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Vejer del Oasis

El pueblo gaditano, regido por un alcalde del PP, representa una isla de la derecha alrededor de un mapa de puños y rosas

  • El caso de Vejer es único. A las condiciones de su contexto se une el de una población que ha sabido estrechar lazos con el visitante / Foto: La Razón
    El caso de Vejer es único. A las condiciones de su contexto se une el de una población que ha sabido estrechar lazos con el visitante / Foto: La Razón
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Cádiz.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de mayo de 2019. 18:07h

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Lucas Haurie Cádiz. 18/5/2019

Que Vejer es un oasis no solamente es conocido en Madrid. A mediados de mayo, mande el viento de levante o condicione este adelantado sol veraniego, el caracol en su jugo lo sirven con magisterio en cualquier pueblo de Andalucía. En Vejer, en el bar Begines, es una cosa de espectáculo. La época de los caracoles ya está aquí. Y las elecciones municipales acechan con la densidad de la baba del gasterópodo por excelencia. Don José Ortiz Galván, el señor alcalde, aspira a su tercer mandato.

Vejer es un oasis no sólo por el enclave, que benditos fueron los elementos, también lo es por su temperamento. El pueblo gaditano, regido por un alcalde del PP, representa una isla de la derecha alrededor de un mapa de puños, rosas, polinizaciones andalucistas, que ya es rizar el rizo, y rojeríos. En Conil, donde manda la izquierda, paró a menudo el llorado Alfredo Pérez Rubalcaba. «A Vejer también vino. Era un político muy noble, ¿no?», anota Alberto. «Pero el bueno es éste».

Para Alberto, un cincuentón metido a empresario del «forastero», refiere, el milagro no es Rafael Nadal ni Leo Messi. «El milagro es don José Ortiz», Pepe para todos sus convecinos, dice mientras apura una cerveza. Es lo que tienen los caracoles cuando la ley la instruye la guindilla. La norma consuetudinaria pervive en rincones de estos pedestales. «¿No te has fijado?». Alberto se refiere a los carteles del alcalde, que se presenta a su tercera posible elección. En ninguno figura PP. Basta y sobra con el bueno de Ortiz.

Alberto le da un sorbo al caldo del caracol. Caliente, como quieren los antiguos, pese al viento calcinado que llega del Este. Es la rutina, casi como el adagio eterno, como el 54 por ciento de electores que sumó el alcalde en las elecciones de 2011 o el 55 por ciento en las de 2015.

El caso de Vejer es único. A las condiciones de su contexto se une el de una población que ha sabido estrechar lazos con el visitante, el forastero, que diría Alberto. «En los pueblos no se vota a un partido político, se vota a la persona y a lo que hace».

Como Alberto piensan muchos. A Ortiz lo llaman el fenómeno de La Janda. Y no son solamente los números económicos, que lucen como fuegos, sino la trayectoria de todo un «muchacho normal», subraya Carmen. En la plaza del Padre Ángel se han reunido casi por casualidad varios vecinos. Es habitual a esta hora, antes del almuerzo.

Aún no ha arreciado la comunidad veraniega. Para entonces habrán pasado las elecciones. En Vejer se habla del viento. Y de un verano que se ha impuesto durante una semana en media España, aunque, para calores, la campaña electoral, recalentada desde hace meses. En Andalucía, desde prácticamente un año.

En los comicios andaluces del 2 de diciembre, Ortiz logró su escaño de diputado como cabeza de lista de la provincia. El también senador por el PP, de 35 años, ha preferido sin embargo seguir en el pueblo, ley de incompatibilidades mediante. Ortiz es «casadista», un ganador rodeado de una mar océana de «morenistas» en Andalucía. La isla Ortiz espera imponerse igualmente en la siguiente reválida. Porque el alcalde deja un rastro triunfal. Pocos lo dudan aquí.

«El muchacho parece bueno», insiste Carmen, una mujer de poco más de sesenta años a quien no le importa hablar con un cualquiera. A Carmen, que dice que su voto es secreto, se le lee el pensamiento y la intención de voto.

De vuelta a Begines, Alberto piensa en un chascarrillo sobre Susana Díaz que prefiere no contar «mientras se está comiendo». Para este empresario del pueblo comer caracoles supone un medio almuerzo. «Para tener carisma no hace falta llorar», sentencia Alberto, que reconoce la labor de su alcalde como el del hijo del carpintero que ha roto en profeta sin sangres ni llantinas. «Lo que a la gente verdaderamente le importa es tener un trabajo». Y comer, añade Alberto. Vejer hoy es autosuficiente.

En este oasis gaditano, que baja desde este trozo de monte amurallado hasta la playa de El Palmar, el ambiente en este mayo estival respira a campaña electoral. Es una especie de eternidad, más paradisíaca que maldita. Los caracoles saben a guindilla con la naturalidad con la que las vacas, los pastos y las gentes pasan. Y corren con la gracia con la que cuatro turistas windsurferos atraviesan la calle semidesnudos. Huele a verano y a elecciones. La chamusquina no se siente en el islote de Vejer. Al menos por ahora.

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