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El segundo bautizo de Macedonia

El Estado balcánico decide hoy si pone fin a 27 años de conflicto con Atenas, lo que le daría acceso a la UE y OTAN.

  • Una mujer pasa por delante de un cartel electoral en la capital, Skopje, en el que se pide el voto del «sí» para que Macedonia pueda entrar en la UE
    Una mujer pasa por delante de un cartel electoral en la capital, Skopje, en el que se pide el voto del «sí» para que Macedonia pueda entrar en la UE

Tiempo de lectura 4 min.

30 de septiembre de 2018. 00:36h

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Taylin Aroche - Roberto Herranz .  30/9/2018

Después de 27 años de independencia, Macedonia se dispone a cambiar de nombre. Tras casi tres décadas de conflicto con la vecina Grecia, el Estado balcánico saca hoy las urnas a la calle para comprobar si sus ciudadanos dan el visto bueno a la denominación pactada con Atenas, «República de Macedonia del Norte».

La disputa se remonta a 1991, con la desintegración de Yugoslavia y la creación de la República de Macedonia (conocida formalmente en organizaciones internacionales como la Antigua República Yugoslava de Macedonia). Atenas se opuso al nombre, esgrimiendo que la ex república yugoslava pretendía reclamar derechos territoriales sobre la provincia griega homónima. Además, Grecia sostiene que ese mismo nombre deriva del antiguo reino griego de Macedonia.

El acuerdo entre ambos países llega tras tres años de conversaciones estancadas, en los que cada uno trataba de solucionar sus problemas internos. En Atenas, Alexis Tsipras debía aprobar una nueva serie de políticas económicas para apaciguar a los mercados internacionales. Macedonia, después de meses de violencia en las calles y en el Parlamento, vio cómo, tras una década de monopolio del partido conservador, los socialdemócratas, con Zoran Zaev a la cabeza, consiguieron formar gobierno.

El momento era el idóneo y la aparente sintonía entre ambos mandatarios auguraba un buen final. El escenario elegido para la firma del acuerdo, igual de significativo que el momento histórico que se avecinaba, fue Prespa. En este paraje se unen dos lagos del mismo nombre que bañan tierras macedonias, griegas y albanesas. En julio, Zaev y Tsipras, flanqueados por la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, llegaron a un acuerdo: si los macedonios aceptaban agregar «Norte» a su nombre oficial, los griegos dejarían de bloquear su acceso a la UE y a la OTAN.

Poco más de un mes después, las papeletas con «sí» y «no» que hoy esperan a los 1,8 millones de ciudadanos llamados a las urnas, tratarán de resolver una pregunta a la que parece difícil negarse: «¿Apoya usted la integración en la Unión Europea y la OTAN al aceptar el acuerdo entre Macedonia y Grecia?». El nuevo nombre propuesto, «República de Macedonia del Norte» no aparece en la pregunta.

Las últimas encuestas auguran el triunfo del sí con alrededor de un 49% frente al 22% que lo rechazaría. Hasta un 16% de los encuestados declararon que no irían a votar, opción que puede jugar en contra de los partidarios del acuerdo, ya que se necesita al menos la mitad del censo para validar el resultado.

El presidente del Estado balcánico, Gjorge Ivanov, de la oposición conservadora, ha llamado públicamente a boicotear la consulta, alertando del «suicidio histórico» que supone para el pueblo macedonio. Aunque no vinculante, el referéndum busca, a ojos de Zaev, revestir de legitimidad democrática el trato con Atenas. El camino, sin embargo, pasa por un proyecto de ley que modifique la Constitución y sea votado por al menos dos tercios del Parlamento, cifra para la cual Zaev necesita 20 diputados de la oposición conservadora. Tsipras deberá ratificar de igual forma el acuerdo en el Parlamento heleno.

El tercer país en discordia es Rusia, que ve últimamente cómo la expansión de la OTAN socava su influencia en los Balcanes. Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, Moscú ha estado interfiriendo en la campaña del referéndum con millones de noticias falsas y con la creación en redes sociales de perfiles fantasma que llaman a boicotear la votación. Ya en junio, Atenas expulsó a dos diplomáticos rusos sospechosos de intentar torpedear las negociaciones del acuerdo. Mientras tanto, Zaev y Tsipras cuentan con el respaldo incondicional de las principales potencias europeas.

La influencia de actores internacionales, sin embargo, genera reticencias en muchos ciudadanos. «Es en lo que más estoy en desacuerdo, vienen a nuestro país a decirnos qué es lo mejor para nosotros, a decirnos qué es lo que debemos hacer», recalca visiblemente enfadado Davon, agente inmobiliario de Skopje. Aunque asegura que la cuestión del nombre no es lo relevante y no tiene intención de acudir a las urnas, también es consciente del momento histórico que vive el país: «Es algo que debemos resolver ahora, no podemos arriesgarnos a que el siguiente gobierno no quiera sentarse a dialogar y esperar otra legislatura».

Sólo el tiempo y las intrigas políticas de ambos países dirán si el cambio de nombre llega a fructificar, a pesar del más que probable respaldo ciudadano.

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