Europa

Las heridas abiertas en la liberada Jersón: los prorrusos revelaban dónde vivían los soldados ucranianos

Durante los meses de ocupación, los colaboracionistas vendían a los rusos la ubicación de las posiciones del Ejército ucraniano por 15 euros

La maestra Halyna Chistyakova reacciona mientras abraza a Serhii Shlynka, un ex soldado ucraniano, al encontrarse por primera vez después de que el ejército ucraniano recapturara Jersón
La maestra Halyna Chistyakova reacciona mientras abraza a Serhii Shlynka, un ex soldado ucraniano, al encontrarse por primera vez después de que el ejército ucraniano recapturara Jersón FOTO: ROMAN PILIPEY EFE

“La población prorrusa” es uno de los temas que provoca un gran dolor para la mayoría de los ucranianos, ya que la defensa de esa misma población fue uno el motivo que usó la propaganda del Kremlin para invadir Ucrania. Los testimonios de personas que viven en zonas ocupada muestran que los soldados rusos también estaban convencidos de que estaban liberando a la población del “régimen nazi de Zelenski”.

La realidad era otra: la gente que habla ruso en los territorios históricamente considerados prorrusos salió con las banderas ucranianas. Las grandes manifestaciones de gente sin armas contra los tanques y los soldados con kalashnikov convirtió a Jersón en uno de los símbolos más emotivos de esta guerra. Las urnas vacías y la ausencia de colas durante los referéndums fue una de las muestras claras de que la gente no tenía muchas ganas de unirse a Moscú.

Cuando paramos a una de las familias en las calles de Jersón y les preguntamos sobre su participación en el referéndum de independencia orquestado por Rusia, escuchamos una rotunda negativa. El hombre, de unos 50 años, contestó: “Para que lo entendéis, no hubo ni coches en las calles, no salimos ni a comprar comida para que no aparezcan las imágenes en la tele propagandista”.

Un activista de la la organización Cuerda amarilla explicó que ellos estaban grabando a la gente que salía de los sitios de votación y que gracias a un programa de reconocimiento facial consiguieron detectar los que estaban votando dos o tres veces. Sus activistas distribuyeron información animando a la gente a ignorar la distribución de los pasaportes rusos en la ciudad.

“¿Para qué sirve el pasaporte ruso? Para meterlo debajo de la mesa para que no se mueva”. “Con un referéndum no se cambia la patria”, dice uno de los folletos en la mesa de una de las cafeterías de la ciudad. Ahora es uno de los pocos rincones de Jersón que da la sensación de cierta normalidad. Aquí se pueden cargar los móviles y conectarse a través de Starlink. Las pancartas de la “Cuerda amarilla” están pegadas también en la puerta del local. La organización cuenta hoy con 3.000 activistas que resisten de una forma pacífica a la ocupación rusa. Algunos de ellos acabaron en “el sótano”, una cámara de torturas, debido a su posición pro ucraniana y por distribuir la información entre la población.

Sin embargo, después de la liberación de las tierras que fueran ocupadas surgió la pregunta del destino sobre los colaboradores del gobierno instalado por Rusia. Al salir de Jersón, el ejército ruso empleó la táctica de “la tierra quemada”, por eso, las ciudades y pueblos están al borde de una catástrofe humanitaria: la gente pelea en las colas por los paquetes de ayuda y cocinan a fuego abierto. Los soldados rusos que están por el lado del río Dnipro lanzan ataques de una forma regular. La guerra se siente y se vive a pesar de las celebraciones por la liberación de la ciudad.

Por eso, las preguntas sobre los colaboradores o la gente prorrusa provocan indignación y hostilidad. Las heridas en las zonas desocupadas están abiertas y vivas, entre ellos, las historias sobre los vecinos que delataron a sus compatriotas pro ucranianos durante la ocupación y revelaron los lugares donde vivían los ex soldados con sus familias. Vendían las posiciones del ejército ucraniano por unos 15 euros. La gente pro ucraniana acababa en los sótanos, era torturada, matada o desaparecía de una forma misteriosa. En los pueblos y las ciudades pequeñas, a pesar de la ausencia de conexión, la gente a través de “radio patio” pasaba los nombres de los colaboradores. Los habitantes de los pueblos relataron que pasaron información sobre todos los colaboradores que había a los Servicios de Inteligencia ucraniana, que ya se encarga de la verificación de los datos.

Mientras a los colaboradores enfrentan su responsabilidad jurídica si se confirma su ayuda al gobierno de ocupación, la gente prorrusa o indiferente prefiere evitar las conversaciones sobre la guerra y no manifestarse, aunque los servicios de seguridad de Ucrania dicen que no meten a la cárcel a la gente “por tener ideas”.

Después de la liberación de la región de Jarkov, una mujer que pidió no revelar su nombre intentó sacar a su madre de la zona de la ciudad de Kupyansk. La mujer, de 80 años, es una de las rusas étnicas que vivían desde hace mucho tiempo en este lugar. La ciudad estaba cubierta bajo el fuego constante, y los voluntarios estaban intentando rescatarla. A pesar de sus esfuerzos, la mujer se negaba a salir de su casa y lo hizo solo cuando vio el video con su hija porque estaba segura de que en Kyiv la pueden matar. Sus vecinas que se fueron a la capital ucraniana trataron de comunicarse con los soldados rusos, pero algunos de ellos eran de las regiones en las que no dominaban el idioma y en las pancartas ponía: “No os acerquéis, no hablamos ruso, vamos a disparar”. Cuando los soldados rusos se fueron de la ciudad “se sentían traicionados”, porque no podían entender cómo estos soldados que habían trasladado a sus familias a los edificios y habían convivido con ellos durante meses, a algunos les parecían hasta “majos”, luego destruyeron por completo casi toda la ciudad.

Sin embargo, según afirman varias fuentes, la gente que tiene la posición activamente prorrusa prefiere salir de Ucrania, tanto de Jersón, como de otras tierras liberadas. En junio en el tren “Kyiv-Zaporiyia encontramos a una mujer de unos 40 años que afirmó que estuvo en Bucha durante la ocupación y fue una de las testigas de las atrocidades cometidas. Esa afirmación les chocó a los vecinos del tren. Es de Crimea y un mes antes de la guerra fue a visitar a su hija a Bucha. No negó el hecho de las atrocidades cometidas pero añadió que los soldados rusos no tenían otra opción. Según ella, en Ucrania estaban construyendo las bases de OTAN y los laboratorio químicos desde el año 2014 y Putin estaba obligado a actuar. Los argumentos de sus vecinos sobre las mentiras de la propaganda rusa no fueron capaces de convencerla.