El graznido y los silencios

La quejumbrosa esquizofrenia del vicepresidente del gobierno español Pablo Iglesias empieza a ser algo más que molesta. Ya se ha convertido en un problema serio para España.

Alberto EstévezEFE

María Sajarova no sabe a quién creer en el gobierno español, si a quien dice que hay democracia o a quien dice lo contrario. María Sajarova no es una turista rusa ni una visitante ocasional, ni siquiera sé si ha estado alguna vez en España. Pero tampoco importa. Lo que sí sé, y se me antoja muy relevante, es que es una funcionaria del gobierno de Putin, tan alta, influyente y fiable como puede serlo la portavoz del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores.

La quejumbrosa esquizofrenia del vicepresidente del gobierno español Pablo Iglesias empieza a ser algo más que molesta. Ya se ha convertido en un problema serio para España. Lo es, y mucho, tener en el gobierno a alguien que no cree en el sistema y está en el poder ejecutivo con la confesada voluntad de ir minando lo que él llama el régimen, para sacar tajada de su futura debilidad. También es un problema que amarre su propia supervivencia política y personal a esa condición de miembro del gobierno de una democracia en la que no cree.

Pero su última andanada ha adquirido relieves que superan con mucho la escena del postureo y la provocación de facultad en la que chapotea Iglesias con tanta solvencia, o los márgenes de la dialéctica electoral en los que parece situarlo la portavoz del gobierno.

La cuestión cobra ahora otra dimensión más preocupante, más grave para nuestro propio país, esta Patria de la que se le llena la boca cuando jugar con las palabras no tiene más consecuencias que algún cabreo y el aplauso entusiasmado de su entregada afición.

La Unión Europea se ha visto esta semana obligada a aclararle a Moscú que España es una democracia plena y que los presos del proces no son políticos. La respuesta rusa llegó ayer de la mano de la señora Sajarova que ya no tiró del caso de los políticos presos, no lo necesitaba. Simplemente se preguntó si tenía razón la parte del bigobierno que defiende la democracia o la otra parte que la pone en duda.

Esto ya no es una cuestión de diferencias en el seno del gobierno sobre tal o cual decreto, o en torno a una iniciativa o estrategia. No. Esto es una falla mucho más profunda, de concepto, de confianza en el sistema democrático, en la división de poderes, en el papel del Parlamento y el Poder Judicial. Una disputa nuclear que traspasa nuestras fronteras y emite señales que perjudican gravemente el prestigio de España.

Y no estamos ahora para esas gaitas. No lo estamos nunca, la verdad, pero mucho menos en este momento.

Si tan difícil es gobernar, si tan poco margen tiene para cambiar las cosas, si su único recurso es quejarse, aunque sea sacando la lengua a pacer y dañar con ello al país en el que gobierna, lo que tiene que hacer es irse. Para no sufrir más él, y para no hacer más daño a su propio país. Pero no lo hará, necesita seguir y seguirá.

Tiene tan cogido a Sánchez por donde le duele -estabilidad, seguridad, supervivencia- que ni se ha atrevido a corregirle o desmentirle pese a la venenosa repercusión de sus declaraciones. Tiene Sánchez miedo, tanto miedo, que hasta se apuesta y pierde su propia dignidad. Que es capaz de seguir mudo cuando la señora Sajarova, insulta a España ante el mundo gracias al tipo que le iba a quitar el sueño si gobernaban.