Un día en (el averno) la vida de la mujer trabajadora

Según datos de Freedom & Flow Company, las mujeres de entre 30 y 45 años pasan una media de 11,8 horas al día estresadas de las 16 horas que están despiertas.

Sexo en Nueva York.
Sexo en Nueva York.

Es innegable que en Europa nos hemos desecho del arquetipo de la mujer relegada al cuidado del hogar, pero sin darnos cuenta hemos construido un estereotipo de (e s c l a v a multiusos) mujeres “todoterreno” forzadas a conciliar la vida familiar, la independencia económica y la realización profesional.

Esto ha hecho que habitemos un mundo condicionado por la falta de tiempo libre y un estrés que, a falta de soluciones urgentes, acabará (c o n el s e x o y LA ESPECIE) pasándonos factura a todos.

Para qué argumentar, amigos, los hechos hablan suficientemente claro. Les regalo la fotografía de un día en la vida de una madre trabajadora: mi vida.

7:45, despertador, llevo media hora escuchando a la mayor, Carlota, que entra a las 8. Desde mi primer bebé descanso híper alerta, entre el dormir y el aguardar a los Caminantes Blancos. Salto. En la siguiente hora, nos jugamos el buen funcionamiento del día y todo, depende de esta, su cronista de cabecera. Despierto a los pequeños y me dirijo a la cocina, donde pasan la noche los perros. Abro la puerta, saltan sobre mí, recojo sus camitas, relleno sus platos.

8.00. Preparo un desayuno, cada día diferente. Como madre bondadosa y eficaz procuro que sea sano, nutritivo, bajo en calorías, moderno y sobre todo apetecible, porridge de avena (lo odian), coctel de frutas de temporada (bueno…), barrita con aceite y tomate, yogur, pavo, quesos…

Pepe: Mamá, esto no sabe a nada.

_Hijo, ¿sabes la cantidad de niños que esta mañana no tienen nada que desayunar?

Pepe: Sí, y a esos niños les encantarían este desayuno, pero a nosotros ¡no!.

8.15. Llega Rosa, que odia el trabajo doméstico y lo hace fatal pero me impacta su historia, y por eso la conservo, mientras convalida su título en España y puede dedicarse a lo suyo; lo del hogar lo resuelve como lo haría yo con una botella de Jägermeister encima, o como si lo hiciera mi marido. Saludo y le doy las instrucciones del día (que olvidará en tres segundos porque le importan tres pimientos). Normal.

8.20. Enciendo el portátil junto a mis hijos que desayunan, se quejan y se pelean. Mis perros también desayunan y se pelean pero, por eso los amo, no se quejan.

8.25. Me siento, aún no he probado un sorbo de café, leo los 400 mails de cada jornada, recibo online los periódicos moderados y extremistas y las principales revistas y newsletters de actualidad, lifestyle, moda, belleza, chismes y, además, notas de prensa, presentaciones, peticiones, requerimientos...

_Mamá, ¿Cuánto falta para el autobús?

Miro la aplicación.

_¡4 minutos! _ Dientes, mochilas, abrigos. Grito mucho y como no soy Plácido Domingo pierdo muchísima energía y salud para que ambos estén a tiempo en la parada.

_Pepito, que no se te olvide el coche_ la noche anterior, hasta tarde, construyendo, pintando y barnizando un coche de madera para Arts, juntos.

¿Es posible trabajar y criar? La capacidad de la mujer de desarrollar muchas tareas de forma simultánea ha sido hasta cierto punto sobrevalorada por la sociedad actual pero cada una debe responderse a esa pregunta.

8,45. Aún no me he tomado el café ni he terminado los mails. Aparece mi marido perfumado, repeinado, tranquilo, pausado, después de acicalarse 45 minutos. Es la imagen del glamour y la despreocupación (El glamour es despreocupación). Se despide mientras tecleo como loca; tengo reunión en la otra punta dentro de 30 minutos y aun sin vestir.

Al teléfono:

Mamá: ¡qué guapo está tu Felipe!

_Guapísimo... ¿por qué los hombres envejecerán tan bien?

Mamá: hija, porque las mujeres llevamos toda la carga del mundo.

