinas. El resto terminó en manos del chavismo, con al menos 10 estados determinados por la presencia de dos candidatos opositores que dividieron el respaldo electoral y perdieron.

El mapa municipal es otro. Allí el chavismo ganó 205 de las 335 alcaldías del país, y sus adversarios de distinto signo pasaron de 26 ayuntamientos a 112, con el resto aún por determinarse.

Los estados llaneros de Venezuela han sido considerados territorios chavistas durante dos décadas. La imagen de Hugo Chávez a caballo ha marcado buena parte de esa narrativa. No obstante, 2021 marcó un hito: el oficialismo obtuvo sus peores resultados en más de una década. Aún no se ha declarado el ganador en el estado llanero de Barinas, donde nació Chávez y donde su familia se ha convertido en una casta que durante 20 años ha mantenido el gobierno regional, primero con su padre y luego con su hermano Argenis, quien optó a la reelección. Inesperadamente la oposición allí, a pesar de la división, está por ganarle.

Lo mismo ocurrió en Apure, donde la oposición sacó más votos pero la división la hizo perder por un margen mínimo. Lo mismo ocurrió en Guárico. Mientras, en Portuguesa ganó el PSUV pero con una disminución brutal de su caudal electoral en 40%.

En cambio en Cojedes el candidato opositor Alberto Galíndez se hizo con el triunfo en un territorio donde el oficialismo jamás había perdido, siendo además la tierra donde nació Cilia Flores, la esposa de Nicolás Maduro.

En el chavismo los resultados con agridulces, y comienza a notarse. Nicolás Maduro dijo la noche del 21 de noviembre: «Tremenda victoria nos regaló el pueblo, vamos a garantizar con nuestro trabajo un destino grande y poderoso para construir juntos la nueva prosperidad». Pero ver los números debe haberle causado preocupación pues su fuerza electoral quizá no alcanzaría para garantizar un triunfo en un escenario electoral nacional. En Venezuela hay nuevas presidenciales en 2024.

No en vano el primer vicepresidente del PSUV, Diosdado Cabello, advirtió el miércoles 24 de noviembre en televisión que, a la vista de los resultados electorales, había que cambiar la forma de gobierno. «Claro que tenemos que revisar. Y no solo vamos a revisar sino que debemos cambiar la forma de gobernar», dijo Cabello, visto como el número dos de la revolución. Fue él y no Maduro quien asumió la campaña electoral, visitó todos los estados y alzó la mano a candidatos a las gobernaciones del PSUV.

El politólogo Andrés González pide prudencia en los análisis. Dice que no es tan simple como pensar que como los votos de A y B son mayoría, si se unen podrán vencer a C. El experto sostiene que hay opositores tan peleados con otros que no hay transferencia posible de apoyos.