Un horizonte económico sombrío

La solución no es el radicalismo ideológico e inexperto de la izquierda

La Razón

Como buen hipocondríaco siento un atávico pavor por las enfermedades. He de reconocer que siempre pienso si coincido en los síntomas cuando alguien me informa de algún padecimiento. Es absurdo, pero no puedo remediarlo. Desde el primer momento guardé las distancias y me encanta lavarme las manos por lo que no me vi afectado por el covid, aunque estuve dando muchas vueltas al temor del contagio. Un buen amigo me convenció hace años, mientras me comunicaba por sorpresa su primer cáncer durante un almuerzo, que es bueno conocer la enfermedad, no avergonzarse y contarla sin temor. No hacía mucho que mi padre había fallecido del mismo cáncer de próstata que mi amigo pudo superar gracias a los magníficos médicos que tenemos en nuestro país. Ahora que vivimos tiempos muy angustiosos, me mantengo firme en que es mejor contar la realidad de la debacle económica que vivimos en lugar de instalarnos en un estado beatífico como si la UE nos fuera a devolver, generosamente, a la etapa previa a la pandemia. No va a ser así y tendremos que pagar un coste enorme con reformas y recortes.

El conjunto de indicadores son negativos desde hace meses y ya nadie dice esa tontería de la recuperación en V. La historia de la Economía es muy útil porque nos ofrece una completa información, aunque las crisis generalmente sean distintas, para entender las terribles consecuencias de paralizar España durante varios meses. A esto hay que añadir los déficits estructurales que no hemos podido resolver y que afectan específicamente a la economía nacional. La introducción de los datos en la ecuación ofrecen una tasa de paro superior al 22%, el retroceso del consumo y las exportaciones, el cierre de empresas y autónomos, una caída de los ingresos tributarios y el aumento del gasto público, un endeudamiento del Estado y privado enorme, la entrada en pérdidas de numerosas empresas y un déficit público del 15%. Es la consecuencia de esta paralización unida a una crisis mundial de distinta intensidad. No quiero imaginar qué puede suceder con un brote fuerte que obligara a adoptar nuevas medidas, aunque espero que el gobierno haya aprendido. Por ello, nunca entenderé algunos mensajes optimistas. El Banco de España los empezó a corregir ayer, afortunadamente, ofreciendo un panorama duro e inquietante pero realista que permitirá adoptar las medidas necesarias. La solución no es el radicalismo ideológico e inexperto de la izquierda.