8.50. Corro al baño. Me ducho en dos minutos y me maquillo en otros dos. Llamo a los perros, me pongo el abrigo y me miro al espejo. Butler obedece, Paris se esconde bajo el sofá y me agacho con sombrero para atraparlo. Arrastro las medias por el suelo polvoriento. Lo pesco, correa y bajo con ambos. Suena el móvil, un cliente:

_Buenos días, X, ¿en qué puedo ayudarte?_ Saludo con máximo charme mientras recojo dos cacas blanduzcas de mi perro en un escorzo sólo realizable por una bailarina sobre dos estiletos.

Subo a los perros, bajo de nuevo, subo a un taxi.

_¿Por dónde la llevo?

_Por donde no tenga que girar nunca, amigo_ Me despinto las uñas, vuelvo a barnizarlas, mientras se secan contesto más llamadas, más mails.

Según datos de Freedom & Flow Company, las mujeres de entre 30 y 45 años pasan una media de 11,8 horas al día estresadas de las 16 horas que están despiertas.

9. 15. La reunión es positiva aunque suena mi móvil cuatro veces. Es mi hijo, no contesto; lo pongo en vibrador mientras sonrío al que me habla pensando que Pepito se ha roto ambas rótulas jugando al futbol o que unos delincuentes han raptado a su hermana.

10.00. En el taxi de vuelta:

_Mamá, tráeme el coche de madera, lo necesito a las 12, se me olvidó.

10.30. Recojo el cochecito de casa para levarlo al cole y aprovecho para llevar al veterinario (está cerca) al cachorro, que tiene cara de muerto. Máxima dificultad, tacones, bolso, portátil, caja grande con coche recién pintado y perro. Suena el móvil, diez o quince mil veces. Primer taxi, no me quiere, segundo tampoco. Pido Cabify para animales. Llego a tiempo, entrego el trabajo a Pepe.

11.14. Visita al veterinario.

El envejecimiento celular es una de las principales consecuencias físicas de mantener en el tiempo niveles de estrés elevado.

13.00. Ya en la oficina con mis chicas (en Globe Madrid sólo contratamos mujeres). Hasta las 17.00, sin pausa, comemos mientras escribimos. Me gusta mi trabajo. Es el momento más placentero y armonioso del día.

17. 30. Niños, merienda, organizo y coordino las actividades vespertinas mientras continuo trabajando en casa. Trabajo mientras van y vienen de extraescolares, mientras sí o no, lloran o ríen, mientras me besan y atormentan.

Al mantener constantemente niveles elevados de hormonas de estrés pueden aparecer dolores de cabeza, contracturas, problemas intestinales o cardiacos.

18.30. Trabajo, escribo y atiendo más llamadas mientras pongo lavadoras y secadoras, termómetros, cremas, coletas, cenas, mientras pongo inyecciones, vacunas, mientras pongo orden y concierto y corro mucho por delante del (más insoportable caos) tiempo, que siempre acecha.

20.00. Aparece mi marido, feliz, relajado.

_Hola, cariño_Dice con ganas de cháchara_ Hoy he comido un cocido maravilloso en un restaurante nuevo…

_Hola_ Digo tecleando tan concentrada como Kaspárov. Tengo que enviar el guión a la radio en tres minutos y arreglarme que me recoge el coche a las 20.30.

22.30. Regreso exhausta de la radio; he grabado dos espacios de tertulia y entrevistas, deseo que hayan cenado, hecho sus deberes, que se hayan duchado, lavado los dientes y que esperen con normalidad en pijama pero eso nunca, se lo aseguro, sucede. Lo que me espera es (una úlcera de estómago) imponer la ley y el orden (amenazas, chantajes y rudezas), como (una señora triste y agotada) cualquier madre trabajadora.

Entro en el salón; saludo a mi marido que disfruta del tercer capítulo de alguna serie.

_Hola mi amor, digo sonriente_ Me niego a parecer (fea) una señora triste y agotada.

_Estoy cansadísimo_ Dice bostezando.

23.00. Me encierro para escribir. La concentración necesaria para meterse en una novela es difícil; lo consigo, estoy dentro, casi me inspiro; abre la puerta alguno de mis hijos jodiendo pidiendo.

00.30. Felipe baja a los perros; me recuerda que es tarde. Nos vamos a la cama. Me duele todo el cuerpo. Escucho su respiración tranquila, efectiva; duerme satisfecho. Procuro relajarme; pienso en lo que tengo que hacer mañana.

1.00. Estoy espídica, los ojos como platos.

7.00. Carlota