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Un ataque xenófobo al día en Alemania

Los episodios violentos contra refugiados en Heidenau no son un hecho aislado.

Se han registrado 252 asaltos en 2015

  • Estallido racista: grupos de radicales se dirigen a un centro de acogida de inmigrantes en Heidenau, Alemania
    Estallido racista: grupos de radicales se dirigen a un centro de acogida de inmigrantes en Heidenau, Alemania
Berlín.

Tiempo de lectura 8 min.

25 de agosto de 2015. 02:48h

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Berlín. 25/8/2015

Desde el comienzo de la crisis migratoria, Alemania registra episodios xenófobos violentos en varios puntos del país, que han aumentado escandalosamente desde el comienzo del presente año. El pasado fin de semana y durante tres días consecutivos, la localidad de Heidenau, al este del país, fue el escenario de manifestaciones dirigidas por unas 600 personas que protestaban sobre la llegada de inmigrantes a su localidad, convocados por militantes del partido de extrema derecha NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania).

Los manifestantes intentaron impedir el paso de los autobuses que llegaban con más de un centenar de refugiados para evitar que encontraran asilo en Alemania. En el violento episodio, se utilizaron armas como piedras, antorchas y otros objetos frente a un edificio que iba a convertirse en albergue provisional para refugiados. Durante el enfrentamiento, 31 policías resultaron heridos, uno de ellos de gravedad. Igualmente, este fin de semana ardió un edificio destinado a acoger a inmigrantes en la localidad de Baden Würtemberg, en el suroeste del país. Fuentes policiales declararon que no descartan en absoluto que se trate de un nuevo ataque xenófobo.

Sin embargo, estos hechos que han despertado la alarma en el país no son sucesos aislados. Desde el comienzo de 2015 hasta el mes de julio, se han registrado más de 252 de ataques xenófobos, extremistas y racistas de varios tipos, una cifra que asusta por haber experimentado un veloz crecimiento respecto al mismo periodo del pasado año, a razón de un asalto de estas características por día. Estos altercados van desde la distribución de propaganda calificada como contra la dignidad humana del extranjero–condenada por la legislación germana– hasta actos aún más preocupantes, como edificios destinados a acoger a refugiados que acaban consumidos por las llamas por razones xenófobas. Tras publicar el Ministerio alemán del Interior el miércoles que la cifra de solicitantes de asilo en Alemania ascenderá este año a 800.000, cuadriplicando los datos de 2014, se ha recrudecido el debate y los episodios de violencia han cobrado fuerza en varios municipios del país. Estos sucesos también hicieron reaccionar a los mandatarios alemanes. La canciller Angela Merkel lo cataloga como un gran problema para Europa, incluso por encima de la crisis griega. El portavoz de la jefa del Ejecutivo, Steffen Seibert, condenó públicamente los actos del pasado fin de semana. «La canciller y todo el Gobierno condenan de la forma más enérgica posible la violencia y la atmósfera agresiva hacia los extranjeros». «Es repugnante la forma cómo los ultraderechistas y neonazis intentan difundir su mensaje de odio alrededor de los centros de refugiados», añadió el portavoz.

La localidad de Heidenau, aún compungida por los hechos según las declaraciones de su alcalde, contó el lunes con la presencia del vicecanciller socialdemócrata y ministro de Economía Sigmar Gabriel, quien se desplazó hasta allí para conocer de primera mano lo ocurrido. «Los militantes de extrema derecha no tienen nada que ver con Alemania. Creen que representan a la verdadera Alemania, pero son todo lo contrario a un ciudadano alemán», apuntó el vicecanciller. Gabriel ya había condenado públicamente estos asaltos y reconoció que su país debía «cambiar drásticamente» la actual política de refugiados para afrontar el que ya considera «el mayor reto desde la reunificación».

