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2019 aterrizó en el Real al son de valses, polcas... y buen humor

Y de galops y cancanes. La mayoría obra de los Strauss, aunque también hubo espacio para otros compositores. Un público muy diverso fue testigo del Concierto de Año Nuevo de Fundación Excelentia y LA RAZÓN. El director Lavard Skou Larsen encandiló a la concurrencia.

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Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

03 de enero de 2019. 00:49h

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Juan Delgado.  Madrid. 3/1/2019

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Desde hace seis años, se ha convertido en una cita ineludible para numerosos madrileños. Y para muchos de los visitantes, nacionales y extranjeros, que aprovechan estos días de Navidad para sumergirse en la siempre variada, apasionante y divertida vida de la capital de España. Naturalmente, se pueden hacer muchas cosas esa tarde-noche para cerrar el primer día del nuevo año. Pero, qué duda cabe, que una es asistir al Teatro Real y disfrutar con un programa musical clásico pero con toques rompedores.

Por supuesto que el famoso que se viene celebrando ininterrumpidamente desde el 1 de enero de 1941 en la barroca Sala Dorada de la Musikverein de Viena es su inspiración. Naturalmente, los valses y las polcas de los Strauss también son aquí los reyes, pero a éstas se añaden otras composiciones festivas y populares que le dan indudablemente un valor añadido y un carácter propio.

Rasgos propios

Esa fue, precisamente, la filosofía que movió a la Fundación Excelentia y al diario LA RAZÓN en 2013 a organizarlo y convertir en realidad este proyecto –quimérico para unos, fantasioso para otros– en menos de dos meses. De hecho, las entradas del primero no salieron a la venta hasta unos 15 días antes y, a pesar de la premura y de los malos augurios, el lleno fue total. Y, así, empezó a echar raíces.

El presidente de la Fundación Excelentia, Javier Martí, suele reiterar que el de Madrid no es una mera copia del que se celebra en Austria en ese recargado edificio que construyó la Sociedad de Amigos de la Música de Viena en el siglo XIX. Aunque, naturalmente, reconoce que es su modelo porque, se pregunta en voz alta, «¿es imaginable un Concierto de Año Nuevo sin valses ni polcas? ¿Sin los Strauss? ¿O sin “El Danubio Azul” o la “Marcha Radetzky”?». «Pues no. Obviamente, no», se responde sin titubeos. «Sin embargo, –prosigue– eso no significa que el nuestro no tenga unas señas de identidad propias que le confieren una personalidad singular y que, por supuesto, lo hace muy distinto a los que se celebran en diferentes puntos de nuestro país en la última semana del año viejo y en la primera del nuevo».

Más autores

Sin duda, el marco, el Teatro Real, ya le da un realce sin igual. «Hasta hace seis años, jamás, en sus dos siglos de historia, este escenario había acogido uno de este tipo. Es más, sus puertas permanecían cerradas cada 1 de enero», relata. Otra particularidad, agrega, «es su programa, que es variado, porque además de los valses y las polcas de los Strauss, introducimos autores y temas diferentes, unos más conocidos que otros, pero que todos tienen el denominador común de ensamblar perfectamente con la dinámica buscada».

Arriba, en el proscenio de la Sala Principal de la Ópera de Madrid, la Orquesta Clásica Santa Cecilia. Fundada en 2002 por el propio Javier Martí, echó a rodar dando conciertos privados. Está integrada por profesores de dilatada experiencia que han tocado en los atriles de las más prestigiosas orquestas de España y Europa, y que les permite abordar los los repertorios clásicos con técnica y destreza. El resultado es de gran calidad.

Ha sido dirigida por importantes maestros como Grzegorz Nowak, Michail Jurowski, Jean-Jacques Kantorow, Thomas Sanderling, Kynan Johns, János Kovács, Alexander Polyanichko, Henrik Schaefer, Michael Christie, Jonas Alber, Julian Kuerti, entre otros. Han actuado con ella solistas instrumentales de la talla de Krystian Zimerman, Nicola Benedetti, Vesko Eschkenazy, Renaud Capuçon, Maxim Rysanov, Radovan Vlatkovic, Leticia Moreno, Eric Le Sage, Judith Jáuregui, Konstantin Lifschitz y Eldar Nebolsin, entre otros grandes solistas del panorama internacional.

Esta orquesta funciona bajo el amparo de la Fundación Excelentia, una institución sin ánimo de lucro que tiene el objetivo de promocionar el patrimonio lírico-musical.

Sus distintas funciones y galas, cada año en más ciudades de la geografía española, son cada vez más apreciadas y, sobre todo, están ayudando decisivamente a conseguir el objetivo de acercar la música clásica e instrumental a nuevos públicos.

En sus funciones, se ven muchos jóvenes y niños con sus padres y abuelos. Las inteligentes y estratégicas programaciones explican el éxito de esta institución que se financia con los fondos que obtienen a través de la venta de entradas y de otros eventos y recursos privados. No recibe ni un céntimo público.

