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Café, cruasán y sapo

Tiempo de lectura 2 min.

24 de enero de 2018. 20:28h

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25/1/2018

Conservan los galicanos, los católicos de Francia recelosos con Roma, memoria de la conversión manu militari de muchos de sus compatriotas hugonotes –y el ajusticiamiento de los recalcitrantes en cien noches como la de San Bartolomé– en un residuo anticlerical feroz, exacerbado por la Revolución primero y luego por la III República. «Un bout de saucisson et un prêtre» (un trozo de salchichón y un cura), en efecto, dicen que desayunan todavía hoy los habitantes de ciertas regiones rurales del vecino país. El menú de la primera colación es variado, desde luego, y si allende los Pirineos gustan de zamparse un sacerdote por la mañanita, hay ciertos curros aquí en los que al café se le miga un batracio. Por ejemplo, tiene complicado hacer carrera política en Andalucía aquél a quien se le indigesten los sapos, porque frecuentemente se presenta la tesitura de tragarse uno en ayunas. Ni Susana Díaz, reputada por su fuerte carácter de matrona trianera, se ahorra tan poco apetitosa dieta: se plantó la presidenta (¡en un desayuno informativo!) para posar encantada junto a Pedro Sánchez, a quien la planta de maniquí no le resta ni un ápice de su condición anfibia, del orden de los anuros, a los ojos de sus compañeros meridionales del sector oficial. El beso de la bella Militancia, moza de quereres veleidosos, los convirtió en un príncipe azul pero a los ojos del susanismo sigue siendo el repulsivo bicho verde que ora croa por la España plurinacional, ora chapotea en la charca de los populistas. Pues a semejante sinsorgo debe rendirle pleitesía quien se soñaba sultana del PSOE para conservar sin demasiado sobresalto la baronía sureña. Ah, y con la dentadura en orden de revista, sonrisa profidén sin que se perciba el desprecio sideral por ningún resquicio.

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