Las viudas de la guerra: «Tenía su código de honor y quiso defender su patria»

El Gobierno ucraniano no revela la estadística de los soldados muertos en batalla, pero las historias de Inna, Iryna y Natalia se replican en las redes sociales

La viuda del soldado voluntario Oleksandr Makhov, de 36 años, conocido periodista ucraniano, asesinado por las tropas rusas,  llora sobre su féretro en la catedral de San Miguel de Kyiv
La viuda del soldado voluntario Oleksandr Makhov, de 36 años, conocido periodista ucraniano, asesinado por las tropas rusas, llora sobre su féretro en la catedral de San Miguel de Kyiv FOTO: Efrem Lukatsky AP

Ser la mujer de un soldado no es una vida fácil. Es una relación a distancia con muchas complicaciones, reencuentros cortos, en algunos casos un “+” (el mensaje “de acuerdo” en el lenguaje militar) o un mensaje “estoy vivo” cada dos tres días, una ansiedad y preocupación cuando está en las zonas sin cobertura. Es una vida llena de meses de esperas, oraciones y una esperanza permanente de que la pareja vuelva algún día a casa. Pero a veces estas esperanzas no están destinadas a hacerse realidad.

La guerra se ha convertido en una experiencia emocionalmente dura para muchos ucranianos: perder la casa, la patria, la rutina o el trabajo… A algunos la guerra les ha quitado mucho más. El hijo, el hermano o la pareja. El Gobierno de Ucrania no revela la estadística sobre los muertos en la guerra, pero las redes sociales se han llenado con miles de mensajes cortos sobre velatorios con las fotos de los soldados. ¿Qué hay detrás de estos mensajes? En muchos casos son cartas e historias de amor perdido.

“Hoy es tu cumpleaños. Irónicamente, es la primera vez que elegí un buen regalo de antemano. Propuse el finde ir al centro comercial para comprar los zapatos deportivos para probarlos, pero te burlaste de mí. Hasta el último momento creía que llegaríamos a Lisboa, vamos a caminar allí, comer los pasteles de nata, y te enseño el fin del mundo”, escribió Natalia en su instagram a modo de dedicatoria a Eugeniy, que debería cumplir 28 años.

En una entrevista Natalia comenta que estuvieron unos siete años juntos. Se conocieron en la Universidad Politécnica de Kiev. Apenas cumplieron su aniversario de dos meses, el compañero de Eugeniy murió en la guerra, por eso, decidió apuntarse a Azov… Propuso terminar las relaciones porque hacerla esperar no le parecía justo, pero Natalia “ya estaba perdidamente enamorada”.

Luego vinieron tres años de relaciones por Telegram, el tren “Kiyv-Mariupol”, los hoteles y pisos alquilados donde “se amaron para muchos meses que venían”. “Es muy simbólico que Mariupol también esté completamente destruido”, comenta Natalia. Cuando volvió de Donbás, les costó olvidar la vida en guerra. Pero el último año ya tuvo un trabajo estable, estaba muy ilusionado con nuevos proyectos, compraron un piso, casi terminaron la reforma y planearon ir juntos de viaje a Portugal en abril.

“Todo iba tan bien y éramos tan felices. A veces me decía que tuvo un presentimiento raro, como que no podría ser todo tan perfecto en la vida y debería pasar algo”, comenta Natalia.

El 24 de febrero ocurrió lo que tanto temió. El último recuerdo de Natalia fue que Eugeniy, muy tranquilo y seguro, no quiso esperar en el atasco en Kyiv, se cambió sus zapatos militares en el coche, y le dio un beso a ella y a sus padres. “Me culpo a veces. Creo que debí frenarlo, pero no fue posible. Tenía su propio código de honor y quiso defender la patria”, dice Natalia.

Eugeniy estuvo entre los soldados que defendieron a Kyiv. El 3 de marzo no estaba conectado y Natalia empezó a preocuparse, así que escribió a su compañero. Horas más tarde sus colegas le dijeron que estaba gravemente herido, no hubo manera de llevarle y tuvieron que dejarle en un hotel en Bucha. Un mes Natalia pasó buscando a su novio sin perder la esperanza, aunque ya presentía que no estaba vivo. Cuando liberaron Kyiv, encontraron a Eugeniy, que murió por una pérdida de sangre. Natalia todavía no puede creer que “su amor no funcionara como un escudo mágico”.

Desde que Eugeniy murió Natalia dice que está todo el rato caminando, sin parar, porque “cuando está ocupada se distrae un poco”.