Y en el podio, con la batuta, se encontraba en esta ocasión Lavard Skou Larsen. Un brasileño afincado en Viena desde hace más de cuatro lustros que, además de un gran talento musical, posee unas indiscutibles dotes de «showman» que puso de manifiesto reiteradamente en la noche del martes. También tiene su registro de gravedad como quedó reflejado en el «Requiem de Mozart», interpretado bajo su liderazgo en la víspera de la fiesta de Todos los Santos en este mismo lugar. Virtuoso con el violín, se inició de la mano de su padre, de quien recibió las primeras clases; posteriormente, ya en la capital austriaca, continuó su formación de la mano de Helmut Zehetmair y Sandor Végh. Tras fundar en 1991 el conjunto Salzburg Chamber Soloists y de dirigir, entre 1996 y 2002, la European Union Chamber Orchestra, dio el salto a la dirección de orquestas animado por su progenitor y por el director rumano Sergiu Celibidache. Ha dirigido como invitado la Deutsche Kammerakademe Neuss, Dresden Philarmonic Orchestra, Düsseldorf Sinfonic Orchestra, North-West Philharmony Herford, Rheinische Philharmonie Koblenz, Folkwang Kammerorchester Essen, Orchestre des Pays de Savoie y Orchestre National de Lorraine, entre otras muchas.

El programa del concierto de este año, patrocinado por Telefónica, como desde hace seis, y Politours, con la colaboración de Bodegas Hipano+Suizas, incluía 20 composiciones. Estaba dominado por el apellido Strauss y un nombre Johann (hijo). Doce de ellas eran creaciones suyas, una de su hermano Josef y otra de su padre, la célebre marcha que compuso en 1848 en honor al mariscal de campo austriaco y conde Joseph Wenzel Radetzky. Pero el primer protagonista de la velada no fue ninguno de ellos, sino el alemán Franz von Suppé y la obertura de su «Caballería Ligera», una opereta contextualizada en el siglo XVIII en medio de las intrigas de la corte del barón Von Bredereck y su amante, la condesa Ilonka Csikos, cuya compañía de ballet tenía la misma denominación que la obra. «La elegimos –explica Martí– porque combina muy bien con toda la dinámica del concierto y con el ritmo intrínseco de los valses, y hace que los espectadores se sumerjan desde el minuto uno». Otro poco habitual en esta cita es el danés Hans Christian Lumbye, llamado el «Strauss del Norte». Un compositor muy poco conocido en nuestro país hasta el punto de que resulta muy difícil encontrar sus partituras.

Los profesores tocaron dos de sus piezas más significativas, «Champagne Galopp» y «Copenhagen Steamrailway Galopp». La primera comenzó con el «pop» de un corcho de champán. La segunda recrea fielmente los sonidos de un tren resoplando desde que parte de una estación hasta que se detiene en seco. La fecha invitaba a teatralizarla y no faltaron sombreros de factores ferroviarios e instrumentos que reproducen su característica sirena. Una pieza evocadora. A los más jóvenes les recordaba el Orient Express de Hercules Poirot, y a los más entrados en años les trasladaba a esas viejas locomotoras de su infancia. Ambas fueron muy apreciadas, pero la segunda se convirtió en una de las estrellas de la tarde-noche, por su originalidad e impecable ejecución.

Entre una y otra, «Música de las esferas», de Josef Strauss, y después, «Banditen Galopp» –con Lavard Skou Larsen ataviado con el pañuelo típico de bandolero y pistola en mano–, «Tik-Tak Pol- ka», «Trisch Trasch Polka» y el «Vals del Emperador», así como «L´Arlesienne», de Bizet. Una ópera que cuenta la historia del joven granjero Federico que se arrojó por una ventana cuando, en la celebración de su boda, se acuerda de una bella muchacha provinciana con la que mantuvo un amor no correspondido.

La segunda parte, que se inició con «Fledermaus», fue prácticamente un monopolio del mayor de los Strauss, salvo tres temas. Uno fue «Oro y plata», de Franz Lehar. Otro «Galopp Infernale, Can Can», de Jacques Offenbach. Y la famosa marcha de su padre. La pasión del director brasileño fue «in crescendo» y contagiando a un público que, cada vez, se reía y aplaudía más. El clímax se inició con «Galopp Infernale» y no terminó con la «Marcha Radetzky». La interactuación entre el director y los espectadores resultó vibrante. Las gesticulaciones de Lavard Skou y las chanzas fueron desternillantes. Pero tras varias ovaciones, el brasileño salió decidido a poner una verdadera guinda. Le quitó, con una buena dosis de gesticulación, el violín a una de las profesoras, quien rápidamente se hizo con un triángulo, y se puso a pellizcar las cuerdas con las yemas de los dedos, yendo de un lado a otro, mientras toda la cuerda le seguía, para interpretar «Pizzicato-Polka», de Johann y Joseph Strauss. El teatro se puso en pie y estalló un aplauso atronador salpicado de infinitos «¡bravo!».

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