La «joie de vivre»

Cuando volvió de Europa con tres generaciones de españoles endeudadas hasta las cejas, los Sánchez Globe Trotters le organizaron al presidente un pasillo a la entrada de Moncloa.

Alberto R. RoldánLa Razón

A María Jesús Montero le aplaudieron la primera votación de los presupuestos como se aplaude el alumbrado de la Feria de Abril bajo la bóveda azul de la primavera de Sevilla. Cómo me acuerdo de cuando había feria y de cuando había primavera. Ahora solo tenemos a Montero y su discurso entrecortado como de batir la masa de las tortillitas de camarones para que quede ligera. Con ese verbo tirado a bulto en palabras por aproximación, la portavoz del Gobierno habla en una horquilla de más o menos 5.000 millones de euros –«chiqui»–, por la que lo mismo da una ese que una zeta, y no es cosa del acento. A los mayores infiernos económicos de mi Españita, Montero les cuelga los farolillos de papel, las cortinas con puntillas, un tiesto con geranios, media de manzanilla bien fría y vamos que nos vamos. Detecto en el Gobierno una exaltación constante de las circunstancias más tenebrosas, como cuando a uno le entra el ataque de risa en un tanatorio. Es esta una «joie de vivre» de entierro con la que celebra el pedrismo en mitad de las mayores desgracias de la España del vacío, el silencio, las colas del hambre y, en general, una crisis de la que nos aseguran que saldremos ricos. Cuando volvió de Europa con tres generaciones de españoles endeudadas hasta las cejas, los Sánchez Globe Trotters le organizaron al presidente un pasillo a la entrada de Moncloa. Van por las aceras los camareros derrengados como sobre «La balsa de la Medusa», pero en la presentación del plan de recuperación de la economía salió James Rhodes en camiseta a tocar al piano el «Himno de la alegría». A esa alegría me estoy refiriendo.

Una de las magias del sanchismo consiste en convertir cualquier vergüenza en un orgullo. A más deshonra, más pecho saca. Esta semana el Gobierno ha pactado los presupuestos con Bildu y le ha faltado ponerle a Otegi, a Iglesias y a los independentistas una carroza con elevalunas y sensor de aparcamiento. Esta cosa de instalar una segunda transición con los mayores enemigos de la primera se lleva a cabo con un entusiasmo indefendible. El sanchismo es hijo del zapaterismo, que encuentra un placer íntimo en ponerse a cada poco del lado del contrario y en contra del amigo. Quizás nos hayamos acostumbrado a que el PSOE encuentre en un partido que viene a Madrid «a tumbar el régimen» a un aliado prioritario y en cambio, considere al PP un agente al margen de la Constitución. A que la no izquierda sea franquista por naturaleza y la izquierda abertzale, un remanso de gentes de paz. Quizás se haya acostumbrado el propio PSOE, aunque digo que estas micro y macro traiciones forman parte de la estética de la izquierda como de ese amigo que tenemos todos que siempre va con el equipo que juega contra España. En esa concesión, digo, encuentra un sitio en el mundo como Su Pedridad encuentra acomodo en la Cámara y se come su programa y las líneas rojas de su partido cocinadas a la villeroy. Así viene la magia del sanchismo salvando a España en decisiones fundamentales e inaplazables gracias a las que –casualidad– siempre termina por salvarse a sí mismo. Dudábamos de si Iglesias tragaría con las cosas de Sánchez; lo que no esperábamos es que Sánchez asumiera el programa de Iglesias en nombre del estadismo. Estadista es el que toma decisiones arriesgadas por el bien común y en contra de sus intereses, que es justamente lo contrario de lo que hace este Gobierno.