La justa y merecida inhabilitación de Torra

Cataluña ha entrado desde hace tiempo en una pendiente angustiosa donde un conjunto de mediocres ocupa los cargos de responsabilidad.

He conocido a todos los presidentes de la Generalitat, desde que se restauró con Tarradellas, hasta que llegó la maldición del independentismo. Por tanto, no he tratado ni a Puigdemont ni a Torra. Es posible que alguna vez me los presentaran cuando eran unos desconocidos políticos pujolistas. En cualquier caso, los dos llegaron por casualidad al cargo y no están adornados por mérito alguno. Se trata de dos fanáticos, que es lo más peligroso que puede existir en cualquier ámbito de la vida. El más fascinante que conocí fue Tarradellas. No hay ninguna duda, aunque su sucesor, al que detestaba, fue una figura muy importante en todos los sentidos. En cierta ocasión, estaba con Pujol en el reservado de un restaurante esperando a otro comensal y le dijo al entonces delegado del gobierno catalán en Madrid que le acompañaba «ya te puedes ir». Me quedé sorprendido por la sequedad y me dijo que no estaba en política para hacer amigos. Y añadió que sus consejeros no eran sus amigos, tal como entendemos este término en la vida privada, por lo que no se iba a cenar con ellos y sus parejas. Fue una interesante lección de lo que es realmente el poder y cómo se ejerce desde la soledad. Nunca he escondido mi respeto al entonces presidente de la Generalitat por su capacidad, brillantez y conocimientos, aunque muchas fueron mis discrepancias. Otra cuestión que ha ensombrecido su gestión, además del nacionalismo excluyente, ha sido la corrupción.

No creo que se pueda encontrar un periodista que haya sido más duro con su gestión de gobierno, declaraciones y proyecto para Cataluña, que siempre tuve claro que perseguía la independencia, aunque no la llegara a ver. Al igual que el resto de políticos de la Transición tenían otra altura y sería bueno que se recuperaran esos valores fundamentales que configuraban un conjunto de servidores públicos que eran buenos gestores y tenían capacidad de llegar a acuerdos. Cataluña ha entrado desde hace tiempo en una pendiente angustiosa donde un conjunto de mediocres ocupa los cargos de responsabilidad y tienen como único objetivo la independencia. La sociedad abierta y respetuosa ha saltado por los aires por culpa de ese fanatismo. Torra es la expresión más «exquisita» de esa mediocridad exasperante, aunque sea de trato amable. El Constitucional, como era lógico, mantiene su inhabilitación y lo hace, además, por unanimidad. Tal como decimos en catalán para despedir a alguien prescindible: «bon vent i barca nova».