“Me hice un tatuaje, una línea por toda la mano hasta el corazón. A veces parece que me vuelvo loca: la miro para comprobar que sigo teniéndolo. Quiero que todo esto no sea una realidad”, dice Natalia y añade: “Eugeniy siempre ha sido muy bueno y muy correcto. Ni siquiera cruzábamos la calle con la luz roja. ¿Por qué el destino ha sido tan injusto?”

Iryna

Creo que ya no saldré de aquí. Si me pasa algo recoja a Iryna en el hospital de maternidad”, escribió Yaroslav, un soldado de 24 años, a su hermano. Iryna, su esposa de 22 años, embarazada de siete meses, dice que los últimos días Yaroslav hablaba como si no hubiera pasado nada “pero su voz le estaba delatando”, y no hubo manera de “hacer las llamadas más de 10 minutos por los tiroteos constantes”. En el año 2019 firmó un contrato con las tropas de asalto aerotransportadas. Estuvo dos veces en el Donbás, e incluso obtuvo la Orden del Valor por ayudar a sus compañeros a salir de la trampa y salvarles la vida.

Decía que estaba luchando por el futuro libre de sus hijos. El contrato expiraba el 2 de junio y estaba deseando recoger a Iryna con su bebé desde el hospital de maternidad. Pero, el 2 de mayo murió en el este de Ucrania como consecuencia de un bombardeo de artillería. Recibió una lesión potencialmente mortal: un fragmento rompió la arteria carótida.

“La última vez que hablamos con él me dijo: cree en mí, y todo saldrá bien. No me lo decía pero muchos de sus compañeros ya estaban muertos. Estuvo en el centro del infierno”, comenta Iryna.

Iryna y Yaroslav estuvieron muy poco juntos, unos 8 meses, pero su relación fue muy rápida. El tercer día ya empezaron a salir juntos, y al mes y medio ya le pidió la mano.

“Nuestro Yaroslav ha sido un sol para nosotros, siempre sonreía y nunca se quejaba. Nos conocimos a través de un amigo común, y el primer día que nos vimos, algo en nuestros corazones nos hizo ver que era un alma gemela“, confiesa Iryna, que añade que “fue un amor tan sincero, tan fuerte, que simplemente no se puede expresar con palabras. Iryna está convencida de que gracias a Yaroslav sintió el amor verdadero”.

Inna, 48 años

Inna, 48 años, es una voluntaria de Gulai Polé, un punto estratégicamente importante que ahora están defendiendo los soldados ucranianos. A 17 kilómetros de ellos están ya las tropas rusas. Según Inna, en vísperas del 9 de mayo, el ejército ruso lanzó 20 cohetes contra una ciudad bastante pequeña (antes vivían solo 20.000 personas). Los soldados ucranianos están allí a muerte, porque el avance ruso permitiría no solo acercarse a Zaporiyia pero al mismo tiempo abriría otro camino hacia Donbás. Pero Inna no tiene miedo y lleva desde el arma hasta la comida al frente. Tras evacuar a su familia y sus nietos, dejó las llaves de su casa a los soldados: “Todo lo que encontrais es vuestro”. Para ella, ayudar al ejército ucraniano se ha convertido en la vocación y el objetivo de su vida.

Para Inna la guerra empezó en el año 2014, cuando su marido decidió ir a la guerra. El creía que “a un hombre la guerra en su país tiene que pillarle con un Kalashnikov en las trincheras, no en calzoncillos en su casa”. Tras 20 años juntos le pidió apoyarlo en su decisión, y a ella “no le quedó otra opción”. Ese año hizo la primera compra para el ejército.

“No teníamos mucho dinero. En el ejército ucraniano faltaba de todo, incluso más que ahora. Tengo una pensión por discapacidad ya que soy asmática pero no me llegaba para ayudar a mi marido. Tenía unos pendientes de oro y fui a la casa de empeño. Así que compré unos auriculares tácticos para el”, comenta Inna.

Según Inna, lo peor en la vida de una mujer de un soldado son los momentos cuando escucha de su pareja que “en los próximos días no habrá cobertura” o cuando se está despidiendo. Vadym se despidió dos veces y le dije que la amaría siempre.

“Si mi amor pudiera protegerte vivirías eternamente. Pero no ha sido suficiente”, escribió Inna en 2019 en su Facebook. Vadym era el artillerista, junto con su equipo estuvieron distrayendo al enemigo mientras los exploradores hacían su trabajo. Le llamaron “Avispa” porque siempre “picaba” con precisión.

“Pensamos encontrar nuestra vejez juntos, pero ahora sé que la pasaré sola. No he superado su muerte todavía: no me ayudan ni psicólogos, ni nadie. Con 46 años me hice mi primer tatuaje con un ángel y puse Avispa. Cada vez que voy al frente me siento más cerca a él”, comenta Inna.