Edu Soto: «La humanidad es decepcionante a cada paso que damos»

Ha estrenado en el teatro Príncipe Gran Vía «Post!», una comedia musical

Edu Soto, en la Gran Vía
Edu Soto, en la Gran Vía©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

Nadie le ha regalado nada porque ese don tan escurridizo como el talento le vino de serie, aunque luego hay que pulirlo, con una disciplina que raya en la cabezonería (para bien) y agarrar al vuelo las oportunidades que se le ofrecen; y si no surgen, crearlas. A Edu Soto el público le conoció cuando se alió con Andreu Buenafuente para interpretar al «Neng de Castefa», un personaje que, a través de la parodia, era reconocible por todos. Pasan los años y él sigue a lo suyo, a ser un «cómico» en la acepción más digna que en su día compuso Víctor Manuel. Vale lo mismo para un roto que para un descosido siempre que lo decida él, que no se casa con nadie, ni por rebeldía «low cost» ni por postureo. Como dirá una y diez veces en esta entrevista es un chico de barrio y eso no significa ni más ni menos que valores que ha mamado desde niño. Sobre todo, respeto a su profesión y a su entorno más cercano. Sin pretenderlo. O sí, su vis cómica la lleva en los genes pero no se toma nada a broma.

Nacido en Mataró, de padres murcianos, desde hace años reside en Madrid, concretamente en el barrio de Carabanchel. De ahí sus sitios predilectos de Madrid. Como artista y persona, la Gran Vía es su parada y fonda: «Sin ella, no estamos dibujando Madrid. Es el lugar más conocido y transitado». Después elige un parque por descubrir para los más mundanos que no cruzan la M-30: el de San Isidro. «Allí paseo, hago mis ejercicios y me encuentro con los vecinos. Y siguiendo con los espacios verdes no se olvida de Madrid Río y, para escarnio de los madrileños de cuna, la Casa de Campo, a la que últimamente miramos de perfil. Él no «porque es necesario que haya ese pulmón verde en la ciudad».

Antes de la pandemia iba a estrenar antes del confinamiento la obra «Charlie y la fábrica de chocolate» pero se cayó porque era un espectáculo muy caro. Entonces le propuse al director otro proyecto más a medida con estos tiempos». Y ya está aquí. Se titula «Post» y está a la vista de todos que quieran ir en el Teatro Príncipe Gran Vía. Es una comedia musical con enjundia porque Soto la pergeñó durante el confinamiento y «la realidad va muy paralela a la historia que contamos». A saber: es la historia de un grupo de artistas que, cuando Madrid se blindó, no tenían techo donde dormir y se refugiaron en un teatro «y están pensando un espectáculo para cuando se abran las puertas tener una propuesta que ofrecer al público».

En la obra trabaja su padre, Miguel Soto. Pero que nadie piense que es un enchufe. Ya lo tentó en la obra «Cuando menos te lo esperes». «Aunque tenía 68 años, nos supo a poco. Cantaba y lo hacía muy bien y nos quedamos con las ganas de una aventura más extensa. Y aquí está en «Post!». Soto define la experiencia como «un regalo de la vida. Padre e hijo encima de un escenario y teniendo en cuenta que él no es un profesional. Es un tipo que ha trabajado de mecánico textil toda su vida, pero tenía dentro a un artista, los mejores aplausos y vítores se los lleva él».

Una de las virtudes de Soto es que siempre transmite buen rollo. Así se comprobó en «Tu cara me suena» y «MasterChef», programas en los que dejó huella. «Puede que sea así. Mi padre me ha enseñado muchas cosas buenas sin yo saberlo, que es lo más bonito».

Si se le dice que es un obrero de la interpretación, ni se inmuta. «Yo siempre he utilizado una expresión ’'soy de barrio’' y eso siempre se lleva dentro. Si no me dan una oportunidad la generó yo. Nunca me voy a quedar de brazos cruzados. Me gusta facilitar la vida a los demás pero que no toquen la mía. Para eso soy muy de barrio para lo bueno y lo malo».

Si se le rasca un poco las cosquillas sobre si saldremos mejores o peores después de la pandemia, lo tiene claro: «La humanidad es decepcionante a cada paso que damos. Tengo muy claro que hay que vivir al margen de muchas cosas que tiene la sociedad porque las buenas están, pero las malas... Yo vivo en mi ecosistema porque la humanidad como masa deja mucho que desear».