Por su parte, el ministro del Interior, Thomas de Maizère, quiso contar con la población para frenar los ataques procedentes de grupos de ultraderecha y enfrentarse contra el racismo en el país. “A la vez que vemos una ola de gente que pide ayuda, registramos un aumento del odio, insultos y violencia contra los que buscan asilo. Esto es obsceno e indigno de nuestro país”, dijo de Maizière, que acompañó su discurso de solidaridad con una amenaza “quienes actúen así se enfrentan a todo el peso de la ley”. Sin embargo, de los 252 asaltos registrados en albergues para inmigrantes en lo que va de años, muy pocos han logrado esclarecer la identidad de los autores.gunas tiendas revolotean por el campo mientras una luz amarillenta baña los escombros. Son los restos del campamento improvisado de Idomeni, en la parte griega de la frontera con Macedonia. La Policía de ese país dejó pasar a unas 2.000 personas por ese punto a lo largo del día de ayer. A primera hora de la mañana un grupo espera sentado en la vía del tren, en el que se ha convertido en el paso principal –aunque ilegal– para miles de inmigrantes esta semana. Entre otros, Amil Hayouri, quien huyó de Siria tras la entrada del Estado Islámico en su ciudad. «Mis padres y mi hermana todavía están allí, no teníamos dinero para todos», asegura, para luego justificar que viene a Europa «para dinero y traerlos».

Un agente que custodia el paso les indica con la porra que se levanten. Es su turno. Amil se despide y camina cabizbajo por delante de las unidades policiales y del Ejército, que bromean al paso de los inmigrantes. El hombre sirio llevaba más de tres días durmiendo al raso en ese terreno en medio de la nada. A los que les queda fuerza levantan los dedos en señal de victoria. Luego tienen que caminar dos kilómetros hasta la estación de Gevgelija, la primera localidad macedonia tras la frontera. En los andenes se vuelven a formar aglomeraciones. Familias enteras esperando un tren que los lleve hasta su próximo destino: Serbia. Lawand Jarrah ha venido con su hermana, su primo y unos amigos. Este joven sirio cuenta las atrocidades del Estado Islámico: «Entran a las casas, roban, matan gente...(silencio)». Lawand no quiere pensar más en esa barbaridad. Como para muchos de los que esperan en esa vía, «el sueño es vivir en paz, tener un sitio seguro». Para el da lo mismo el lugar, «Noruega, , Holanda», aunque tiene claro que debe ser «un país del norte».

En esta pequeña localidad macedonia, los inmigrantes se han convertido en un negocio. Algunos han montado puestos de comida, tabaco y cualquier tipo de artilugio. Tres plátanos, cinco euros. Un precio que algunas familias están dispuestas a pagar para alimentar a sus hijos. A la estación también se acercan mafias –o directamente estafadores de poca monta– que pretenden aprovecharse de la desesperación de esos inmigrantes con la promesa de llevarlos hasta Serbia. LA RAZÓN ve cómo un hombre habla con un grupo de jóvenes sirios, agarra a uno por la mano repitiendo «Serbia, Serbia» y todo el grupo le sigue. Cuando se da cuenta de que vamos tras él, se encara con nosotros. La mayoría de esos apenas trasladan a esas personas hasta la frontera, sin pasarla, a un precio abusivo.

A diferencia de la semana pasada, cuando tan sólo custodiaban el recinto un puñado de agentes y los inmigrantes subieron al tren amontonados, ayer en la estación de Gevgelija se desplegaron varias unidades del Ejército. Tal y como prometió el Gobierno macedonio, al mediodía llegaron tres trenes para trasladar a los cerca de mil inmigrantes hasta Tabanovtse, en la frontera con Serbia.

LA RAZÓN acompaña a uno de los inmigrantes que trató de sortear el cordón policial a través del bosque. «Es la primera vez que lo intento», reconoce nervioso Waled Haouri, quien, en cambio, asegura que probó a llegar a Grecia en lancha hinchable hasta quince veces. Junto a él caminan su madre y sus dos hermanos, uno apenas un bebé de siete meses. «A mi padre lo mataron, no sabemos quién, y es cuando decidimos irnos. Ya no nos quedaba nada más que la muerte», narra el joven sirio sobre su ciudad, Alepo. Además, cuenta que

Protestas de refugiados en Milán

- Un centenar de inmigrantes, en su mayoría solicitantes de asilo que viven en uno de los centros de acogida de Milán, se manifestaron ayer para protestar contra las precarias condiciones del centro. Los inmigrantes abandonaron espontáneamente la sede del centro de la Cruz Roja en la localidad milanesa de Bresso y recorrieron las calles adyacentes, cortando el tráfico de algunas avenidas. Al volver al centro unas horas después, se produjeron algunos enfrentamientos inmigrantes y las Fuerzas de Seguridad italianas, sin que dejaran heridos.

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