Pedro Sánchez y la montaña mágica
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Pedro Sánchez aprovechó el gran Foro liberal de Davos para lucirse con una reivindidación de la izquierda no revolucionaria. El presidente del Gobierno, que dejó en plena ebullición el conflicto de los taxistas –resultado de la patada hacia adelante del ministro Ábalos el verano pasado–, busca prestigio internacional para consolidar su imagen interna. Todo suma y sus exhibiciones en inglés son parte del plan. Podemos, liderado por Irene Montero, tumbó el decreto de alquileres, pero arrimará el hombro en los Presupuestos. Sánchez aplaude el coraje de Juan Guaidó, declarado presidente interino de Venezuela, pero pospone apoyos más tangibles. Necesita tener tranquilo a Iglesias. Las opiniones sobre el asunto de Felipe González le resbalan, como lo que escribe –críticas incluidas– Alfonso Guerra en su recién aparecido libro «La España en la que creo». Sánchez cree en sí mismo y el pasado del PSOE y sus protagonistas no le interesan. El inquilino de la Moncloa ve cada vez más sencillo estirar la legislatura hasta 2020. Espera aprobar los Presupuestos, pero si no puede, insistirá en decretos que pongan al borde del abismo tanto a Iglesias como a Casado y a Rivera. No podrán oponerse a ciertas medidas muy populares. Sánchez confía que los independentistas evitarán, por acción u omisión, su caída. No es que lo prefieran a otro, sino que trabajan para que cuando se dicte la sentencia del jucio del procés, Sánchez sea presidente y, entonces, tratar del futuro de los probables condenados. No tendrá las manos libres, pero será más dúctil que Casado o Rivera. Mientras tanto, aprovecha todo para agrandar su figura, y Davos, «La montaña mágica» de Thomas Mann, también lo ha sido para un Sánchez que sueña ser Hans Castorp –siete años en Davos– pero en la Moncloa.