Socavón en la calle Claudio Coello tras el asesinato de Carrero Blanco
Socavón en la calle Claudio Coello tras el asesinato de Carrero Blanco. La Razón

El impacto en el Ejército del asesinato del almirante Carrero

Entre otros, se produjeron intensos rumores de que los militares estaban presionando para que el gobierno declarará el estado de guerra

Serían las 10:30 horas de aquella fría mañana del 20 de diciembre de 1973, cuando el coronel San Martín, jefe de los servicios secretos de Presidencia del Gobierno, irrumpió nervioso en el despacho del teniente general Manuel Díez-Alegría jefe, a la sazón, del Alto Estado Mayor. Aunque las noticias eran confusas, al parecer, una hora antes, una explosión de gas había impactado de lleno en el vehículo del presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco.

Acompañado del general de brigada Manuel Gutiérrez Mellado, Díez-Alegría se dirigió en su coche oficial al Hospital Militar del Generalísimo, donde habían llevado a su jefe directo, el almirante Carrero, sin saber aún si estaba o no con vida. Sin duda, mientras veía la preocupación en las caras de los viandantes, recordaría una conversación mantenida unos días antes en el despacho de Carrero en el que este le comentaba que, desde el hotel al otro lado de la Castellana, podrían perfectamente asesinarle de un disparo. Sin embargo, Carrero no sentía ninguna preocupación en este sentido. De hecho, según me comentó hace unos años el teniente general del Aire Federico Michavila, un oficial perteneciente a la CIA le había comentado en la base de Torrejón que la Agencia había advertido al Almirante de que podría sufrir un atentado terrorista por parte de ETA.

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El general Díaz-Alegría se dirigió al despacho del director del hospital donde se enteró de la muerte del Jefe de Gobierno. Poco antes de que llegaran los entonces Príncipes de España, sobre las 11:20, recibió la noticia, junto con los miembros del Gobierno que allí se encontraban, de la aparición del tendido eléctrico en un túnel bajo la calle Claudio Coello, justo a la altura del epicentro de la explosión.

Fuertemente impresionado por la noticia, se dirigió de nuevo a su despacho en la calle Vitrubio y al llegar ordenó el acuartelamiento de los 200 soldados que componía la guarnición del Alto Estado Mayor y el refuerzo inmediato de la guardia. Ahora lo importante era constatar cómo se había recibido la noticia en los cuarteles y cuál era el estado emocional de los mandos de las Fuerzas Armadas. Había intensos rumores de que los militares estaban presionando para que el gobierno declarará el estado de guerra, pero no parece que fuera así. En aquel momento el ministro del Ejército, general Francisco Coloma Gallegos se encontraba de visita oficial en Estados Unidos.

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San Martín recabó información del teniente coronel José María Sáenz de Tejada, jefe de la segunda sección bis del Estado Mayor del Ejército de Tierra, dedicada a la inteligencia dentro de la institución armada sobre la situación en los cuarteles. Reportó al general Díez-Alegría que la normalidad era absoluta en los acuartelamientos del ejército, pero la indignación era grande. Para muchos, teniendo en cuenta que desde teniente coronel para arriba todos habían participado en la guerra Civil, el cobarde y vil atentado contra el presidente del Gobierno, su escolta y su conductor, les traía a la memoria el asesinato de don José Calvo Sotelo, líder de la oposición al frente popular, en vísperas de la contienda. Y este incomprensible magnicidio con un jefe del Estado cada vez más debilitado físicamente.

El asesinato, a manos de etarras, del almirante Carrero supuso que se truncasen los planes reformistas del general Díez-Alegría. Desde mediados de los años 60 trabajaba en la modernización de las Fuerzas Armadas, su operatividad y su orgánica conjunta. Apunto estaba de terminarse la redacción de la llamada Ley de Bases de la Defensa Nacional, que a la postre sería aprovechada años después con las reformas de Gutiérrez Mellado. Pero tal y como suponía Díez-Alegría, la muerte violenta de su protector Carrero Blanco se llevó por delante, no sólo la reforma militar impulsada primero por Muñoz Grandes y luego por Carrero, sino al propio jefe del Alto Estado Mayor que fue cesado al año siguiente del magnicidio.

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Si, como se ha especulado, los inspiradores del atentado contra el Almirante pretendían allanar obstáculos a una previsible transición democrática, coincido con el profesor Javier Tusell en que fracasaron. Don Luis Carrero hubiera aceptado disciplinadamente el testamento del general Franco y, como militar, se habría puesto a las órdenes de don Juan Carlos. De no haber estado de acuerdo con el programa reformista de este, sin duda habría hecho lo mismo que hizo otro almirante, Pita da

Veiga, retirarse en silencio. Pero lo cierto es que tres hombres, tres servidores del Estado fueron cobardemente asesinados aquella mañana del 20 de diciembre de 1973 a manos de los asesinos terroristas de ETA. Además de don Luis Carrero Blanco, fallecieron en el atentado el inspector de policía don Juan Antonio Bueno Fernández y el conductor del vehículo oficial don José Luis Pérez Mogena.